LA PATRIA DE LOS LETRADOS. LA CONSTITUCIONALIDAD A LA LUZ DEL PEN...
Perspectivas. Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura de la UNERMB
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mente, la escritura que expresa la vida y digamos, lo real, se hace de un esti-
lo, de un cuerpo, de una vivacidad que se personaliza y en denitiva expresa
subjetividad, o sujetidad, para decirlo con Yamandú Acosta: la sujetidad,
trasciende la subjetividad y la resignica en tanto que «implica historicidad
y por lo tanto formas de objetivación orientadas a quebrar las totalidades
opresivas que porque lo niegan (al sujeto), justamente lo motivan en su
praxis colectiva emergente con pretensión radical de autonomía» (Acosta,
2008: 184)
En Nuestra América tenemos sendos ejemplos: Bolívar y Martí. Una
escritura que acompañaba la acción, que era ella misma acción, y que era in-
separable del hacer político y guerrero, que se daban sentido e iluminaban.
Decía Martí: «Toda rebelión de forma arrastra una rebelión de esencia».
Sobre este aspecto, sólo citaré brevemente a Roberto Fernández Retamar
quien recuerda a Alfred Melon cuando explicaba el «carácter coyuntural» de
los discursos martianos, semejantes sin duda a los pronunciados en su hora
y lugar por Bolívar. Decía Retamar que «cierta concepción enteca y sectaria
(y hoy también arcaica) de la literariedad ha solido regateársela a la mera
literatura de circunstancia, por estar referida en lo inmediato a una realidad
o función especíca. Al respecto, Alfred Melon, después de recordar que ‘la
oratoria –como en sus orígenes la poesía- se funda en una relación oral, a
menudo en la práctica relativamente vivaz de la agrupación popular […] de
una literatura viva al servicio de la comunicación masiva», y que en nuestra
América se adecua ‘al objetivo de convencer, de estremecer o de enseñar a
unas masas en las cuales eran raros aquellos que supieran leer, añade que
en sus grandes piezas oratorias los líderes de la Independencia de nuestra
América revivían, ‘posiblemente sin tener conciencia de ello, la tradición
precolombina de la exhortación […], ligada a inmensos conglomerados, a
una especie de ritual épico destinado a comunicar el fervor combativo y a
soldar la unidad del grupo» (Fernández, 2007: 427).
Pero no es este el lugar para desarrollar este tópico, por ahora sólo se
busca abordar sin pretender el agotamiento, aquella otra -la escritura- que
se formaliza y osica, que tiende a la petricación y a una (mal)entendida
objetividad, que funda el rigor en formalismos y fórmulas, o en una dese-
cación del lenguaje que lo arruina. «En vez de estilo hay retórica. En vez de
uso común y preciso, jerga», resume George Steiner (Steiner, 2003: 116);