Perspectivas. Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura.
Año 6 N° 11 / Enero-Junio 2018, pp. 223-235
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
ISSN: 2343-6271
Recibido: 15/08/2017
Aceptado: 29/10/2017
* Historiador. Premio Nacional de Historia “Francisco González Guinán” por la Academia Nacional
de la Historia de Venezuela (2007). Doctorado en Historia por la Universidad Complutense de Ma-
drid (España). Magister en Ciencias Políticas por la Universidad del Zulia. Licenciado en Educación
Mención Cs. Sociales, Área: Historia por la Universidad del Zulia. Director del Centro de Estudios
Históricos de la Universidad del Zulia (2004-2018).
Maracaibo y el 19 de abril de 1810: Aun sin
estrella en la bandera nacional
Angel Rafael LOMBARDI BOSCÁN*
Universidad del Zulia
Centro de Estudios Históricos
eljuegodeloscaballos2009@gmail.com
I
En un acto que bien valdría calicar de mezquindad histórica por parte
del Poder Central, la ciudad de Maracaibo, no está aún representada por nin-
guna estrella en el pabellón nacional. Y esto se explica por qué Maracaibo no
acompaño a Caracas ni en el 19 de abril de 1810 ni en la Declaración de la
Independencia el 5 de Julio de 1811.
Maracaibo, doscientos años atrás, era una provincia con nexos más rmes
con los territorios de la Nueva Granada, con los cuales colinda, que con los
que se ubican en el centro del país. De hecho, luego de la unicación territo-
rial y administrativa llevada a cabo por los borbones erigiendo la Capitanía
General de Venezuela en 1777, Maracaibo y sus autoridades van a protestar
las nuevas prerrogativas que convierten a Caracas en cabeza de todas las pro-
vincias unidas. Las rivalidades son de carácter comercial fundamentalmente,
aunque se les acompaña por otras que tienen que ver con las jerarquías ad-
ministrativas e institucionales junto a sus distintas competencias. En pocas
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palabras, a los marabinos de ese entonces no les gustó estar un escalón más
abajo que los caraqueños
1
.
Si no como entender el encarcelamiento de los emisarios que los caraque-
ños envían al Occidente para que reconocieran al nuevo Gobierno surgido el
Jueves Santo del año 1810. Quienes sí acompañaron a los de Caracas fueron
trujillanos, merideños y tachirenses, por los mismos motivos que tenían los
marabinos para desconar de los del Centro, sólo que el rival incómodo en
éste caso lo representaba Maracaibo que administrativamente ejercía predo-
minio sobre los estados andinos
2
.
El 19 de abril de 1810 trajo una recomposición en las alianzas interpro-
vinciales y creó las condiciones para el enfrentamiento posterior entre parti-
darios de la Republica y aquellos que defendían a la Monarquía. Las causas
que explican lo ocurrido el 19 de abril de 1810 son muchas, aunque hay una
que sobresale como bien lo señala Vaamonde en un reciente trabajo: “… y
principalmente con el de atender la salud pública de este pueblo que se halla
en total orfandad, no sólo por el cautiverio del Sr. D. Fernando Séptimo, sino
también por haberse disuelto la junta que lo suplía en lo tocante a la seguri-
dad y defensa de sus dominios invadidos por el emperador de los franceses, y
demás urgencias de primera necesidad”.
3
1 Para entender la Historia del Zulia en un sentido admirativo y a modo de divulgación es funda-
mental: BESSON, J.: Historia del Zulia, 5t, Maracaibo, 1943, y como complemento, aunque
ya el rigor sí está mucho más presente, véase: HERNÁNDEZ, Luis Guillermo y PARRA, Jesús
Ángel. Diccionario General del Zulia. 2t, Maracaibo: Banco Occidental de Descuento, 1999.
2 Caracas se levantó con pretensiones de ser capital, pero se encontró con la madurez de las provincias
que también querían ser protagonistas y no simples seguidoras del cabildo capitalino. Con qué títulos
quiere erigirse Caracas en capital, si nosotros tenemos inteligencia, capacidad económica y nanciera
y facultades para ser autónomos. Así respondió Maracaibo y tomó la misma postura que las ciudades
de la Península. Optó por la causa realista. Mérida se declara patriota en contraposición a la postura
marabina, distanciándose así de su capital provincial natural. Le cobra a Maracaibo la capitalidad
que tanto había añorado. Y por otra parte, le pasa también factura a Caracas que se había opuesto
junto a Santafé a que el Seminario de Mérida tuviera el título de universidad. Era la ocasión de
reclamar capitalidad en lo intelectual y educativo, preseas que no le podían discutir sus rivales vecinos.
Véase: PORRAS CARDOZO, B. E.: “21 de Septiembre de 1810 ¿Punto de Partida o Punto de
Llegada?” en Boletín del Archivo Histórico. ISSN: 1316-872X. Año 9. Enero-junio 2010, Nº 15.
Universidad de Los Andes. Mérida – Venezuela, págs. 65-86.
3 VAAMONDE G.: “Causas del 19 de abril de 1810 en Caracas” en Venezuela y sus orígenes
republicanos: 19 de abril de 1810-5 de julio de 1811, Jornadas: Reexiones de la Venezuela
Histórica, Universidad Monteávila y Fundación Bancaribe para la Ciencia y la Cultura, Cara-
cas, 2012, Pág. 140. Según la interpretación que privilegia Vaamonde sobre el 19 de abril en
Caracas, los cabildantes, actuaron en resguardo de sus intereses de clase dominante y dirigente
de la sociedad colonial, no dispuestos a que el vacío de poder dejado por la Metrópoli sea sus-
tituido por agentes externos e internos extraños a ellos mismos. Emparan y otros funcionarios
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Maracaibo y sus autoridades se mantuvieron leales a la Regencia y descono-
cieron el paso dado el 19 de abril en Caracas. Esta “delidad” de los marabinos
nos luce sospechosa, y por qué no decirlo, oportunista, ya que las noticias que
en ese entonces se manejaban acerca del futuro de la Metrópoli no eran nada
halagadoras. El acto de delidad de Maracaibo hay que entenderlo básicamente
dentro de la disputa y rivalidad preexistente en contra de los de Caracas, aun-
que esto obviamente, desde la percepción de la clase dirigente peninsular y crio-
lla, que en el caso de Maracaibo, mantuvo su alianza impertérrita.
Lo cierto del caso es que Maracaibo y su Gobernador, Fernando Miyares
(1749-1818), pasan a convertirse en cabeza de la contrarrevolución y coali-
gados con los corianos y guayaneses van a defender “patrióticamente” la causa
realista en los venideros años del conicto
4
.
Otro asunto no menos importante es la conjetura piadosa que se ha cons-
truido alrededor del recuerdo épico de la Independencia nacional, que no es
otro que señala que fue un proceso guiado por las ansias de libertad en contra
de la Monarquía hispana. Como han dicho Raymond Carr y otros estudiosos
del periodo que nos conduce de Colonia a Republica (1750-1830): España es la
que se ausenta de América, luego de la invasión de Napoleón sobre la península
en 1808, y no los americanos quienes abogaron por romper el vínculo colonial.
Los americanos, y no todos, sólo la minoría blanca criolla, se decide actuar
bajo una situación de emergencia y anomia
5
, ante el temor bien fundado en
ese entonces, de una nueva dominación exterior representada por los france-
ses o por el resquebrajamiento del orden social interno en donde los princi-
pales privilegios recaían entre ellos mismos. Los sectores sociales “populares
de la Colonia en Venezuela, sempiternos explotados, carecieron de líderes
oportunos, que con la adecuada lectura del momento, pudiesen erigirse
de la administración monárquica fueron acusados de afrancesados, aunque básicamente se les
percibió, como débiles e irresolutos en ser capaces de garantizar la “seguridad y defensa. Luego
de la fallida Conjura de los Mantuanos en el año 1808, el pacto entre la elite blanca, criolla y
peninsular, sufrió una erosión irreversible. Los “hombres” del 19 de Abril en Caracas fueron
gente moderada que procuraron atajar el radicalismo sin importar su procedencia. Véanse dos
obras esenciales para comprender ésta cuestión: McKINLEY, P. MICHAEL: Caracas antes de
la Independencia, Caracas, 1992 y QUINTERO, I.: La Conjura de los mantuanos: último acto
de delidad a la monarquía española. Caracas 1808, Caracas, 2002.
4 Apenas tenemos estudios puntuales y monográcos sobre las actuaciones del “Partido Realista
en Venezuela. En éste sentido es fundamental el libro de: STRAKA, T.: La oz de los vencidos,
ideas del partido realista de Caracas (1810–1821), Caracas, 2007, y también: LOMBARDI
BOSCAN, A.R.: Banderas del Rey, Maracaibo, 2006.
5 Nos dice el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) que su signicado es doble: Ausen-
cia de Ley y Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.
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como representantes e interlocutores validos de las ansias, muy legítimas por
cierto, de promoción social. Los pardos, negros e indios, actores anónimos,
silenciosos e invisibles de una historia como drama y tragedia, mascullaban
el rencor de una sociedad que les negó ser reconocidos como iguales. Las
leyes hispanas les otorgaron algunos derechos, e incluso, en la época de los
borbones a través del Rey Carlos III (1716-1788), estos alentaron algún tipo
de reformismo social
6
para con ello restarles poder a los amos blancos, sobre-
todo, a los mantuanos criollos.
En una sociedad esclavista como la venezolana de ese entonces y cuya ló-
gica política de funcionamiento era la explotación de una minoría ilustrada
y pudiente sobre una mayoría analfabeta y pobre, la Independencia, aunque
sería más preciso, señalar, la Autonomía, a la cual los cabildantes caraqueños
en un primer momento aspiraron, no fue otra cosa que un acto de sobre-
vivencia social, política y económica de acuerdo al resguardo de intereses y
privilegios
7
.
De tanto repetir un supuesto, como el hecho de que la Independencia
nacional se libró en contra de España, que terminamos por asumirlo a raja-
tabla, sin matices, sin apreciar el verdadero contexto histórico y las distintas
uctuaciones que ese momento tuvo. No me cabe la menor duda que a la
Independencia se iba a llegar tarde o temprano. Que la actuación de Espa-
ña apoyando a los colonos en la América del Norte (1776) en su lucha in-
dependentista fue algo suicida, teniendo ella misma sus propias colonias al
Sur a resguardo. Que el declive de España como potencia europea quedó en
evidencia luego del desastre de Trafalgar (1805) donde pierde toda su ota,
y en consecuencia, les deja el dominio del Atlántico a los ingleses. Ya en ese
6 RODULFO CORTES, S.: “Las Gracias al sacar” en Venezuela durante el periodo hispánico,
Caracas, 1978
7 En esto el Maniesto Comunista (1848) escrito por Carlos Marx y Federico Engels es inapelable:
Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos,
la clase que ejerce el podermaterialdominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiri-
tualdominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone
con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al
propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir
espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones mate-
riales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las
relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.
Los individuos que forman la clase dominante tienen también, entre otras cosas, la conciencia de ello y
piensan a tono con ello; por eso, en cuanto dominan como clase y en cuanto determinan todo el ámbito
de una época histórica, se comprende de suyo que lo hagan en toda su extensión, y, por tanto, entre otras
cosas, también como pensadores, como productores de ideas, que regulan la producción y distribución
de las ideas de su tiempo; y que sus ideas sean; por ello mismo, las ideas dominantes de la época.
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entonces España abandona de manera forzosa a sus territorios amerindios, y
poco pudo hacer en adelante.
Es bueno señalar que Ejercito de ocupación como tal nunca lo hubo a lo
largo de los trescientos años de dominio hispano sobre América. El mante-
nimiento del orden domestico estuvo bajo la responsabilidad de las milicias
oriundas del propio país, obviamente, bajo una ocialidad criolla y blanca.
El único esfuerzo formal de tipo militar que hizo España lo llevaría a cabo
con los regimientos “Fijos” de peninsulares acantonados en las principales
fortalezas que resguardaban los más estratégicos puertos donde tocaban los
galeones cargados de morocotas y otros metales hacia España.
El verdadero punto de inexión de todo el proceso conocido como Inde-
pendencias Hispanoamericanas corresponde a la invasión napoleónica sobre
la península ibérica en el año 1808. Luego de la vergonzosa abdicación de
Carlos IV (1748-1819) y Fernando VII (1784-1833) en Bayona se inició la
resistencia por parte del pueblo español ante el invasor francés. España, entre
1808 y 1814 va a vivir, y padecer, su propia Guerra de Independencia, algo
que la mayoría desconoce. Situación ésta que le lleva prácticamente a desa-
tenderse de los sucesos americanos
8
.
La ausencia de los monarcas españoles trae un terrible vacío de poder. El
desconcierto, la anomia y la incertidumbre más atroz se apodera de los funcio-
narios reales y sus aliados criollos del sector blanco. Casi nadie estuvo dispues-
to a renegar de España, ni a plantear el espinoso y controvertido asunto de la
Independencia, salvo una minoría de liberales españoles y criollos que bajo la
inuencia de la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos
intentaron una conspiración fallida en 1797 (Conspiración de Gual y España)
9
.
La elite criolla blanca, el único sector social con plena conciencia de sus
privilegios, y del riesgo de perderlos, ante el arribo del usurpador José I, se ve
obligada por las circunstancias a una actuación pro autonomista (19 de abril
8 Véase: MARTINEZ RUIZ, E.: La Guerra de la Independencia 1808-1814, Madrid, 2007.
9 No es el caso que nos ocupa pero salvo Gual y España (1797) y los intentos de invasión de
Francisco de Miranda en 1806, el resto de los movimientos “pre-revolucionarios” fueron prác-
ticamente inexistentes. Hay que concluir que quienes se pronunciaron en “Defensa del Rey” en
1810 no albergaron alguna animadversión hacia la Corona, por el contrario, la defendieron. La
paulatina desaparición de los órganos de gobierno metropolitanos hizo cuestionar la legitimi-
dad de los mismos en su ejercicio en tierras americanas, y ya esto dio pie a brotes de anarquía y
rebeldía que fue capitalizado por los radicales de los distintos bandos que se fueron constitu-
yendo. El testimonio alucinado del Regente Heredia conrma éste supuesto. Véase: Memorias
del Regente Heredia, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1986.
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de 1810), y ya más radical, al declarar la Independencia (5 de Julio del 1811).
Lo hace en contra de una España que le ha abandonado y en contra de una
nación extranjera, Francia, que percibe como amenaza.
Así tenemos que a la Independencia (1811) se arriba no a través de una
vaga aspiración de libertad o porque se creyó en ideales republicanos a través
de una convicción colectiva de ideales compartidos, que tuvo la osadía de
repensar a la caduca sociedad colonial por otra alternativa de corte moderno
y liberal, estas premisas, repetidas una y mil veces por la Historia Ocial y
Escolar, no resisten el más supercial análisis de esa coyuntura histórica. A
la Independencia se llegó, como ocurre en la mayoría de las contingencias
históricas, por puro azar y desde posiciones fragmentarias y caóticas que en
el caso venezolano se manifestaron de una forma desafortunada mediante la
violencia más atroz y destructiva.
Maracaibo, al igual que Coro y Guayana, no sigue el ejemplo de los cara-
queños luego del 19 de abril de 1810, porque sus intereses geográcos, co-
merciales, administrativos, jurisdiccionales y políticos no forman parte de la
misma cuadratura. Maracaibo es una región al occidente del país, con una
dinámica de funcionamiento autónomo cuyo Lago y zonas adyacentes le
conere identidad propia.
II
En estos tiempos de celebraciones independentistas muy al estilo del Es-
tado como factor de poder y donde la Historia se convierte en propaganda,
es bueno replantearse todo lo sucedido doscientos años atrás desde una pers-
pectiva desmiticadora.
En el caso de la Independencia nacional hubo unos claros ganadores en
los casos de las regiones central, oriental, andina y llanera. Los caudillos y
jefes de esas regiones lograron capitalizar el triunfo militar luego de una lar-
ga contienda en contra de los partidarios de la Monarquía, en su mayoría,
oriundos del país. Los derrotados, Maracaibo, Coro y Guayana, sufrieron el
estigma de no “seguir el ejemplo que Caracas dio, y en consecuencia, sus eli-
tes políticas, económicas e intelectuales hicieron redoblados esfuerzos por
justicar lo injusticable
10
.
10 El perdón otorgado hacia los de Guayana o Angostura por el más reciente “gendarme” al frente
del Poder Central en Caracas y que le permitió tener una estrella en la bandera nacional, la
octava, se justicó porque Bolívar ofreció su Discurso de Angostura en 1819 y porque Guayana
se constituyó en cabeza de playa de la insurgencia republicana luego del triunfo en la Batalla de
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El caso de Maracaibo es emblemático. Sus poetas, artistas e intelectuales,
pero sobre todo, sus historiadores, se dieron a la titánica tarea de reinventar
un pasado que nos pudiera conectar con la estirpe ilustre de los vencedores
de la Independencia. Tal es el caso de Juan Besson y su Historia del Zulia
donde convierte a Maracaibo, una modesta ciudad a lo largo del siglo XIX,
en un emporio comercial relevante donde las luces del espíritu destilaban lo-
gros culturales sin parangón. Maracaibo pasaría entonces a convertirse en la
Atenas de Venezuela.
Y si alguien osase dudar acerca del “patriotismo” del gentilicio zuliano en
esos terribles años que dieron nacimiento a Venezuela, pues bastaría con se-
ñalar a un militar de la talla de Rafael Urdaneta, o su imponente Lago, donde
se hizo claudicar a la escuadra del realista Ángel Laborde. No obstante, algo
no encajaba con relación a los antecedentes ilustres, es decir, con la llamada
pre-independencia.
Esa necesidad, de lavar un pecado histórico, nos llevó prácticamente a re-
inventar hechos y personajes sucedidos en el año de 1799. La llamada “Cons-
piración de Pirela o Maracaibo, convierte a un oscuro sastre de nombre:
Francisco Javier Pirela, miembro de la milicia local, en un adalid a favor de la
libertad. El héroe deviene en traidor horas antes de que el complot lograse su
cometido, ya que delata a sus compañeros de causa. Aún así, buena parte de la
historiografía que ha tratado el tema, le conere signicados políticos que la
documentación primaria no logra corroborar
11
.
Particularmente no siento ningún tipo de vergüenza histórica por el he-
cho de que mis antepasados hayan preferido abrazar la causa del Rey en vez
de la Republicana. El pasado es lo que pasó y no aquello que deseamos que
éste haya sido.
III
Maracaibo en 1810 es una modesta capital de provincia que a duras penas
sostiene en su solar a más de 20.000 almas. Juan Besson, el historiador más
conspicuo en eso de retratar unos orígenes ilustres como si la Historia fuese
San Félix en 1817, ganada ésta por el General Piar. Maracaibo y Coro aún carecen de méritos
históricos para tener su respectiva estrella. Una nación con madurez y clara conciencia de sus
aciertos y errores, lo que hace es sumar y engrandecer, y no mascullar viejos rencores y desave-
nencias. Como bien dice un lúcido Ángel Bernardo Viso, esto representa: “una indecisión en
el centro mismo del ser” venezolano, véase: Venezuela: Identidad y Ruptura, Caracas, 1982.
11 Véase: LOMBARDI BOSCAN, A.R.: Conspiración de Maracaibo, 1799, Maracaibo, 2009.
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la fotografía esplendorosa de nuestras hechuras, señala lo siguiente: “Al em-
pezar el año de 1800, Maracaibo era la capital de la Provincia de su nombre,
con jurisdicción sobre Coro, Trujillo y Mérida. La Provincia contaba ya con
100.000 habitantes y la ciudad de Maracaibo con 22.000”. Maracaibo posee en
ese entonces una radiografía social, política y económica-comercial que com-
parte con las otras capitales de provincia de su entorno, si bien la geografía y el
clima la particularizan. No obstante, hay un hecho muy especial que hace de la
Provincia de Maracaibo algo ajeno a dinámicas como las que se suscitaban en la
Provincia de Caracas o Venezuela, o en las regiones del Oriente y el Sur, y es que
Maracaibo estuvo sujeto a la jurisdicción de la Nueva Granada y a una telaraña
de relaciones y compromisos circunscritas al hinterland que fue bosquejando
desde las primeras exploraciones de Alonso de Ojeda en el siglo XVI. Ahon-
dar en esas relaciones complejas dentro de las profundidades de una Historia
Colonial subvertida y menospreciada por los vencedores de la Independencia,
es una deuda que todo historiador consiente está obligado a saldar. Maracaibo
nace como Gobernación de Coquibacoa y sus tres fundaciones (1529, 1569 y
1574) se hace bajo los estímulos del lucro material y comercial que guió a los
Welsares y otros exploradores sobre el Occidente venezolano de ese entonces.
La hostilidad de los indios de la zona, aunado a unas condiciones climáticas y
geográcas adversas iban desalentando las posibilidades de un desarrollo urba-
no oreciente. El siglo XVI “zuliano” es un siglo perdido por el bajo impacto
de una colonización agreste. En el siglo XVII no se puede vislumbrar tampoco
un desarrollo histórico de valía con todo y que es en esa centuria cuando se
empieza a construir la red de intercambios comerciales que enlaza al puerto
de Maracaibo con el Sur del Lago, los Andes venezolanos y la ciudad de Pam-
plona en la Nueva Granada. A través de los ríos y los caminos de recuas, la
producción agrícola y ganadera, incipiente y artesanal, empieza a congurar
un universo histórico con identidades propias. La acumulación de riquezas no
se traduce en prosperidad para los humildes pobladores de las pequeñas villas
y caseríos que sirven de apostaderos de una producción económica desigual e
intermitente. Aún así, los más connotados piratas, corsarios y lbusteros, que
pululan el Mar Caribe entre 1614 y 1678, se dedicarán con persistente saña y
alevosía a robar, saquear y matar todo vestigio humano alrededor de la cuenca
del Lago de Maracaibo. Y no es que los piratas y corsarios iban por esplendo-
rosas riquezas, sino que su radio de acción, alrededor del Mar Caribe, les servía
para hostilizar lo esencial del comercio colonial alrededor de las llamadas “rutas
de los galeones”, y Maracaibo y su entorno, caían dentro de ese radio de acción.
Es bueno recordar que la piratería poseía una doble carta de identidad, por un
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lado la ejercían particulares, aunque en realidad, detrás de muchos de ellos ha-
bía países como Francia, Inglaterra y Holanda, enemigos declarados de España,
y que la subvencionaba sin ningún tipo de disimulo. Así tenemos que también
el S.XVII fue otro siglo nada auspicioso para Maracaibo y las zonas que direc-
tamente dependían de ella. Esto cambiaría radicalmente con la aparición de la
Compañía Guipuzcoana (1728-1785) y sus decididas actuaciones en pos de
revitalizar el alicaído aparato productivo de las distintas regiones y provincias
que conformaban en ese entonces a Venezuela.
Luego del arribo de una nueva “colonización” sobre América de la mano de
los Borbones (1700), la explotación agrícola y ganadera, junto a la persecución
del contrabando, trajo un inesperado orecimiento en los “países” orientales,
andinos, occidentales, sureños y llaneros. Los comarcanos de Venezuela alcan-
zaron un nuevo status jurídico, administrativo y político con la proclamación
de la Capitanía General de Venezuela a partir de 1777. Desde Caracas se cen-
tralizó una administración, que hasta los momentos era díscola en lo que se
reere a un orden estructurado; la disgregación de iniciativas a todo lo largo del
territorio fue conformando una dinámica caracterizada por el “dejar hacer, de-
jar pasar” aunque esto sin apenas signicados propios de una economía liberal,
sino todo lo contrario: el monopolio declarativo y los súper controles
12
.
Maracaibo, qué duda cabe, y así nos lo hace saber el testimonio de José Do-
mingo Rus
13
, fue una de las más afectadas por ésta novedad porque veía limita-
das sus aspiraciones de expansión e inuencia. La Venezuela de muchas naciones
confederadas por un tenue sentimiento de identidad compartida que la geografía
se dedicaba a contradecir, ahora era puesta en cuestión por las reformas de los
borbones que le otorgaron a la Provincia de Caracas la primicia sobre todas ellas.
12 Rafael María Baralt y José Gil Fortoul, connotados historiadores clásicos, ya habían señalado
ésta perenne contradicción alrededor de una economía colonial caracterizada por los controles
y otra bajo la férula del contrabando, una formal y la otra práctica. Los estudios más recientes y
cientícos” de Eduardo Arcila Farías terminaron por demostrar aún más ésta cuestión. Véase:
BARALT R.M.: Resumen de la Historia de Venezuela, Madrid, 1841; GIL FORTOUL, J.: His-
toria Constitucional de Venezuela, Berlín, 1908 y ARCILA FARIAS, E.: Economía Colonial de
Venezuela, Caracas, 1973; El régimen de la encomienda en Venezuela, Caracas, 1966; Historia
de un monopolio: el estanco del tabaco en Venezuela, 1779-1833, Caracas, 1977.
13 Un personaje clave para entender lo que pensaba la intelectualidad marabina en los años nales
de la Colonia fue el diputado en las Cortes de Cádiz (3 de marzo de 1812 a 10 de mayo de 1814)
por la Provincia de Maracaibo: José Domingo Rus (1768-1835). Véase: MALDONADO VI-
LORIA Z.: Maracaibo en la Independencia. José Domingo Rus, Maracaibo, 2003. El estudio más
completo sobre el tema, que nosotros aquí apenas esbozamos muy supercialmente, lo llevó a
cabo ésta misma y competente historiadora en: MALDONADO VILORIA Z.: “Las Ciudades
Disidentes durante la Independencia de Venezuela: el caso de Maracaibo” en Revista de Ciencias
Sociales, Vol. XI, num. 1, abril 2005, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, págs. 48-68.
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Este inesperado giro de la historia trajo en los marabinos de aquel entonces no
pocas contrariedades, aunque para ser justos, habría que decir, que los territorios
que dependían a su vez del “dominio” de Maracaibo también manifestaron su
descontento por el dominio “domestico” que estos a su vez también ejercieron.
Un caso paradigtico que demuestra las tensiones internas de las distintas pro-
vincias y territorios se suscitó alrededor de la llamada Revuelta de los Comuneros
en el año 1781 cuyo epicentro fue en la Nueva Granada pero cuyos coletazos
también se vivieron en Táchira, Mérida y Trujillo, es decir, territorios adyacentes
cuya dinámica de vida social y económica implicaba esa interconexión de la que
nos hemos venido reriendo. Resulta que en la revuelta de estos “comunes, gente
del pueblo, se apeló a una resistencia cívica en contra de las nuevas medidas de
scalización a la producción y el alza de los impuestos que los Intendentes, agen-
tes de los borbones, quisieron poner en práctica. Lo cierto del caso es que el caos
desatado y un conato de rebeldía sólo pudieron atajarse mediante la intervención
del Gobernador de Maracaibo y las respectivas tropas que le acompañaron. Con
esto es sencillo demostrar que así como había resquemores entre los caraqueños
y marabinos por un conicto de intereses de diversa índole, también existieron
tensiones entre la ciudad de Maracaibo y las regiones adyacentes que dependían
de ella. Es más, luego del 19 de abril de 1810 los sucesos históricos se aceleran has-
ta desembocar en la Declaración de la Independencia el 5 de Julio de 1811, en el
ínterin, encontramos como los estados andinos, no dudan en zafarse del dominio
de Maracaibo para trazar una nueva alianza con los de Caracas.
La actuación de Maracaibo luego de su deslinde respecto a los cabildantes
caraqueños fue la de plegarse a rajatabla a los dictámenes de la Regencia, ór-
gano éste de gobierno que aún quedaba en pie muy precariamente en la Me-
trópoli. La Regencia impuso el bloqueo sobre las costas de Venezuela el 11 de
agosto de 1810 y le ordenó a Fernando Miyares la principal responsabilidad
de someter a los caraqueños a la obediencia debida. Como hoy se sabe, eran
propósitos ajenos a la realidad. Ni España, ni Maracaibo poseyeron los me-
dios para hacer efectivo el bloqueo o cualquier otra demostración de fuerza.
La guerra en Venezuela se vislumbraba de corte civil y de carácter inter pro-
vincial aunque en un principio con una manifestación en su intensidad muy
baja. En realidad los actores de éste drama se conducían a oscuras alrededor
de un laberinto inmenso. Las ayudas que Miyares solicitó a Cuba, a Repúbli-
ca Dominicana, a Méjico, y de manera muy especial, en la Nueva Granada,
carecieron de eco
14
. Y es que cada autoridad peninsular, dentro de la preca-
14 Las actuaciones de Fernando Miyares fueron rastreadas en ésta coyuntura por dos investigadores
Maracaibo y el 19 de abril de 1810: Aun sin estrella en la bandera nacional
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riedad del momento y la estela de la incertidumbre más penosa, careció de
referentes de autoridad incuestionables, el Rey Fernando VII, se encontra-
ba prisionero, y un usurpador, José I, ostentaba el trono. Además, había que
reunir las escazas fuerzas del orden para preservar un orden social interno
caracterizado por las discriminaciones y la explotación del sector minoritario
de los blancos sobre el muy mayoritario de los pardos, negros e indios
15
.
IV
Sigue siendo terreno virgen para historiadores emprendedores el estudio
y la investigación de la Independencia desde las regiones distintas a Caracas.
Maracaibo, a través de sus autoridades y dirigentes, no convalidó en la arena
política el pronunciamiento llevado a cabo por los caraqueños al proponer
una nueva institucionalidad cuestionando la autoridad de la Regencia el 19
de abril de 1810. Maracaibo, era en realidad un mundo aparte, una región ais-
lada en sí misma, con nexos y relaciones estratégicas con las áreas circunveci-
nas, y de manera muy especial, con los Andes y el oriente neogranadino. Y no
creemos que el Gobernador Fernando Miyares se haya opuesto a los de Ca-
racas por consideraciones de tipo reaccionario, es decir, por estar favorable a
una Monarquía aérea, prácticamente inexistente, sino por una elemental de-
fensa del grupo, su propio grupo y los intereses que estos habían acumulado
y no estaban dispuestos a compartir con la “nueva dominación” representada
por los de Caracas. Es más, la virulencia de Coro y sus autoridades al recha-
zar el ofrecimiento de los de Caracas a plegarse a la nueva autoridad, fueron
más fuertes que la demostrada por Maracaibo. En realidad lo que hubo fue
una guerra de proclamas, discursos y panetos que la escasez de ejércitos y
de la Universidad del Zulia y la Universidad Católica Cecilio Acosta en un trabajo breve, aunque
emblemático y pionero, que merece ser continuado y profundizado aún más. Al mismo, lo consi-
deramos una “pieza rara” dentro de unos temas marginales dado el monopolio de los recuerdos que
los caraqueños han impuesto. Véase: PARRA CONTRERAS, R. y CABEZAS MORALES, T.:
Actividades emprendidas por Fernando Miyares y el Marqués de Someruelos para defender mi-
litarmente la Provincia de Maracaibo durante el conicto Emancipador (1810-1811) en Revista
de Artes y Humanidades UNICA, Universidad Católica Cecilio Acosta, Año 3, Nro. 5 del 2002.
15 Una de las primeras medidas de la Junta de Caracas luego de los sucesos del 19 de Abril de 1810
fue la de prohibir la entrada a la Provincia de Venezuela de esclavos negros. Estos, en un número
alrededor de 100.000, representaban una indisimulada amenaza a un orden social diseñado por
los blancos, tanto peninsulares como criollos. Además, existía el temor de que la revuelta de
negros en Haití (1791-1804) pudiese repetirse en Venezuela. Un “cordón sanitario” se impuso
para atajar el desorden y la anomia social que algunos intuían como un salto al vacío y no tanto
para construir una sociedad nueva. Véase. Decreto por el cual se prohíbe la introducción de negros
en estas provincias en “Acta del 19 de Abril, Documentos de la Suprema Junta de Caracas, S/F.
Perspectivas. Revista de Historia, Geografía, Arte y Cultura
Año 6 N° 11/ Enero-Junioe 2018 / ISSN: 2343-6271
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armas junto a la inmensidad de los espacios hizo que las desavenencias y la
confrontación quedasen en un primer momento en el plano de la retórica.
La incursión de Caracas sobre Coro, en agosto de 1810, con el Marqués del
Toro al frente de un improvisado ejército, sólo fue un simulacro de una gue-
rra boba sin signicados de peso y con apenas voluntad para imponerse un
bando sobre el otro. Habrá que esperar el momento cuando las pasiones se
desatan y el Partido Canario
16
con Monteverde a la cabeza empieza a cometer
desmanes que serán respondidos por Miranda con la misma ereza a partir
de 1812. Maracaibo, careció de ejército y recursos para imponer los intereses
de la Regencia y su propio partido luego de 1810, sus autoridades fungieron
nominalmente como cabezas de una contrarrevolución que Monteverde y
Boves sí asumirían al costo de llevar el terror y el caos sobre todas las regiones
y provincias del país. Maracaibo, muy sabiamente, protegida por sus monta-
ñas, ríos y gran Lago, se recluyó en su propia fortaleza natural para evitar que
los desmanes de la guerra atentaran contra su integridad.
El 19 de abril representó para Maracaibo, un eslabón más, de las funestas
consecuencias que la invasión napoleónica había producido sobre la Metrópoli
a partir de 1808. Si bien, al principio se coaligo junto a los de Coro y Guayana,
para atajar la aspiración de Caracas de mandar, ésta alianza carecía de algún
tipo de uniformidad efectiva, además, las distancias inmensas atentaron con-
tra cualquier esfuerzo mancomunado. Lo cierto del caso es que la Provincia de
Maracaibo, que ya mantenía en sí misma un alto grado de autonomía en la auto
gestión de sus más diversos procesos, no iba a renunciar al mantenimiento de
un status quo con el que se identicaba y que sus sectores dirigentes agradecían
porque maximizaba sus intereses de clase, económicos y políticos. Ignoramos,
por carecer de la documentación adecuada, el punto de vista de los sectores
sociales populares en la Provincia de Maracaibo respecto a la Independencia y
los distintos derroteros que ésta tomó entre los años 1810 y 1823.
16 ¿El Partido Canario? La Independencia es un recuerdo cautivo de quienes diseñaron su explica-
ción, es decir, las distintas elites que desde Caracas asumieron el control del poder nacional luego
de 1830. Ese recuerdo es interesado y sesgado, excesivamente ideologizado y fundamentado en el
mito. Maracaibo, no forma parte estelar de esa memoria, al contrario, es percibida como un “cuer-
po extraño” dentro de lo que posteriormente se constituiría la integración de la nación. Afortuna-
damente la explotación petrolera, en las primeras décadas del siglo XX, hizo visible a Maracaibo
al resto de los ojos del país. El Partido Canario, alcanzó protagonismo a través del caudillo realista
Domingo de Monteverde, el primero en desconocer a Fernando Miyares como Capitán General
en funciones alrededor de la Capitanía General de Venezuela luego de la destitución de Vicente
de Emparan. Véase: LYNCH. J.: “Los Blancos Pobres de Hispanoamérica: Inmigrantes Canarios
en Venezuela, 1700-1830”, en América Latina, entre Colonia y Nación, 2001, págs. 95-116
Maracaibo y el 19 de abril de 1810: Aun sin estrella en la bandera nacional
Ángel Rafael LOMBARDI BOSCÁN
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Entre la idealización de una fecha histórica y la realidad de lo sucedido
siempre se impone actuar con cautela, y podemos concluir al señalar que son
más las sombras e hipótesis que las conclusiones irrebatibles en un momento
de gran dinamismo, y a la vez, confusión histórica
17
. Maracaibo y el 19 de
abril se enmarcan alrededor de una hipótesis de trabajo abierta y que los his-
toriadores deben seguir profundizando más allá de los esquematismos políti-
cos e ideológicos que han condicionado la mirada de estos procesos. Lo que
si nos atrevemos a señalar, es que de manera paradójica, la clase dirigente en
Maracaibo, sin haber participado del 19 de abril de 1810, y nominalmente
cabeza de la contrarrevolución en Venezuela, colmó hasta el año 1820, la as-
piración de los caraqueños de mantener el control y el orden social inalterado
ante la ausencia forzosa de la Metrópoli. La cruel guerra no tocaría las riberas
del imponente Lago de Maracaibo hasta el momento en que ésta ya práctica-
mente estaba decidida en el año 1820 a favor de Bolívar y los republicanos.
El regreso del Pacicador Don Pablo Morillo a España representó un hecho
crucial en una guerra de signicados tan diversos en donde los beligerantes
se intercambiaban las mieles del triunfo a un costo terrible en vidas humanas.
Maracaibo, bajo el resguardo de su geografía, se aisló de la contienda, y
con ello se preservó de la destrucción. Su reacomodo con los vencedores en
el año 1820 carece de connotaciones patrióticas u heroicas, ya que el pragma-
tismo, que es lo que rige en éste tipo de situaciones, terminó por imponerse
garantizándole a su clase dirigente una sobrevivencia basada en la magnani-
midad de los vencedores de la contienda, en éste caso: caraqueños, orientales,
llaneros y andinos. Con todo y ello, aún Maracaibo, la muy leal ciudad de
Maracaibo, carece de la estrella que la represente en el pabellón nacional.
17 Sigue siendo una tesis clásica, aún no rebatida, sino por el contrario muy vigente, la que propuso Vallenilla
Lanz al señalar que nuestra Independencia no pasó de ser una “guerra civil” con bandos indenidos y en
constante intercambio. Véase: VALLENILLA LANZ, L.: Cesarismo Democrático, Caracas, 2000.