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Aportes para una enseñanza multilíneal, intercultural,
decolonial y pluriversal de nuestras historias
Erick, GUTIÉRREZ *
Instituto Nacional Contra la Discriminación Racial (INCODIR)
adescolonizarnos@gmail.com
Resumen
En las praxis académicas venezolanas aún se perpetúan las narrativas históricas
dominantes. Una arqueología de la “Uni-versalidad” histórica, evidencia que las
Universidades europeas diseñaron los cánones-dispositivos que -en tanto “legados”-
contribuyen a la reproducción de las Colonialidades del Ser, del Poder y del Saber. Una
breve genealogía de la “uni-linealidad civilizatoria”, y una gramática de la colonialidad
historiográca, revelan una subalternización estructural en la creación de nuestras
identidades. Para recuperar un lugar de enunciación propio, la Interculturalidad ha de
armar lo más negado y excluido como desafío histórico y político, para edicar Teorías
históricas decoloniales desde, por y para nuestra propia realidad nacional y abyalense.
Palabras clave: historia, pluriversalidad, conocimiento situado, multilinealidad,
decolonialidad, interculturalidad, subalterno.
Contributions for a multilinear, intercultural, decolonial and pluriversal
teaching of our stories
Abstract
Dominant historical narratives are still perpetuated in Venezuelan academic praxis.
An archeology of the historical “Universality” shows that the European Universities
designed the canons-devices that -as “legacies” - contribute to the reproduction of the
Colonialities of Being, Power and Knowledge. A brief genealogy of "civilizational
uni linearity", and a grammar of historiographic coloniality, reveal a structural
subalternization in the creation of our identities. In order to recover its own place
of enunciation, Interculturality has to afrm what is most denied and excluded as a
historical and political challenge, to build decolonial historical theories from, by and
for our own national and Abyalense reality.
Keywords: history, pluriversality, situated knowledge, multilinearity, decoloniality,
interculturality, subaltern.
Perspectivas. Revista de historia, geografía, arte y cultura.
Año 8 N° 16/ Julio - Diciembre 2020/ pp. 115-124.
Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt
ISSN: 978-980-12-6373-9
Recibido: Mayo de 2020 Aceptado: Junio de 2020
* Abogado (UCV), Magister Scientiarum (Cum Laude), Investigador y Docente. Asesor del IN-
CODIR.
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Introducción
Mediante una observación de la praxis educativa en determinados ámbitos de la
institucionalidad académica venezolana actual, evidenciamos -a más de veinte años
de impulso revolucionario- la perpetuación de las narrativas históricas dominantes
que nos han impuesto las elites oligárquicas. En la incesante tarea de refundar el
Estado sobre sus cimentos pluriculturales, y de querer ser consecuentes con el Plan de
la Patria 2019 – 2025 en su objetivo 5.3.1.1. nos sumamos a la tarea de “producción
de críticas contundentes a las formas culturales y a las reconstrucciones históricas
neocoloniales promovidas desde los diferentes medios de comunicación y/o que
pudieran estar aún presentes en nuestro sistema educativo”.
La autoarmación de nuestras propias Identidades constitutivas, pasa por un
cuestionamiento radical de la historiografía dominante. Desde los orígenes de
nuestra identidad y denominación Patria, nuestros actos fundacionales, nuestros
protagonismos colectivos e individuales nos fueron falseados ideológicamente:
la ideología nos la inyectaron, es decir, nos lavaron el cerebro, generación
tras generación…” (Comandante Hugo Chávez, 11-10-2003). Un “pensamiento
único” fue impuesto: el de “Tierra a la Vista”, haciéndonos “hijos de la “madre
patria” España, y defensores del legado “Occidental”; encubriendo, negando,
subalternizando y/o acallando nuestras plurales voces y narrativas, autóctonas y
afrodiaspóricas.
Al nal, nos terminamos viendo a nosotras y nosotros mismos –como señala J.J.
Bautista Segales-:“con los mismos ojos con los que el dominador del primer mundo
nos ve”. Según Eduardo Galeano esto tiene una intencionalidad endocolonial muy
denida: “para que ignoremos lo que podemos ser, se nos oculta y miente lo que
fuimos”, y tal como nos señala este insigne uruguayo, hemos sido despojados de
todo, hasta del nombre. Recuperando nuestras realidades históricas, desde nuestros
textos orales autóctonos, comprobaremos que nuestros orígenes anteceden en
milenios a la llegada de los invasores europeos. No obstante, las pedagogías aún
desarrolladas sobre los hechos históricos, se evidencian connadas en narrativas
aparentemente incontestables, desde una educación centrada en fechas y personajes,
cuya enseñanza memorística deriva en una “identicación” desarraigada. No
obstante, en estos tiempos revolucionarios, la Historia Viva está en -y las están
haciendo- los Pueblos (las gestas de Macuto y Chuao son apenas unas muestras
notorias de ello).
I. Arqueología de la “Universalidad” histórica.
Según Boaventura Santos solamente la llamada cultura “occidental” tiende
a concentrarse en torno a la idea de universalidad, donde el Universalismo
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es una escala primordial que declara la irrelevancia -y construye la No-
existencia- de todas las Otras escalas posibles, que -siendo denidas como
locales (o “particulares”)- que al ser connadas, se les incapacita para ser
creíbles y rivalizar con la que se autoconsidera “LA HISTORIA”. Ésta
semánticamente se exhibe como uni-versal, es decir, representa apenas una-
versión de la historia humana (ésta versión “occidental” es tan sólo una
“particularidad”, cuya supremacía ideológica reside en la hegemonía de los
intereses que la sustentan). Este universalismo abstracto y descontextualizado
-anclado discursivamente en la racionalidad indolente-, se presenta bajo una
apariencia de neutralidad política y valorativa.
Si entendemos la labor arqueológica -siguiendo a Luis Gonçalvez-
como la acción de excavar y rastrear en las profundidades, sacando a la
luz lo que está oculto, desenterrando los restos y ubicándose frente a los
discursos como ruinas visibles a ordenar e interrogar; en una labor de rastreo
discursivo hallamos que Todo conocimiento está situado -como señala Donna
Haraway-: corresponde a seres humanos corpóreos, terrenales y situados.
Pero el pensamiento autodenominado “moderno” de matriz eurocéntrica, se
presenta a sí mismo -en tanto razón- como incorpóreo, desterritorializado,
atemporal, y despolitizado. No obstante, si realizamos la historización de
las ideas contenidas en su discurso historiográco -es decir, Situamos dicho
discurso-, observamos que:
1. Pretende ser una explicación de la realidad desde una Teoría histórico-
cientíca que se pretende libre de valores sociales y culturales; sin embargo,
tiene su trayectoria paradigmática arraigada en las “herencias coloniales/
imperiales” de la llamada “civilización Occidental”. Anclada en la ideología
del progreso, propaga que el modo de vida -liberal- de la “civilización
Occidental” es el destino “natural” hacia el que deben transitar todas las
naciones, culturas y pueblos del mundo. Y en la Teoría historiográca
“moderna” sus visiones hegemónicas previas, son condensadas dentro del
cienticismo histórico, cumpliendo funciones etnofágicas encubiertas: así,
en las epistemes eurocéntricas la clasicación evolucionista de las “etapas”
históricas tiene su correlato en una clasicación jerárquica de las culturas
y pueblos, razón por la cual tanto las civilizaciones No-occidentales, así
como sus gramáticas históricas, son simultáneamente subalternizadas, en
búsqueda de su destrucción etnocida o su asimilación cultural (integración
desintegrante);
2. Tal discurso tiene pretensiones de Universalidad, la cual es triplemente
ecaz en el sentido moderno/colonial de: a) hegemonía cultural de “LA
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HISTORIA” de la élite “cientíco-histórica” dominante; b) de “naturalización”
de relaciones civilizatorias asimétricas; y c) en términos de globalización
exitosa de un localismo, presentado como úni(ca)-versión teórica de lo
histórico: la de la “Ciudad letrada”, burguesa, blanca, masculina, y cristiana.
El racismo epistémico de dicha uni-versalidad eurocéntrica consiste en que
las diversas concepciones de la Historia de otros pueblos y civilizaciones
existentes, sean excluidas, ignoradas y negadas;
3. La ecacia de la explicación, deriva de la posición de prestigio
otorgado -bajo los cánones del cienticismo “occidental”- a los teóricos
europeos y estadounidenses, debido a los roles (geo) políticos que los
mismos desempeñaron en las “misiones civilizatorias” a nivel global, de las
cuales las Universidades no son ajenas. En este sentido -siguiendo a Ramón
Grosfoguel-, cabe cuestionar (interrogándonos): ¿cómo es posible que el
canon de pensamiento de casi todas las disciplinas académicas se base en
el conocimiento producido por Teóricos de sólo seis países (Italia, Francia,
Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y España)?;
4. La posición epistemológica -“supremacista”- del discurso histórico
moderno” en relación con la historia oral autóctona (indígena) y
afrodiaspórica, responde a la razón indolente, dado que discursivamente
-desde una praxis colonial- se arman a mismos, mediante la negación
de los Otros Discursos No-occidentales. Concomitantemente, desde la razón
colonial, a la idea de Pueblos “sin alma”, “sin tierra”, “sin ley”, “sin cultura”
(para los pueblos autóctonos o afro) - ha de corresponder también el- y “sin
historia” (léase, sin historias propias);
5. Las Universidades europeas diseñaron los cánones y dispositivos
mediante los cuales tales paradigmas se preservaron como “valiosos legados”
losócos y epistemológicos, contribuyendo teóricamente a una triple
reproducción de la Colonialidad: del Ser, del Poder y del Saber. Según
Santiago Castro-Gómez, la función socio-política de las Universidades como
lugares legitimadores/deslegitimadores de conocimientos, cumplen con el
objetivo de reproducir el modelo moderno/colonial, siendo las Facultades los
espacios de censura epistemológica.
II. Genealogía breve de la “unilinealidad civilizatoria”.
Considerando el análisis genealógico inseparable del arqueológico, y entendemos
aquél como el que da cuenta de la constitución de una Racionalidad en Discurso,
dotándolo de historicidad, comprendemos la historiografía eurocéntrica dentro de un
“Zeitgeist” (o un clima intelectual) que responde a un conocimiento unilineal.
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Según el itinerario historiográco de la “Civilización Occidental”
elaborado por Robert Nisbet, la concepción del Tiempo unilineal se inaugura
con San Agustín (“La Ciudad de Dios”) que establece “Etapas” históricas,
que el obispo Bossuet (“Discurso sobre la Historia Universal”) convertirá en
“Épocas”, descritas por Turgot (“Sobre la Historia Universal”) y ampliadas
por Condorcet (“Boceto de una Imagen Histórica del Progreso del Espíritu
Humano”) a diez “Fases” históricas. Éstas ideas luego serán recogidas por
Kant (“Idea de una Historia Universal cosmopolita”), que llevará a Augusto
Comte a señalar que: “la Historia humana es lineal”, y a Hegel (“Filosofía
de la Historia”) a armar que: “Europa es el n de la Historia”, y a Sieburg
a decir que: “sólo Alemania puede decidir el futuro, porque solo ella ha
producido formulas con validez universal”. Al respecto, Nisbet enfatiza
señalando que -entre los siglos XIX-XX- varios teóricos sustentaron la idea
acerca de que Europa, sus teorías y su sociedad no sólo constituían la guía
moral y espiritual de toda la Humanidad, sino también el modelo al que los
demás pueblos del mundo debían seguir e imitar en su senda del progreso.
En razón de esto, secundamos al maestro Saúl Rivas-Rivas cuando arma
que: “Occidente confunde abusivamente el polo de su propia civilización
con el polo de la Humanidad”, derivando de ello que la unilinealidad del
progreso es la matriz de todas las ideologías de dominación occidentales,
las cuales operan mediante diferentes variantes ideológicas, que entre sí, se
complementan, se parasitan recíprocamente y se retroalimentan unas a otras,
y teniendo como espacios de reproducción a las Academias.
III. Gramática de la colonialidad historiografíca.
Ya el territorio de nuestra actual Patria había sido descubierto en nuestro
Continente (denominado por los Kuna como AbyaYala) por el pueblo Ayamán
hace aproximadamente 14 mil años, posteriormente denominado en su idioma
por el pueblo Añú (descendientes de la nación Caribe) como: Veneçiuela o
provincia de la Gran laguna de Maracaibo”, lo que nos hace pensar que
en 1498 los diversos pueblos aborígenes de las costas pudieron divisar a los
extraños invasores europeos del momento, seguido quizá del pensamiento
de:”Hwayra (embarcación) a la vista”, lo que nos permitiría recuperar un
lugar de enunciación totalmente Otro, desconocido: el Propio.
Hasta la llegada de la Revolución Bolivariana, celebrábamos a los
“Conquistadores y su obra Civilizadora”, ocultando el genocidio y encubriendo
el etnocidio permanente, que llevó a que tuviéramos una identidad falseada (o
una falsa conciencia sobre nuestra “Identidad”), hasta el punto que nuestras
múltiples líneas históricas ancestrales y civilizaciones autóctonas son
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absolutamente negadas, situando “nuestras” raíces en los míticos orígenes
de la llamada “civilización Occidental”. Inclusive tal denominación debiera
someterse a nuestro escrutinio crítico: ni nuestro origen territorial ni cultural
está en el Mediterráneo (desde lo cual tendría quizá algún sentido llamar a
Europa como Occidente, y al mundo Asiático como Oriente), sino en tierras
Abyayalenses. Y nuestra “Matria” (o madre patria) sería en todo caso, la
Nación Mandén en el noroeste de la actual “África”.
Como nos lo advierten Iraida Vargas y Mario Sanoja: ”la identidad social
venezolana es negativa como consecuencia de haber sufrido la condición
colonial (la cual devino neocolonial), no conocemos nuestro pasado y lo que
conocemos del mismo está distorsionado, deformado...nuestras conductas
están condicionadas por la alteridad (desprecio hacia el “nosotros” y
exaltación del “otro”), que se expresa en la existencia de la vergüenza étnica
(negamos y nos avergonzamos de nuestra ascendencia indígena y negra).
Todo lo anterior ha tenido como objetivo inducirnos a pensar y actuar
convencidos de que somos incapaces de autogobernarnos ecazmente, a
aceptar modelos culturales foráneos como paradigmáticos, a despreciar los
propios y a añorar la emigración o en todo caso la invasión imperial para que
se solucionen nuestros problemas”.
Esta “autoconciencia deformada de la sociedad nacional” nos inculca una
falsa noción de nosotros mismos como Pueblo, donde -como señala Martin
Guedez- la historiografía oligarca: “se apropia del protagonismo, caemos en
la trampa, nos siguen contando la historia que siempre nos han contado, la
historia que hicieron “ellos”, la historia en la que el pueblo apenas puso gritos
y ruidos”. De este modo, cuando evocamos acontecimientos fundacionales,
tales como: el inicio de la Independencia, recordamos claramente al ambiguo
clérigo Cortés de Madariaga como “protagonista” de la hazaña de 1810 (19
de Abril), pero nos queda oculto que el protagonismo colectivo de dicha
gesta recayó en la unión cívico-militar; o cuando pensamos en el inicio de
la lucha por la liberación Patria, rememoramos a los “mantuanos” rmantes
del “Acta de Independencia” de 1811 (5 de Julio), quedando fuera de nuestra
visión las contradicciones de la lucha de clases: protagonizadas e impulsadas
por la Sociedad Patriótica y Club de los Sin Camisa (es decir, por el pueblo
llano, “el subalterno”, que aparentemente “no habla”, o que ni de él hablan).
En dicha historización -tal como nos advirtió Ignacio Ellacuría- pasan a ser
protagonistas las élites: “por medio de la fuerza legitimadora de quienes
poseen más poder, haciendo uso de un manto de universalidad ideal se oculta
la particularidad real favorable para unos pocos (la burguesía y los grupos
más poderosos) y desfavorables para la mayoría”. Por ello, es pertinente
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convocar a un abordaje crítico de las gramáticas historiográcas, desde
indagaciones reveladoras de la invisibilidad del Discurso del subalternizado
en la creación de nuestra Identidad Nacional.
En ésta subalternización estructural (o silenciamiento estructural del
subalternizado dentro de la narrativa histórica), el sujeto histórico/colectivo
es encubierto bajo los seudónimos de “anonimatos” históricos, “héroes
desconocidos”, etc. Hemos de subvertir éste encasillamiento, sin recaer en la
negación del sujeto(a) histórico ni “personicarlo” monolíticamente al estilo
de la historiografía dominante sino interpretándolo en su momento histórico
concreto, con las contradicciones de los sujetos (en sí y entre sí) y del contexto,
las asimetrías de poder que los atraviesan y que los constituyen, etc. (lo cual
es útil para comprender y/o explicar las del presente). Para hacer justicia a la
Memoria de los Pueblos, que colectivamente han resguardado su acervo, es
necesario superar -como nos emplaza Boaventura Santos- la Epistemología
de la ceguera que padecemos, no tanto (o no sólo) derribando estatuas -como
últimamente está ocurriendo en los territorios “imperiales”- sino derribando
paradigmas largamente consagrados acerca de nuestras identidades, culturas
e historias; a n de lograr la Justicia cognitiva, fundamento necesario de las
justicias sociales que éstos tiempos requieren.
Así, como señala Rivas-Rivas, la Interculturalidad -como desafío
histórico y político- comienza armando lo más negado y excluido de
nuestra realidad social. Su proceso de construcción es endógeno, desde una
pedagogía de la vida, multilíneal, multidimensional e intercultural, en una
intergestación cultural, incorporando las diversidades intercivilizatorias -en
un dialogo intergeneracional-, como parte de la resistencia cultural y política
de los pueblos. Para ello es perentorio construir con nuestros pueblos las
herramientas teóricas y metodológicas de la interculturalidad, partiendo de la
cultura propia: de nosotras y nosotros mismos.
IV. Reconstruyendo las Historiografías desde nuestras raíces.
Para superar la Colonialidad del Saber hegemónica -subyacente a
nuestras narrativas históricas- será necesario entonces, pensarnos desde
nosotras y nosotros mismos, desde nuestras propias cosmovisiones, desde
nuestras historias, desde la realidad que somos, desde la realidad que hemos
heredado, para construir nuevas teorías sólidas, que impugnen paradigmas
o esquemas preestablecidos, en donde la narrativa histórica dominante sea
apenas una manera más de ver el mundo; ampliando de éste modo el campo
de visión histórica desde otras perspectivas y lógicas culturales, multilíneales
y multidimensionales. Esto implica edicar Teorías Históricas Decoloniales.
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Metodológicamente habría que desprenderse –como señala Walter
Mignolo-, tomando distancia de la tradición histórica eurocéntrica (Santos),
no para descartarla, sino para reubicarla dentro de una reconstrucción
historiográca más abarcante, incluyente, convivencial y Pluri-versal, desde
el paradigma de la Epistemología del Sur. A su vez, arraigando nuestra
construcción narrativa propia desde la rica y valiosa “herencia” losóca
y axiológica de las oralidades y textualidades indígenas y afrodiaspóricas;
y considerando las corrientes disidentes y liberadoras existentes
“marginalmente” dentro de la historiografía eurocéntrica -incluso mediante
una revisión crítica-epistemológica de la herencia “occidental”-, podemos
realizar la reconstrucción intercultural de nuestros discursos históricos.
En relación con nuestros discursos históricos, una Ecología de los saberes
nos conducirá a una Comunicación intercultural entre narrativas históricas
culturalmente diferentes, para denir -desde el derecho a las raíces- “campos”
compartidos, fomentar diálogos simétricos - para reevaluar críticamente y
superar las relaciones asimétricas entre las distintas gramáticas históricas-,
generando una Democracia epistémica y una Justicia cognitiva global, para un
nuevo pluralismo historiográco profundo o radical y una interculturalidad
critica-liberadora. Sólo así se podrá impulsar una praxis político-social
transformadora, que genere respuestas concretas frente al compromiso social
perentorio de crear historiografías DESDE, POR Y PARA nuestra propia
realidad nacional y Abyalense.
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