Reexiones sobre la reconstrucción geohistórica
Julio GARCÍA DELGADO*
Universidad Nacional Experimental “Rafael María Baralt”
Colectivo de Investigación Dinámicas Geohistóricas, Representaciones y sostenibilidad
juliogarciad@hotmail.com
A modo introductorio
La posmodernidad se caracteriza fundamentalmente por el replantea-
miento y su consecuente puesta en duda de la razón de ser de las cosas, en tan-
to que se replantea la naturaleza epistémica de las ciencias. En este sentido, lo
posmoderno cuestiona los fundamentos epistémico-ontológicos, basados en
la concepción positivista, en la cual lo mensurable y cuanticable constituyen
criterios para la validación del conocimiento cientíco, en donde lo “obje-
tivo” antecede a lo “subjetivo, lo racional a lo emocional, y donde las ideas
quedan subordinadas a la experiencia. Es un cuestionamiento, cada vez más
evidente hacia el modelo positivista, si bien los trazos que desde el conjunto
de movimientos e ideas agrupadas en lo que se denomina “postmodernidad”,
una suerte de término paraguas, no han adquirido una fuerza contundente
para desplazar, de una vez por todas, al pensamiento empírico-positivista.
Para Delgado y Rist (2016) en estos momentos, las ciencias tanto naturales
como sociales, así como sus aplicaciones el modelo de desarrollo económico,
social y sus diversas aplicaciones padecen un contexto paradójico: la exclusiva
aplicación de las ciencias –sean sociales o “naturales” a la reproducción de dis-
tintas formas del modelo de libre mercado; en tanto que, simultáneamente,
representan una esperanza para la búsqueda de soluciones para la crisis política,
social, nanciera y ambiental que ponen en riesgo la vida del planeta (p.36).
Perspectivas: Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura
Año 4 N° 7/ Enero-Junio 2016, pp. 118-135
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
ISSN: 2343-6271
* Docente e investigador de la Universidad Nacional Experimental “Rafael María Baralt”, adscri-
to al departamento de Ciencias Sociales.
Recibido: 30/07/2015
Aceptado:15/10/2015
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Si bien el conjunto de movimientos agrupados bajo la categoría “posmo-
dernidad” han estado en el tapete de la opinión pública desde nales del si-
glo XX, particularmente en la crítica y –en muchos casos– la negación del
modelo empirista-positivista, y en un repunte del reconocimiento hacia el
relativismo –en sus distintas dimensiones– , el revisionismo epistemológico,
por lo menos en las ciencias sociales –para lo que a efectos de este ensayo
respecta–, particularmente en la historia y geografía ya desde principios del
siglo XX se venían gestando movimientos dentro de estas disciplinas que ve-
nían desaando el pensamiento positivista, aunque la impronta de dichos
movimientos se haría patente a nes de la centuria. Los Annales, la visión
humanista de la geografía de Ratzel y Vidal de la Blache, enfoques integrado-
res como la geohistoria braudeliana, la etnohistoria, entre otros, son uno de
las tantas propuestas que van marcando el quehacer de las ciencias sociales.
Nos proponemos en estas líneas reexionar sobre “Reconstrucción
geohistórica, tanto categoría, como método para el abordaje de los estudios
de las localidades. Para tal n, se abordan los principales elementos constitu-
yentes de dicho término, así como los distintos resortes teóricos que dan for-
ma a esta manera de investigar. Son palabras de inicio sobre la reexión de los
elementos fundamentales para un abordaje geohistórico de las comunidades.
Inter y transdisciplinariedad como norte epistémico en las cien-
cias sociales
Para Brom (2003), se denomina ciencia a un conjunto de actividades de
orden intelectual destinadas a conocer e interpretar la realidad, así como a
los diversos estudios realizados por instituciones dedicadas a la investigación,
o también al propio conocimiento elaborado. Si bien ese modelo de ciencia
se considera como estático y constante, es oportuno recordar que lo que hoy
denominamos ciencia es producto de occidente, eurocéntrica desde sus oríge-
nes geográcos, nacida en la losofía griega y luego en la ilustración europea
(Delgado y Rist, 2016). Partió, en un principio, de una visión mecanicista del
mundo, priorizó los métodos positivistas y cuantitativos al organizarse en cam-
pos especializados: disciplinas que siguen sus propios marcos teóricos (ibíd.).
Universidades, institutos de investigación, en n, las comunidades cientícas
aceptaron y acogieron este modelo de ciencia en la que lo empírico prima sobre
las ideas, en aras de la cuanticación del saber, que no solo justicaban sus co-
nocimientos frente a los saberes “no cientícos, sino que legitimaban el domi-
nio de occidente frente al resto de las civilizaciones del mundo.
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Si bien este modelo de ciencia se mantuvo dominante hasta nes del siglo
XX, e incluso todavía en pleno siglo XXI parte de la comunidad cientíca lo
sigue asumiendo como modelo válido para la producción y reproducción de
conocimiento, surge el paradigma cualitativo, basado en el constructivismo
que devino en una ampliación del fundamento epistemológico y ontológico
del positivismo con otros fundamentos cognitivos o, asimismo, prioriza el
entendimiento como actividad subjetiva y empatía de los procesos sociales
por encima de su explicación, “a partir de supuestas súper-estructuras socie-
tales que determinan el desarrollo societal” (Delgado y Rist, 2016:38).
En ese proceso de reconceptualización de la relación entre la ciencia –más
especícamente, occidental moderna– y la sociedad tuvo eco en el desarrollo
de la multi, inter y transdisciplinariedad. La primera, la multidisciplinarie-
dad, implica el conocimiento de varias disciplinas a un tema especíco desde
su espacio epistémico, sin una integración epistémica, o simplemente, la inte-
racción entre las distintas ramas de saber se limita exclusivamente al objeto o
sujeto de estudio. La segunda, la interdiscisciplinariedad, implica un abordaje
múltiple de un proceso o fenómeno desde distintas disciplinas, abarcando un
punto en especíco, en donde la integración epistémica es parcial y todavía
mantienen las particularidades desde cada disciplina, sacando una parte del
conocimiento, pero no del todo. Por último, la transdisciplinariedad, enfati-
za la necesidad de proyectar la producción del conocimiento cientíco más
allá de sus disciplinas de origen, en donde se genera una interacción epistémi-
ca completa –por decirlo de algún modo– abarcando todos los ámbitos de
estudio desde cada rama del conocimiento, transversalmente, e incluso, ori-
ginando nuevas miradas producto de la integración de las distintas ciencias.
Para García (2006) la interdisciplina implica, entonces, el estudio de pro-
blemáticas concebidas como sistemas complejos y que el estudio de sistemas
complejos exija de la investigación interdisciplinaria. Entretanto, Nicolescu
(1996, en Delgado y Rist, 2016:40), argumenta que la transdisciplinariedad
es relevante para todo lo que se halla entre disciplinas, así como lo que atra-
viesa y traspasa las disciplinas. Asimismo, la transdisciplinariedad toma en
consideración que la ciencia, en un sentido amplio y reconceptualizada, es
parte de los procesos que describe y por ello, se involucra en las dinámicas
sociales que moldean el mundo. También reconoce la pluralidad de “las for-
mas de conocimiento, de las visiones de mundo y los valores éticos que se
conectan a ellos dentro de distintos grupos sociales y culturales” (Scholz et
al., 2000, en Delgado y Rist, 2016:41).
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Entonces, para poder hablar de inter y transdisciplinariedad, es necesario
un diálogo intercientíco, el cual generará, necesariamente, un aporte episté-
mico. En muchos casos, las denominadas ciencias auxiliares, son resultado de
un abordaje epistémico inter y multidisciplinario.El diálogo intercientíco
puede entenderse, según Delgado y Rist (2016) desde dos perspectivas: la
primera considera el diálogo entre dos ciencias o disciplinas cientícas, por
ejemplo, un diálogo entre las ciencias naturales y las ciencias sociales. En esta
perspectiva, el diálogo se enmarca dentro de un mismo paradigma constitui-
do por su propia epistemología, gnoseología y ontología.
Un ejemplo de lo anterior podríamos visualizarlo en lo que se denomina
la antropología histórica o variedad “antropológica” de la historia
1
, o etnohis-
toria. En tal caso, se puede decir que es una ‘nueva historia’ –aunque quizá no
tan nueva, dado que desde mediano de la década de los setenta del siglo XX, la
historia y antropología han recurrido una a la otra, generando un diálogo que
logra una conguración para sí misma una identidad mezclada, situación que
problematiza su estatus epistemológico. Así también lo problematiza el surgi-
miento de nuevas preguntas acerca de su condición como campo de estudios
resultado de los desarrollos internos de las disciplinas que la generaron y de los
importantes cambios que han venido experimentando. (Areces, 2008).
La geohistoria como producto de un diálogo intercientíco
Otro ejemplo –que nos atañe directamente para efectos de estas palabras–
es la denominada geohistoria. Para muchos, considerada una ciencia de hecho
y derecho propio, para otros una mirada inter y transdisciplinaria producto del
diálogo intercientíco entre la historia y geografía, permite descubrir y precisar
en un periodo histórico determinado, las relaciones económicas, políticas, reli-
giosas e ideológicas internas y externas de una comunidad, lo que constituye el
análisis y la síntesis de la organización y estructura del espacio.
1 “Desde hace ya más de un siglo, la verdadera historia cientíca ha peleado abiertamente para
dejar de ser ese simple instrumento de legitimación de los poderes estatuidos, tratando de dis-
tanciarse tanto de la “historia” ocial -en verdad, más bien simple crónica de las conquistas,
de las victorias y de los ‘logros’ de esos mismos poderes-, como de las distintas versiones de la
igualmente limitada y sometida historia tradicional. Ya que es imposible hacer una historia se-
ria, de cualquier hecho, fenómeno o proceso, en cualquier momento o etapa del “pasado” o del
presente”, que no muestre en su análisis la necesaria nitud y caducidad de lo que se estudia,
haciendo evidentes el carácter efímero y los límites temporales de ese problema investigado, y
subrayando el obligado cambio histórico al que están sometidos todos esos procesos, fenóme-
nos y sucesos mencionados” (Aguirre Rojas, 2005:23).
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Producto de un diálogo intercientíco entre historia y geografía, especí-
camente dentro de la corriente historiográca denominada Annales, desde
Francia, particularmente entre 1929 y 1989, cuyo n principal fue –y en gran
medida sigue siendo– la crítica al quehacer histórico positivista, basado en los
preceptos de Ranke (Aguirre Rojas, 2005 y Burke, 2003) en el que pretende
que la historia sea “narrar los hechos tal como sucedieron, apegándose al docu-
mento escrito ocial como fuente valedera y la primacía de los hechos políticos
para la construcción de una historia nacional. Los Annales, destacándose Marc
Bloch, Lucien Lefebvre, Fernand Braudel, Jaques Le Go, entre otros como
sus principales exponentes, constituiría una suerte de rebelión frente a esta his-
toriografía positivista, en un cúmulo de diversos proyectos intelectuales, que
corresponde a la reproducción de ciertos trazos que caracterizan, en general, a
todas las nuevas historiografías desarrolladas durante el siglo veinte XX histó-
rico, trazos que contraponen a esas historiografías con casi todos los modelos
desarrollados dentro del siglo diecinueve, a la vez que los vinculas con ese pro-
yecto pionero y excepcional que, en los estudios históricos, ha representado el
proyecto teórico-crítico de Marx (Aguirre Rojas, 2005:24).
Para Braudel (1980), la geohistoria es la geografía humana misma desde
el punto de vista histórico, cuya nalidad es fusionar el espacio y el tiempo, ya
que ambos son medios para el conocimiento de los hombres, como elemen-
tos indisolubles del accionar del ser humano. Por otra parte, la geohistoria,
argumenta el autor, es el método más apropiado para un estudio de historia
regional, ya que aborda la geografía humana, la historia económica, social,
cultural y antropológica de alguna localidad, desde la interdisciplinariedad,
el estudio holístico y de campo de algún espacio determinado.
A la par con gran parte de las ideas planteadas en el cúmulo de proyectos
englobados bajo el término Annales
2
, La pretensión de esta nueva intercien-
cia, la geohistoria, es la de intentar la superación de la antigua concepción
positivista del saber geográco de una geografía descriptiva, construida en
2 “Entonces, más que hablar genéricamente de Escuela de los Annales, es necesario entrar a anali-
zar con detalle las principales continuidades y discontinuidades que jalonan su ya considerable
periplo, vinculando a esos diferentes proyectos intelectuales que conforman a sus diversas fases
de vida, con los también distintos períodos y contextos generales que las enmarcan. Con lo
cual, el propio término de “Escuela de los Annales” podría ser redimensionado y redenido,
como un término que entonces designe solamente al conjunto completo de esos heterogéneos
y múltiples proyectos intelectuales, lo mismo que a la síntesis global de esas muchas historias
paralelas, que en la dialéctica compleja de sus conuencias y de sus divergencias especícas,
han terminado por construir nalmente a la curva global de itinerario singular de la corriente
annalista” (Aguirre Rojas, 2005:7).
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gran medida por Humboldt a nes del siglo XVIII, encargada fundamental-
mente de establecer una pormenorizada enumeración de los elementos del
espacio físico organizados en compartimientos estancos como clima, relieve,
geología, hidrografía, suelo y vegetación sin la necesaria articulación entre
ellos y con el hombre (Morales Lesseur, 2014:285). Asimismo:
En síntesis, la geohistoria como interciencia, es la teoría general y
relacional sobre la espacio-temporalidad, que arma la trama argu-
mentativa que accede la interpretación de los procesos espaciales
articulados a su organización y dinámica desde condiciones his-
tóricas determinadas. Es la perspectiva temporo-espacial del aná-
lisis espacial que sintetiza lo diacrónico-sincrónico. Lo diacróni-
co como interpretación de los procesos históricos a lo largo del
tiempo y lo sincrónico como visión y análisis de la estructura del
espacio como producto social. Así mismo su condición de saber
relacional, le permite establecer vasos comunicantes con lo antro-
pológico, lo sociológico y lo histórico manifestados y concretiza-
dos en la estructura del espacio. (Morales Lesseur, 2014:288).
Ya en el ámbito latinoamericano, Tovar sostiene que “la Geohistoria en
términos del conocimiento, es una representación de la realidad a la cual tra-
tamos de dar respuesta y donde se integran, por una parte, el espacio y por la
otra el tiempo: las dos grandes variables del conocimiento cientíco social”
(1986:63). Apunta, asimismo, que ella es el a la condición de pueblo como
la solidaridad del grupo humano con su territorio, una comunidad estable,
históricamente formada de lengua, territorio, vida económica, manifestada
en la comunidad y en su cultura.
Tovar continúa en su denición:
La teoría de la geohistoria surge de una concepción geográca que
concibe el espacio como el producto concreto de la acción de los
grupos humanos sobre su entorno natural, para su conservación
y reproducción, dentro de condiciones históricas, antropológicas
y sociológicas determinadas. Las mismas se resuelven en espacios
particulares o regiones donde la sociedad se reproduce como uni-
dades territoriales concretas en las cuales, mediante el aprovecha-
miento de los recursos y medios naturales de producción, los seres
humanos aseguran su existencia, su reproducción social y biológi-
ca (Tovar, 1986:54-55, en Vargas-Arenas y Sanoja:45).
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En ello, se da las bases para el planteamiento del Enfoque Geohistórico, el
cual, según el mismo Tovar, (en Ceballos, 2007:25), argumenta que:
El enfoque geohistórico se desprende de la propia concepción geo-
gráca que entiende al espacio como un producto concreto o sín-
tesis de la acción de los grupos humanos sobre el medio ambiente
para su necesaria conservación y reproducción; sujeto a condi-
ciones históricas determinadas. No responde exclusivamente, sin
desentenderse de ello, a la pura preocupación intelectual, a las que
algunos acostumbran reducirle; es en esencia la concreción real
del objeto geográco y se impone en las tareas de la planicación
social en virtud del rol en la identicación de los conglomerados
humanos, en articular pueblos, estados y naciones.
Por otra parte, Santaella, (en Ceballos, 2007:28), en un intento de denir
lo geohistórico arma que:
Es la relación entre la geografía y la historia; una modalidad de
interdisciplinariedad obligante en el estudio del espacio y su diná-
mica. Lo geográco forma parte del proceso histórico y necesita
de la historia para ser explicado socialmente. En consecuencia, lo
geohistórico es proceso, contingente, activo. La geohistoria nos
permite encontrar lo contemporáneo de la estructura espacial en
cada período propuesto.
Para Sánchez y Sánchez (2011) el enfoque geohistórico se desprende
desde una concepción geográfica, al concebir el espacio geográfico como un
conjunto indisoluble donde se combinan objetos naturales y sociales. Por
otra parte, aborda la vida que se desenvuelve en el espacio; las dinámicas que
se desenvuelve, la sociedad en movimiento. El espacio geográfico aparece,
entonces, como realizado, concebido y obedece a una dinámica espacial.
La dinámica espacial es, entonces, la funcionalidad de las relaciones
y contradicciones existentes entre las estructuras económicas, sociales y
espaciales, producto de manifestaciones entre las fuerzas económicas,
políticas e ideológicas y de las externalidades en una formación socioe-
conómica (Santaella, 1989). En este sentido, expresa Aponte (2005)
al tener por objeto de estudio los fenómenos sociales en su dimensión
temporo-espacial, evidencia el manejo de la unidad dialéctica designada
como tiempo- espacio, la Historia (el tiempo y lo diacrónico), permite
seguir la pista a las relaciones, contribuye a descubrir cómo se produce
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el fenómeno; la geografía por su parte (el espacio y lo sincrónico) de-
muestra cómo la sociedad actúa sobre su medio; el andamiaje de estos
dos procesos constituyen el análisis y la síntesis de la organización y la
estructura del espacio.
Tiempo, espacio y cultura como categorías indisolubles de estudio
Mosonyi, (1982) considera que el estudio de la memoria de los pueblos,
de sus territorios y de las relaciones humanas presentes en ellos, no puede ser
visto como un elemento estático, sino que, al contrario, debe ser asumido
como dinámicas en permanente transformación, relacionadas e interconec-
tadas. Seres humanos en tiempos-espacios-vidas, cambiando sus lógicas, sus
valores, sus códigos relacionales y ciudadanos, sus formas de organización
para la satisfacción de sus necesidades, unos pueblos en convivencia y otros
explotando, expropiando y valiéndose de otros (tanto adentro de su sociedad
como hacia afuera) para sus intereses, pueblos de dominación.
Santos (2000) sostiene que a partir de la noción de espacio, como un con-
junto indisoluble de sistemas de objetos y sistemas de acciones, es posible el
reconocimiento de sus categorías analíticas internas. Entre ellas se encuen-
tran: el paisaje, la conguración territorial, la división territorial del trabajo,
el espacio producido o productivo, las rigurosidades y las formas-contenido.
Del mismo modo, y con el mismo punto de partida, se plantea la cuestión de
las delimitaciones espaciales, proponiendo debates sobre problemas como la
región y el lugar, las redes y las escalas.
Elias (1989), mediante la palabra “tiempo, el pensador se remite a la
puesta en relación de posiciones y períodos de dos o más procesos factua-
les, en continuo movimiento; en los cuales los acontecimientos en curso son
perceptibles, en tanto que constituyen una elaboración de percepciones que
hacen los seres humanos con ciertos conocimientos. Por tanto, se considera
que el concepto tiempo, como símbolo social comunicable que “en una socie-
dad determinada y con la ayuda de un modelo sensible formado por sonidos,
puede comunicar de un hombre a otro la imagen mnemotécnica, experimen-
table, aunque no perceptible a los sentidos” (Elias, 1989:19).
En tanto que el espacio es donde se desenvuelven los seres humanos, todo
espacio puede ser considerado, en consecuencia, como social Vargas-Arenas
y Sanoja sostienen que la naturaleza de un espacio social determinado reeja
el proceso de producción y reproducción de las relaciones sociales y es –en
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sí mismo– una dimensión activa de la historia de las sociedades que viven en
dicho espacio. Del mismo modo, al abordar la producción histórica de un
espacio social en los procesos históricos, tratan de establecer la forma como
se generan en el mismo las relaciones causales materiales de producción en
su relación con los sujetos socioespaciales y, por otro, cómo se construyen las
relaciones sociales en dicho espacio (Vargas-Arenas y Sanoja, 2012).
En este sentido, para efectos de los estudios geohistóricos, resulta funda-
mental la denición de dos categorías: tiempo y espacio, la primera como uno
de los objetos centrales de la historia, en tanto que la segunda, de la geografía.
Ambas, desde una perspectiva geohistórica, resultan indisolubles, donde una
subordina a la otra constantemente, que denen el quehacer humano.
Santos plantea:
Tiempo, espacio y mundo son realidades históricas, que deben ser
mutuamente convertibles, si nuestra preocupación epistemológica
es totalizadora. En cualquier momento, el punto de partida es la
sociedad humana en proceso, es decir, realizándose. Esta realiza-
ción se da sobre una base material: el espacio y su uso, el tiempo
y su uso, la materialidad y sus diversas formas, las acciones y sus
diversos aspectos (Santos, 2000:47).
Por su parte, Elias:
Los conceptos de “tiempo” y “espacio” pertenecen a los medios
básicos de orientación de nuestra tradición social. Entenderemos
mejor su relación, si, una vez más, nos remontamos a la acción que
subyace tras el sustantivo. “Tiempo” y “espacio” son símbolos con-
ceptuales de ciertos tipos de actividades e instituciones sociales;
permiten a los hombres orientarse ante posiciones o distancias en-
tre estas posiciones que los acontecimientos de todo tipo toman
tanto en su relación recíproca dentro del mismo proceso, como
respecto de posiciones homólogas dentro de otro proceso, norma-
lizado como medida… Las relaciones posicionales en “tiempo” y
espacio” son las relaciones entre sucesos observables que quedan
en pie, cuando se prescinde de todos los posibles nexos de suce-
sos dentro de un especíco orden de magnitudes (por ejemplo,
galaxias y granos de arena o ballenas, hombres y bacilos), para
después relacionar o “sintetizan” este residuo. Ambos conceptos
se sitúan, por tanto, en un nivel muy alto de abstracción y síntesis
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y expresan relaciones meramente posicionales de acontecimientos
observables (1989:111).
Santos, siguiendo las líneas de Elias sobre el tiempo como sucesión de
acontecimientos el llamado tiempo histórico, fue durante mucho tiempo
considerado como una base del estudio geográco. Sin embargo, el ggrafo
brasileño se plantea la interrogante de que si es así o, por el contrario, el estu-
dio geográco no es” mucho más esa otra forma de ver el tiempo como simul-
taneidad, pues no hay ningún espacio en que el uso del tiempo sea idéntico
para todos los hombres, empresas instituciones” (Santos, 2000:134).
Si rescatamos las ideas de estos autores, particularmente las de Vargas-
Arenas y Sanoja (2012), en la que todo espacio es social, debido a la presencia
humana y sus consecuentes interacciones, es oportuno, entonces, reconocer
los procesos simbólicos
3
que en el espacio se dan, por lo que consideramos el
término “cultura, categoría ampliamente denida desde la antropología. Un
espacio no es neutro, vacío, en tanto que éste sea creado y representado por las
comunidades humanas, lo habiten o no. Es la recreación de los espacios en los
imaginarios y la representación de éstos, que no son una producción arbitraria
de los individuos; son una construcción social, representaciones sociales
4
.
Según Tylor (en Kottak, 2007:42) se considera cultura a todo ese complejo
que incluye conocimiento, creencias, arte, moral, derecho, costumbre y cua-
lesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre como miem-
bro de la sociedad. Entretanto, Geertz dene la cultura como ideas basadas
en el aprendizaje cultural y en símbolos. Asimismo, las culturas son conjuntos
de “mecanismos de control –planos, recetas, reglas, construcciones, lo que los
técnicos en ordenadores llaman programas, para regir el comportamiento” (en
Kottak, 2007:43). Por su parte, Kottak plantea que la cultura es un atributo
no de los individuos per se, sino de los individuos en cuanto que miembros de
grupos. Se transmite en la sociedad…Las creencias culturales compartidas, los
valores, los recuerdos, las esperanzas y las formas de pensar y actuar pasan por
encima de las diferencias entre las personas. La enculturación unica a las per-
sonas al proporcionarnos experiencias comunes (2007:44).
3 Según Kottak, un símbolo es algo –verbal o no verbal-, que “arbitrariamente y por convención
representa a otra cosa con la que no tiene que tener necesariamente una conexión natural”
(2007:336).
4 Podemos decir que una representación social es “un conjunto organizado de cogniciones rela-
tivas a un objeto, compartidas por los miembros de una población homogénea en relación con
ese objeto” (Flament, 2001:33).
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En lo que respecta a las representaciones sociales, Abric (2001) resalta que
el objeto (espacio, técnicas, entre otros) es reconstruido, de forma tal que resul-
ta consistente con el sistema de evaluación –provisto por la cultura– utilizado
por el individuo; por lo que se puede decir, por sí mismo un objeto no existe. Es
y existe para un individuo o un grupo y en relación con ellos y las interacciones
consecuentes. Así pues, la relación sujeto-objeto determina al objeto mismo.
Una representación siempre es la representación de algo para alguien. Y como
lo dice Moscovici, esta relación, “este lazo con el objeto es parte intrínseca del
vínculo social y debe ser interpretada así en ese marco. Por tanto, la representa-
ción siempre es de carácter social. (Abric, 2001:12). Entonces:
La representación funciona como un sistema de interpretación de la
realidad que rige las relaciones de los individuos con su entorno físico
y social, ya que determinará sus comportamientos o sus prácticas. Es
una guía para la acción, orienta las acciones y las relaciones sociales. Es
un sistema de pre-decodicación de la realidad puesto que determina
un conjunto de anticipaciones y expectativas. (Abric, 2001:13).
La noción de espacio se conforma por tres propiedades básicas: identidad, o
grado de distinción de un elemento con respecto al resto; estructura, o relación
espacial o pautal de un objeto con el observador, y con los otros objetos; y signica-
do, o valor emotivo o práctico de un elemento (un elemento puede contener en sí
un signicado mítico, social, económico, político, ancestral y patrimonial, o puede
contener una signicación utilitaria) (Villasante, citado por Carrero, 2004).
Es posible, entonces, hablar de una tríada tiempo-espacio-cultura, en la que
unas a otras se subordinan e interrelacionan, deniendo el accionar de los seres
humanos, en tanto individuos, como grupos sociales. Si asumimos el tiempo
como una sucesión de acontecimientos, en movimiento de las acciones que
se producen en un espacio, en donde se producen las distintas interacciones
sociales, que son denidas por la cultura. No en balde, podemos aludir al es-
pacio como producto cultural. El territorio es, entonces el resultado que nace
de la interacción entre estructuras y relaciones socio-espaciales que la geografía
social busca descifrar desde aspectos relacionales y multidimensionales; pro-
yectando a cada actor social en medio de un confuso torbellino de referencias
geográcas. La geografía social entonces, se esfuerza en trazar los itinerarios, los
caminos a partir de los cuales se va dibujando la cotidianidad social y espacial,
bajo los efectos conjuntos de su posición en la sociedad, de los modelos cultu-
rales, de la memoria colectiva y las diferentes relaciones sociales que dibujan un
modo de concebir el espacio geográco socializado (Di Meo, 1998).
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¿Por qué reconstrucción geohistórica y no construcción?
La reconstrucción geohistórica parte del estudio local, en concordancia con
los postulados de la microhistoria italiana (Levy, 2003), los estudios culturales
(Burke, 2003) donde se busca el abordaje desde lo local, lo que permite “rescatar
la cotidianidad de las comunidades, quienes de uno u otro modo han sido silen-
ciadas desde y por los grupos dominantes, sea de orden político o económico.
Asimismo, la historia oral es un elemento importante dentro de lo que denomi-
namos reconstrucción geohistórica, en tanto que a través de la oralidad se presen-
tan un mar innito de fuentes sobre la cotidianidad de las comunidades.
La reconstrucción e interpretación con las que pretendemos comprender
y explicar los hechos y fenómenos del pasado puede expresarse en muchas es-
calas (Pasek de Pinto, 2006:86): desde la Microhistoria o historia parroquial
hasta la historia mundial o universal. Para Troconis de Veracoechea (1992:74)
la Microhistoria constituye “el estudio integral de la vida de un grupo o una co-
munidad” En ese sentido, la autora sugiere que “podríamos hacer la historia de
un pueblo, de un municipio, de una ciudad, de una minoría dentro de un grupo
mayor, de una institución o de un lugar cualquiera” (op. cit.:77).
La microhistoria es, por esencia, una práctica historiográca, mientras
que sus referencias teóricas son múltiples y, en cierto sentido, eclécticas. El
método, de hecho, se interesa ante todo y sobre todo por los procedimien-
tos concretos y detallados que constituyen la obra del historiador, por lo que
la microhistoria no es susceptible de denirse por relación con las micro-
dimensiones de sus temas (Levi, 2003:119). En este caso, la microhistoria
presenta el prejo “micro” en tanto a la escala y delimitación espacial, mas no
del abanico de temáticas abordables. Lo cultural, lo económico, lo social, lo
festivo, lo religioso, entre muchos otros temas, son parte del abordaje de la
microhistoria. Sin embargo, en gran parte de los estudios inuenciados por
esta corriente, el espacio se considera un elemento de delimitación, concen-
trándose en los aspectos sociales, en la que el espacio es un mero escenario.
La historia oral
5
, por su parte, es de gran importancia para reconstruir
procesos socio-históricos a partir de la percepción y concepción de los prota-
5 La historia oral, implica la narración de hechos y sucesos pasados que son expresados a viva voz,
con palabras y que, a su vez, permiten que salgan a la luz testimonios de personas desconocidas,
gentes sin historia, fomentado la recuperación de la memoria histórica a través de las viven-
cias, las experiencias, las prácticas a lo largo de la vida, sensaciones vividas… y que son recogidas
de manera escrita. (Jiménez, 2009, en Rodríguez García, Antonio; Luque Pérez, Rosa y Navas
Sánchez, Ana, 2014:194).
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gonistas, convirtiéndose el testimonio oral en un nuevo documento escrito,
pues la entrevista es sistematizada, seccionada con un corpus preplanicado,
basado en temas secciones que además es validado por expertos académicos
(Lara y Antúnez, 2014). La historia oral tiene como técnica, fundamental-
mente, la historia de vida dirigida a especialistas o experimentados en un área
de conocimiento determinado, arrojando como resultando nuevos enfoques
explicativos, raticación de ciertos planteamientos cientícos y nuevas in-
terpretaciones históricas, sociales y antropológicas. Sin embargo, una de las
críticas hacia los estudios desde la oralidad es, precisamente, el carácter limi-
tante de las fuentes orales, tanto en que el entrevistado, no se sabe a ciencia
cierta si nos miente, como en el relativamente corto alcance en el tiempo
de la memoria oral –sólo podemos acceder a testimonios orales de personas
vivas–, por lo que este problema ha de ser resuelto al recurrir a las fuentes
escritas –sean ociales, personales o hemerográcas–.
Es fundamentalmente de carácter localista en cuanto a escala, debido a
que el abordaje sostenido y continuado en una comunidad es más factible
si la misma es pequeña, por lo que delimitar espacios a escala micro permite
captar” los elementos constituyentes de la cotidianidad, que es lo que a dia-
rio viven las comunidades. Los estudios geohistóricos macro, sobre todo las
denominadas historias nacionales, precisamente debido a su escala, tienen un
alcance limitado y terminan representando exclusivamente a los intereses de
los ostentadores del poder de turno. Entretanto, las vivencias de las comuni-
dades quedan en el olvido, sea por omisión o intencionalidad.
Sin embargo, la escala local no tiene por qué menoscabar bajo ninguna cir-
cunstancia el abordaje de acontecimientos y procesos meso y macro que afecten
a la comunidad sujeto de estudio; el espacio es un continuo, donde todas las co-
munidades son interdependientes unas de otras y son afectadas por los proce-
sos desde los espacios meso y macro. Además, toda comunidad forma parte de
un circuito regional que tiene sus dinámicas socioeconómicas particulares, que
no pueden ser ignoradas. Lo anteriormente planteado coincide con esta frase:
La Historia Oral, al recoger los testimonios de “voces silenciadas,
fomenta en el alumnado el análisis de determinados grupos sociales,
lo cual abre la puerta para trabajar otros temas en el aula como la
exclusión social, el androcentrismo histórico, identicación de pro-
cesos de identicación con el “otro, aproximación a sistemas y/o he-
rramientas de inclusión, análisis reexivos sobre prácticas educativas
segregadoras, etc. El proyecto de historia oral promueve el debate y
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la cooperación entre los estudiantes, permitiendo así el desarrollo de
la capacidad lingüística tanto oral, como escrita (Rodríguez García,
Antonio; Luque Pérez, Rosa y Navas Sánchez, Ana, 2014:196).
El abordaje, en una primera instancia se hace desde las visitas de campo,
recurriendo al método etnográco, propio de la antropología, ampliamente
utilizado en las distintas ciencias sociales. Debido a que la etnografía implica
un acercamiento longitudinal a las comunidades –durante un período sos-
tenido de tiempo– justica la escala micro de la reconstrucción geohistóri-
ca. Las representaciones sociales, los imaginarios, la construcción social del
espacio son elementos clave, en el cual el método etnográco, así como las
categorías de análisis de la antropología es de valiosa ayuda. En ese sentido,
la reconstrucción geohistórica constituye una necesidad de las comunidades
por la conservación de la memoria de los primeros pobladores, de contar,
pues, con una historia que incluya la cultura y el aspecto territorial del sector;
esto es, que permita el reconocerse como entidad local con sus características
propias en base al abordaje de la tríada tiempo-espacio y cultura.
Desde un punto de vista ontológico, la reconstrucción geohistórica se
fundamenta en la concepción del ser humano como sujeto que construye y
reconstruye su realidad. Por ello, la identicación de una determinada cos-
movisión se origina al conocer la creencia que mantiene el investigador con
respecto a la naturaleza de la realidad que se investiga. Ello obedece a una
perspectiva que concibe al ser humano como ser viviente que construye y
reconstruye permanentemente su mundo y su conducta mediante el uso del
lenguaje y del pensamiento, que despliega su ser en un devenir necesariamen-
te social, cultural e histórico. Por tanto, reconocemos a los seres humanos
como co-creadores de su propia realidad, en la que participan a través de su
experiencia, imaginación, pensamiento y acción.
Dado que desde el punto de vista gnoseológico, toda investigación cientíca
tiene como base una determinada concepción losóca del mundo, el conoci-
miento de la realidad debe ser precedido por la indagación acerca de la idea que se
tiene de las realidades. El investigador puede observarse, entonces, como un cons-
tructor y reconstructor del ámbito investigativo, al ubicarse en una realidad social
–o representación– como proceso geohistórico, en donde su acción continua-
mente produce y reproduce el mundo material, social y cultural en el cual vive.
Al referirnos a “reconstrucción” hacemos alusión a que el análisis y sis-
tematización de la información por investigadores, o personas que no hayan
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“vivido” directamente la experiencia sólo pueden armas las piezas del rompe-
cabezas que no es más que la cotidianidad de los habitantes de una comuni-
dad, quienes, al n y al cabo son los que elaboran las piezas. Incluso, cuando
los habitantes de la comunidad recrean sus vivencias a través de la memoria
–rescatada vía oralidad– en ese ejercicio mental, se hace una reconstrucción,
que pudiéramos considerar de primera mano, pero el investigador hace una
reconstrucción de segunda, incluso, de tercera mano.
En este sentido, quienes construyen la historia son quienes la viven, en tanto
que los que la analizan y sistematizan la reconstruyen. En este sentido, pode-
mos hacer una analogía con la antropología interpretativa de Geertz (2003),
en donde los escritos antropológicos son, en sí mismos, interpretaciones y por
ende interpretaciones de segundo y tercer orden (Por denición, sólo un “nati-
vo” hace interpretaciones de primer orden: se trata de su cultura.). De manera
que son cciones; cciones “en el sentido de que son algo ‘hecho, algo ‘forma-
do, ‘compuesto’ —que es la signicación de ctio—, no necesariamente falsas
o inefectivas o meros experimentos mentales de ‘como si’” (2003:28). Los his-
toriadores identicados dentro de la escuela de los Annales, en especial después
de 1968, momento a partir del cual se le atribuye a la cultura como un elemento
de análisis en los estudios históricos –si bien con matices distintos a la antro-
pología en algunos casos–, reconocen que hacen es una reconstrucción de los
procesos históricos, una aproximación a lo que pudo haber sucedido.
Consideraciones nales
A pesar de que es a nes del siglo XX que se empieza a desplazar, progre-
sivamente, el paradigma cuantitativo y el modelo de pensamiento positivista-
empirista en favor del paradigma cualitativo y un modelo intersubjetivista,
ya desde mediados de la centuria pasada se habían gestado movimientos que
desaaban a las corrientes de pensamiento vigentes en su momento. En el
caso de las ciencias sociales, el marxismo, estructuralismo, funcionalismo,
constructivismo, entre otros presentaron alternativas de ver la ciencia, sobre
todo reconocidas a partir de la posmodernidad.
El modelo de ciencia pregonado desde el siglo XIX como conjunto de sabe-
res especializados y delimitados tanto en sus objetos de estudio como en méto-
dos es puesto en tela de juicio con las tendencias inter y transdisciplinarias, que
lejos de pretender crear nuevas ciencias, buscan integrar los saberes, partiendo
del principio de totalidad sobre las realidades, por lo que éstas deben ser abor-
dadas como totalidad. En cuanto a ciencias sociales se reere, contamos con la
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etnohistoria y, en especial la geohstoria, que busca más que la integración de la
historia y geografía o la creación de una nueva disciplina, el estudio del tiempo
y espacio como elementos interdependientes e indivisibles.
Tiempo y espacio no pueden ser abordados de manera separada, si lo que
queremos es lograr un abordaje o aproximación partiendo de la totalidad,
en tanto que ambas categorías sin interdependientes y subordinadas a la cul-
tura, en tanto que el ser humano es un “animal social” que interactúa en los
espacios, los acontecimientos transcurridos son producto de la transmisión
y replicación de las representaciones sociales en un espacio dado, el cual sus
características físicas determinan hasta cierto punto las pautas de comporta-
miento de las comunidades.
Partiendo de las ideas anteriores, a través de la reconstrucción geohistó-
rica se pretende hacer una aproximación a las comunidades desde una visión
de la totalidad, pues la cotidianidad de las localidades acontece en una to-
talidad, no en modelos parcelados. En este sentido, es necesario mantener
una escala micro para la realización de estudios longitudinales, en períodos
constantes y sostenidos, que permitan captar las representaciones e imagina-
rios en torno a sus acontecimientos y espacios. En este caso, el investigador
hará aproximaciones, de segunda y tercera mano –incluso– dado que son
los actores sociales, las comunidades quienes viven y reconstruyen sus expe-
riencias de primera mano.
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