ISSN: 2343-6271
ISSN-E: 2739-0004
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Recibido: 2025/02/21 Aceptado: 2025/04/12
Página 39
Vivir el feminismo para reafirmar la vida: feministas transgresoras del amor
Living feminism to reaffirm life: transgressive feminists of love
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.16459325
Baracaldo Lozada, Paola Andrea
1
Correo: paolabalo1995@gmail.com
Orcid: https://orcid.org/0009-0005-4652-5798
Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, Colombia.
Resumen
La violencia de pareja contra las mujeres sigue en aumento, en parte debido a la influencia del amor
romántico, que perpetúa vínculos basados en un sistema sexista y heteronormativo. Dado el limitado
conocimiento sobre cómo los feminismos abordan esta problemática, en el contexto de Bogotá surge la
pregunta: ¿Cómo un grupo de mujeres feministas identifica y detiene las violencias psicológicas en sus
relaciones de pareja? Mediante la metodología de historias de vida, se exploraron las experiencias de
siete mujeres para comprender sus discursos, prácticas y estrategias contrahegemónicas en torno al amor.
A partir de sus vivencias y su acercamiento al movimiento feminista, han transformado lo aprendido en
la infancia, adoptando prácticas como la autocrítica, el cuidado de sus redes de apoyo y una comunicación
abierta con sus parejas. Estas acciones les han permitido construir relaciones que desafían las normas
tradicionales sobre el amor.
Palabras clave: feminismos, amor, violencia, género
Abstract
Intimate partner violence against women continues to rise, partly due to the influence of romantic love,
which perpetuates relationships based on a sexist and heteronormative system. Given the limited
knowledge about how feminist movements address this issue, the next question arises in the context of
Bogotá: How do a group of feminist women identify and stop psychological violence in their romantic
relationships? Using the life history methodology, the experiences of seven women were explored to
understand their discourses, practices, and counter-hegemonic strategies regarding love. Through their
experiences and their engagement with the feminist movement, they have transformed what they learned
in childhood, adopting practices such as self-criticism, strengthening their support networks, and
maintaining open communication with their partners. These actions have allowed them to build
relationships that challenge traditional norms about love.
Keywords: feminisms, love, violence, gender.
1
Psicóloga, Magíster en Estudios Culturales Latinoamericanos.
Sección: Artículo científico 2025, julio-diciembre, vol. 13, No. 26, 39-61
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Introducción
Reiteradamente, los medios de comunicación reportan casos de mujeres maltratadas o asesinadas,
principalmente por sus parejas. La violencia basada en género (VBG) afecta a un gran número de
mujeres, si no a todas, siendo los hombres los principales agresores, que son parejas, ex parejas o
familiares. Esta problemática se agudiza en países empobrecidos como Colombia, donde los
feminicidios, la violencia intrafamiliar y la violencia sexual siguen en aumento (Procuraduría General de
la Nación, 2023, marzo, 06). Dentro de la VBG está la violencia psicológica, que se manifiesta en
intimidación, amenazas, aislamiento de redes de apoyo, menoscabo de la autoestima y abuso verbal, etc.
(ONU Mujeres, 2024, junio, 27); la cual, si se detecta a tiempo, puede prevenir otras formas de violencia.
Esta investigación surge de vivir en un cuerpo asignado como mujer y de las implicaciones que
esto conlleva en mi forma de pensar y actuar, pero también nace del compartir con otras mujeres. Todas
hemos sido afectadas de alguna manera por el sistema sexista, sin embargo, me inquieta particularmente
la violencia en nuestras relaciones erótico-afectivas. Diversas teorías explican cómo el amor romántico
(AR), interiorizado en nuestra cultura, nos lleva a justificar y naturalizar la violencia en las relaciones de
pareja. Este modelo hegemónico de amor, basado en un sistema sexista, heteronormativo y monógamo,
dicta cómo debemos amar según nuestro sexo. Ante esto ¿Qué dice el feminismo y cómo contribuye a
transformar esta realidad?
El movimiento feminista ha crecido y se ha nutrido de diversas teorías, al punto de que no se puede
hablar de un solo feminismo, sino de feminismos, todos con una base política y filosófica común: acabar
con el sexismo y las relaciones de poder asimétricas basadas en el género (Bell Hooks, 2017). Además,
contrario a la idea de que el feminismo solo está en las colectivas organizadas que exigen derechos en
las calles, Sara Ahmed (2017) argumenta que el feminismo también ocurre en espacios considerados
personales y no políticos, como los vínculos afectivos.
Mi interés es aprender de la historia de mujeres que, al devenir feministas, han transformado sus
relaciones erótico-afectivas. La pregunta central de esta investigación es: ¿Cómo un grupo de mujeres
feministas, de Bogotá, identifican y detienen violencias psicológicas en sus relaciones de pareja? El
objetivo general es comprender cómo ser feministas incide en sus relaciones sexo-afectivas. Los
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objetivos específicos incluyen identificar los discursos
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sobre feminismos que enuncia este grupo,
describir sus prácticas como feministas y analizar cómo sus experiencias han transformado el amor y han
roto prácticas de violencia en sus relaciones.
No pretendo generar un conocimiento universalizante ni afirmar que todas las mujeres feministas
comparten los mismos discursos o prácticas. Siguiendo a Haraway (1995), el propósito es producir
conocimientos situados y parciales, a través del método biográfico de historias de vida. Además, la
investigación no se posiciona desde un feminismo específico, sino que se enfoca en los sujetos que se
nombran feministas, reconociendo la diversidad de posturas.
1. Fundamentos teóricos
1.1. El género como regulador de las prácticas discursivas del amor
Existe un debate sobre si el género era un principio organizador antes de la colonización. Lugones
(2008) sostiene que no, mientras que Segato (2016) argumenta que los hombres ya detentaban una
posición de prestigio, aunque de baja intensidad. Ambas coinciden en que el capitalismo eurocentrado y
el orden moderno colonial impusieron un sistema de género letal, ya que los hombres colonizados, al ser
derrotados, se volvieron cómplices (Lugones, 2008) y reprodujeron la agresividad viril en el hogar
(Segato, 2016). Esto supuso un ejercicio de inferiorización cognitiva, política y económica de las
mujeres. La colonización fue un proceso dual de subordinación racial y de género (Lugones, 2008). Aún
hoy, con la expansión de la modernización y la colonialidad, sigue en aumento la crueldad hacia las
mujeres (Segato, 2015).
El género se ha definido como una construcción cultural que da características específicas a
hombres y mujeres en función del sexo que les es asignado al nacer, creando una organización binaria y
jerárquica que determina lo que somos y seremos (Lamas, 2013). Los roles de nero (Scott, 1986) el
dimorfismo biológico, la dicotomía hombre/mujer, el heterosexualismo y el patriarcado (Lugones, 2008)
2
Los discursos crean enunciados y saberes, que se convierten en códigos normativos, sobre lo que es ser hombre o mujer. Mientras que las
prácticas son mecanismos y acciones para la producción y reproducción de ese sistema de valores y creencias en torno al género (Butler,
2002).
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se consolidan como normas que se transmiten de manera implícita a través del lenguaje, las prácticas y
distintos símbolos. Cualquier variación de estos modelos es considerada una desviación que debe ser
castigada (Lamas, 2013).
Ahora, el sexo no es una materia preexistente como muchos afirman. Para Butler (2002), la
performatividad de las normas reguladoras del sexo produce al sujeto sexuado, materializa su cuerpo y,
por ello, el sexo adquiere su efecto naturalizado. Así, para ser considerado sujeto, es necesario
identificarse con algún "sexo" (mujer/hombre); lo que queda fuera de esta clasificación es cuestionado
como humano. En esta línea, Preciado (2008) explica cómo el gimen farmacopornográfico, usa el
género como tecnología para modificar el cuerpo de aquellos que no se pueden clasificar en femenino o
masculino; mediante modificaciones hormonales y quirúrgicas, aunque no exclusivamente. Nos han
programado para creer que tenemos una identidad de género y una sexualidad fijas, convirtiendo nuestro
cuerpo en una biotecnología para la reproducción del sistema binario y heteronormativo.
Ahora bien, Viveros (2011) muestra, en el contexto colombiano, cómo la transformación de los
roles de género también modifica las prácticas discursivas en torno al amor. Hoy, coexisten en Colombia
dos formas de concebir el amor. Por un lado, está la búsqueda de libertad y autonomía, donde la
monogamia y la heterosexualidad son solo una opción más. Por otro lado, siguen vigentes los ideales de
la pareja como refugio y el amor eterno; los cuales forman parte de la utopía romántica de la que habla
Illouz (2007) propia de la modernidad, que está lejos de poder realizarse, ya que hay una constante
disparidad entre las expectativas y la realidad.
1.2. Amor romántico: el control cultural de nuestra emotividad a favor del capitalismo
El término AR hace referencia a una estructura emocional que genera movimiento interno y nos
lleva a actuar. Es un aspecto profundamente internalizado e irreflexivo de la acción. Sin embargo, la
emoción no es solo un fenómeno psicológico, al contrario, es principalmente cultural y social (Illouz,
2007). La cultura, mediante normas, lenguajes, estereotipos, metáforas y símbolos, regula la
interpretación y el funcionamiento de las emociones (Illouz, 2009). Así, condiciona las experiencias del
amor, la sexualidad y los roles de género, reproduciendo un modelo hegemónico de pareja y familia
(Palomino, 2012). Esto da lugar a jerarquías sexuales en las que hombres y mujeres se conciben como
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opuestos activo/pasivo, normalizando la dominación masculina (Palomino, 2012) y generando
“divisiones emocionales implícitas, sin las cuales hombres y mujeres no producirían sus roles e
identidades” (Illouz, 2007, p. 17).
A través del AR se establecen valores e ideales de pareja, los cuales circulan a través de medios
como la literatura, la televisión y las redes sociales (Palomino, 2012). Según Bell Hooks (2000) en la
sociedad occidental deseamos obtener relaciones fáciles, donde se promueven la fidelidad, la virtud, el
amor eterno, el matrimonio; entre otros valores como el ser irremplazable, el amor a primera vista, y la
pareja para encontrar la felicidad (Illouz, 2009).
Estudios han demostrado que estos discursos del AR ejercen un control emocional. En Australia,
mujeres sobrevivientes de VBG expresaron angustia por la presión social de tener una pareja masculina
protectora, y muchas asumían la responsabilidad de que la relación funcionara, creyendo que “el amor
todo lo puede” (Power et al., 2006). En España, algunas jóvenes se sentían atraídas por los chicos
agresivos y dominantes, asociándolos con relaciones más pasionales, mientras que el afecto y el diálogo
eran vistos como signos de monotonía (Valls, Puigvert, y Duque, 2008). En Colombia, las mujeres no
buscan ayuda frente a la violencia sexual, debido a estereotipos que no les permiten tener control sobre
su sexualidad (Padilla, Small y Pavlova, 2023). Además, comportamientos como los celos o el control
son percibidos por algunas mujeres como muestras de amor (Buller et al., 2023).
Ilouz y Bauman advierten que, con la llegada de un nuevo estilo emocional, las relaciones se
convierten en una mercancía más para el consumo. Bauman (2011) sostiene que el modelo de pareja
tiene intrínsecamente el deseo de poseer al otrx. El hecho de que el otrx es impenetrable, hace
insoportable la distancia. Al no poder tolerar la incertidumbre, la única respuesta a la soledad humana es
la fusión, la dominación y eliminar la irritante alteridad que nos separa del ser amado. Paradójicamente,
las relaciones no pueden ofrecer garantías ni seguridad absoluta.
Para Illouz (2007), desde el siglo XX la construcción del capitalismo se ha hecho de la mano de un
nuevo estilo emocional, producto del discurso terapéutico freudiano, que ha puesto énfasis en las
emociones y la individualidad. Esto ha llevado a un proceso de racionalización de las relaciones íntimas,
despersonalizándolas, vaciándolas de su particularidad, como mercancías que pueden analizarse en
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términos de costo-beneficio. Por eso, ciertas prácticas violentas, se legitiman para proteger a la pareja,
así como se defiende una propiedad.
En esta línea, uno de los principales resultados del AR son los dispositivos de emparejamiento, es
decir, prácticas y discursos que incorporamos en función de tener UNA pareja como el único escenario
posible para experimentar el amor. Se ha naturalizado la idea de que el amor se encuentra exclusivamente
en una relación de dos personas, alineada con el modelo hegemónico del matrimonio y la familia
(Palomino, 2012). Por ello, también se espera que la sexualidad se mantenga en el marco de estas
relaciones. Lo que sale de esta norma resulta problemático para los ideales neoliberales y por lo tanto es
sancionado (Prada, 2010).
Ahora bien, la familia, que rara vez es cuestionada, cumple un rol clave en la preservación de estos
ideales. Al igual que las abejas que obedecen ciegamente y sacrifican su individualidad por la colmena,
la familia transforma la singularidad en proyectos colectivos. La heterosexualidad, la monogamia y la
reproducción se vuelven obligatorias (Onfray, 2002). Esta es la institución por excelencia para transmitir
los modelos hegemónicos de feminidad y masculinidad, así como los valores del amor, útiles para el
sistema capitalista.
Si bien estos roles de género e ideales del amor recaen sobre todas las personas, en las mujeres lo
hace en función de su subordinación (Giddens, 1998). La líbido libre de las mujeres ponen en riesgo el
orden que se desea, por eso la familia enjaula el deseo de las mujeres para que sea socialmente aceptable
(Onfray, 2002), asignándoles roles de madres y amas de casa. Se les enseña que la autoafirmación es una
amenaza a la feminidad, por eso se espera que las mujeres sean complacientes y obedientes (Bell Hooks,
2000). Cuando una mujer transgrede algunas de estas normas, es castigada y explota la violencia contra
ella.
1.3. El amor romántico y la violencia de género para defender el modelo hegemónico
Basados en el AR, se han legitimado diversas formas para castigar lo que se está fuera de la norma,
como los celos. Todxs estamos condicionados por el AR, deseando encontrar sujetos virtuosos y fieles,
pues la pareja es el único espacio para experimentar el amor. Por ello la infidelidad es el mayor detonante
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de conflictos y de violencia en cualquier relación erótico-afectiva (Palomino, 2012). A partir de esto, se
ha consolidado una emocionalidad para defender la relación monógama (Prada, 2010). Los celos, aunque
son una reacción emocional, están profundamente culturizados y legitimados como pruebas de amor.
Así, la pareja no solo aísla a las personas del colectivo social, sino que “constituye una institución
estructuralmente generadora de violencia dadas sus características intrínsecas” (Prada, 2010. p. 64).
Esto recae especialmente sobre las mujeres, ya que se espera que demuestren virtud, pureza y
superioridad moral (Palomino, 2012). A medida que los roles de género se transforman y el control sobre
la sexualidad femenina se flexibiliza, se hace evidente la compulsividad de la sexualidad masculina, lo
que ha derivado en una creciente oleada de violencia contra las mujeres (Giddens, 1998). Un ejemplo es
el uso del término perra para estigmatizar a mujeres que actúan conforme a sus deseos. Esta palabra,
cargada de connotaciones negativas, funciona como mecanismo de control al generar vergüenza y
censura (Palomino, 2012).
Para comprender estas formas culturales de sancionar, resulta clave mencionar los conceptos de
"crimen pasional" explicado por Jimeno (2004), quien lo define como una construcción cultural que
minimiza la violencia hacia las mujeres, al justificarla como fruto de una emoción desbordada. Según la
autora, la sexualidad femenina, si no va acorde al ideal de virtud, amenaza el honor masculino; una
masculinidad frágil que exige constante validación. En esta línea, Cabra (2017) introduce la noción de
“herida masculina” para describir el malestar, la ansiedad y el desconcierto generados por la crisis de la
masculinidad dominante, producto de los cambios en los roles de género. Muchos hombres no están
preparados para perder su lugar de privilegio, y recurren a prácticas violentas para asegurar su dominio,
como mecanismo de autoafirmación.
Diversos estudios evidencian la relación entre el AR y la VBG. En Turquía se encontró que los
universitarios que perciben menos poder en su relación, tienden a ejercer más violencia con el objetivo
de controlar a su pareja (Toplu y Fincham, 2021). En Europa, se identificó que los hombres con creencias
más tradicionales sobre los roles de género presentan mayores niveles de violencia sexual y psicológica
hacia su pareja (Zapata et al., 2019). En Colombia, se observó que, en contextos de familias matriarcales,
donde las mujeres toman las decisiones del hogar, ellas son más propensas a ser víctimas de violencia de
pareja (Camargo, 2023).
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Sin embargo, ante la realidad de la VBG, aún hay espacio para la transformación. Como señala
Lamas, (2013) “las instituciones no siempre tienen éxito en inculcar conductas culturalmente aceptables.
Los sujetos reinterpretan, niegan o aceptan parcialmente los temas dominantes” (p. 21). En este sentido,
Bell Hooks (2000) insiste en que, sin desconocer las relaciones de poder, todxs podemos hacernos
responsables de nuestros actos, vida y bienestar, de cambiar nuestros paradigmas y formas de pensar. De
allí el interés por comprender cómo, en la cotidianidad, las mujeres feministas vamos creando fisuras en
las relaciones de poder basadas en género.
1.4. Prácticas políticas feministas para transgredir las normas de género en el amor
Braidotti (2004) sostiene que la tarea feminista es redefinir el sujeto femenino, lo que implica
reconocerse como un cuerpo sexuado y generizado dentro de una estructura discursiva y material de
normatividad. Comprender esta diferencia sexual es clave para trascender las relaciones de poder
mientras se permanece situado dentro de ellas. Es decir, nos aferramos a ser mujeres, con el objetivo
crítico y ético de redefinirnos, así como a nuestras relaciones.
Para Ahmed, (2021) las luchas individuales son necesarias dentro un movimiento colectivo. El
movimiento es todo lo que nos mueve a hacernos feministas, incluso el sentido de injusticia. Por eso, el
feminismo es una tarea para la casa, debe funcionar en los lugares donde estamos. De allí, que las
feministas sean vistas como aguafiestas, puesto que visibilizan las desigualdades que existen, y desafían
las normas de la sociedad heteropatriarcal. Las mujeres feministas pueden transformar las relaciones de
poder en lugares como los vínculos erótico-afectivos.
Esta autora también considera que nos hacemos feministas con el objetivo de conseguir mundos
más justos y de mantener las esperanzas en un mundo que no fue pensado para nosotras. Si bien el
autocuidado ha sido cooptado por discursos neoliberales donde la resiliencia se usa para soportar más
opresión, aferrarnos a continuar es también un acto de militancia, rebelión y gobernanza (Ahmed,
2021). Así, las prácticas de autocuidado dentro de la relaciones erótico-afectivas, son actos políticos para
reafirmar la vida y para desafiar las normas de género.
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En medio de nuestra rebeldía y lucha contra las injusticias, podemos reproducir opresiones. Por
eso debemos cuestionar nuestras certezas y enfrentar el sexismo interiorizado (Bell Hooks, 2017). Como
dice Ahmed, (2021), “El feminismo será interseccional o será una mierda” (p. 26). Siendo feministas,
para combatir el poder, debemos reconocer nuestros privilegios, entendiendo que el racismo y el sexismo
son pilares del capitalismo tardío (Bell Hooks, 2017).
Por otra parte, Onfray y Palomino proponen alternativas para amar sin renunciar a la autonomía
propia ni a la del otrx. Para Onfray (2002) el libertinaje contemporáneo permitirá encontrar una forma
de amar sin sacrificar la independencia, y una erótica alternativa a la hegemónica. El libertino es una
persona que prioriza su libertad, no reconoce ninguna autoridad, ni se guía por la moral dominante de la
época. El libertinaje es el arte de ser uno mismo en la relación con el otrx, y por lo tanto es una potencia
emancipadora. Palomino (2012), por su parte, argumenta que ser perra es una forma alternativa de vivir
la sexualidad y las relaciones, transformando el deseo y la seducción, históricamente censurados en
un arte de la existencia.
Ahora bien, en la búsqueda de estudios sobre cómo las mujeres enfrentan la VBG, se encontraron
investigaciones en África y Europa que analizaron las acciones de las mujeres durante la relación, pero
no abordan prácticas orientadas a construir vínculos contrahegemónicos (Dwarumpudi et al., 2022;
Schalkwyk, Boonzaier y Gobodo, 2014; Wemrell, 2023). Solo un estudio, realizado en España, evidenció
que las mujeres identificadas con el feminismo reconocen con mayor claridad los signos del maltrato
psicológico y cuestionan más los mitos del amor, lo que representa un factor protector (Marques et al.,
2015).
En resumen, las prácticas políticas feministas son acciones cotidianas que desafían las normas de
género y abren caminos para nuevas formas de amar, que no requieran la anulación de la autonomía. Las
mujeres feministas estamos cansadas de la violencia en nuestras vidas por las relaciones de poder
asimétricas y, por eso, construimos modelos de amor que subvierten los lugares que se nos han impuesto.
Ser libres y escuchar nuestros deseos, nos está llevando a lugares más justos, haciendo temblar
instituciones y sistemas. No obstante, persisten vacíos en la investigación, en torno a las narrativas de
mujeres feministas que han vivido violencia de pareja y las formas en que sus prácticas buscan
transformar esta problemática.
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2. Metodología
La presente investigación se enmarca en las metodologías feministas, críticas de la ciencia social
tradicional. Estas proponen definir las problemáticas desde las experiencias femeninas, poniendo énfasis
en los mundos privados y estando a favor de las mujeres (Harding, 1998). A diferencia de la objetividad
tradicional, que produce conocimientos inocentes y fuera de contexto, el enfoque feminista promueve
una objetividad no reduccionista. Esta se alcanza mediante perspectivas parciales, una actitud crítica por
parte de lxs investigadores hacia sus propias prácticas de dominación (Haraway, 1995) y una reflexión
sobre el impacto de sus posturas en el estudio (Harding, 1998). Esta es una investigación polifónica que
busca encontrar conexiones entre los conocimientos parciales (Haraway, 1995), comparando historias
con influencias históricas recíprocas y raíces comunes (Jimeno, 2004).
Se empleó la historia de vida como metodología. Los métodos biográficos permiten comprender
una trayectoria única desde la cual se observa la sociedad, ya que las personas están inmersas en un
entramado de relaciones, instituciones y normas culturales. Esto facilita la exploración de su vida
cotidiana en sus dimensiones objetiva, subjetiva, simbólica y relacional (De Gialdino, 2006). De esta
forma, es posible identificar discursos, prácticas y relaciones de poder desde la posición del sujeto
(Sandberg y Rönnblom, 2013). Diversos estudios han demostrado que este método es especialmente útil
para analizar la violencia de pareja y las normas culturales que la sostienen (Dalessandro y Wilkins,
2017; Riffe, Crist y Reel, 2022; Corbally, 2015).
En la historia de vida, se debe relacionar la narración del actor, con el contexto social, cultural,
político, religioso y simbólico en el que transcurre (De Gialdino, 2006); esto va acorde con el objetivo
de entender cómo el movimiento feminista y la vida de las mujeres se transforman mutuamente. Con este
método, las mujeres realizan una interpretación sobre sus experiencias vitales, rescatando la perspectiva
biográfica de las actoras (De Gialdino, 2006) y estableciendo una relación de igualdad con la
investigadora (Haraway, 1995). Además, se pueden ver los cambios en las experiencias y en los puntos
de vista de las personas, es decir, se hace visible las posiciones alternativas frente a los discursos
dominantes (Sandberg y Rönnblom, 2013).
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En este estudio participaron siete mujeres: Laura, Andrea, Mónica, Daniela, Camila, Luisa y
Jennifer. Cada una con su propia historia y perspectiva sobre el feminismo, el amor y la violencia de
pareja. La muestra no busca representatividad estadística, sino teórica, reflejando una diversidad de
experiencias. Son mujeres cisgénero, entre 25 y 37 años, nacidas o residentes en Bogotá, con distintas
orientaciones sexuales, que se identifican como feministas, algunas desde el feminismo popular. Todas
han vivido violencia psicológica en alguna relación erótico-afectiva. Son profesionales de las ciencias
humanas o sociales y pertenecen a la clase media. Se eligió este perfil porque, si bien la violencia de
pareja suele asociarse a contextos de precariedad, también afecta a mujeres urbanas, de clase media
(Camargo, 2023).
Entre septiembre y noviembre del 2023 realicé entrevistas semiestructuradas, divididas en tres
bloques temáticos: concepciones del amor, experiencias de violencia psicológica en relaciones pasadas
o actuales, y el proceso de devenir feminista, así como los discursos y prácticas derivados de este. Tras
la transcripción, la información se organizó en una matriz de categorías emergentes, a partir de la cual se
estructuraron los resultados.
3. Resultados
3.1. Prácticas políticas feministas para transgredir las normas de género en el amor
A partir de las narrativas de las mujeres, vemos que, desde muy pequeñas, en la familia, van
aprendiendo las prácticas discursivas sobre el amor. Uno de los ideales que la mayoría de las participantes
reconocieron en sus historias, es el amor eterno. Mónica dice: “Mi madre duró 22 años casada con mi
padre, hasta que él falleció, su idea de amor era ser una mujer que todo lo aguantaba, quedarse callada
frente a alguna inconformidad, aguantar por sus hijos”.
Para reproducir estas normas del amor, a las mujeres se nos asigna culturalmente una forma de
experimentar las emociones. Constantemente nos dicen que somos muy sensibles, y que debemos
moderarnos para no incomodar. Creer que somos exageradas, bravas o locas ha impactado nuestra
capacidad de comunicar inconformidades en las relaciones, así como de actuar frente a las violencias.
Luisa menciona: Me crié con esta vaina de que estoy sintiendo mucho y está mal sentir mucho. Sentía
que no podía hablar con nadie, porque me iban a juzgar”.
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Estos mandatos hacen que las primeras relaciones románticas sean las más dolorosas. En el caso
de Andrea fue porque se proyectaba por el resto de su vida con esta persona: “planeaba que fuera el papá
de mis hijos, fue mucho tiempo de tratar de entender por qué me había dejado”. En la primera relación
de Mónica hubo diversas violencias. yo parecía una extensión de él, me fui perdiendo, lo que a me
gustaba, mi yo, mi identidad propia, y eso es doloroso”.
Por no poder cumplir la utopía romántica, el amor comienza a ser entendido como sufrimiento.
Idea que es reforzada por los discursos del cristianismo. Mónica menciona: “Nuestras abuelas, nuestras
mamás, tenían una idea de amor de que todo lo puede, todo lo aguanta”. Como consecuencia se evade el
cuidado hacia lxs otrxs. Luisa dice: “tenía mucho miedo a establecer una relación de pareja porque en mi
niñez vi muchas cosas feas, que tenía miedo de replicar. Si esto es el amor, si estás enamorada y vas a
sufrir así, estoy mejor no estando enamorada”.
Otro efecto es estar en una relación tras otra por necesidad. Es así como varias de ellas dicen que
en algunas de sus relaciones permanecieron sin saber por qué, aunque estuvieran viviendo situaciones de
violencia. Ahora reconocen que esto se explica por discursos en torno al amor. Es como narra Mónica:
“¿qué estoy haciendo acá? ¿Qué estoy haciendo si no me gusta estar aquí? Sin embargo, yo pensando ser
la novia parchada, que no molesta, que no dice nada”.
3.2. Sentía que él se iba a enojar, que algo malo iba a pasar
Las entrevistadas nos muestran que la violencia psicológica de pareja es una forma de subordinar
a la mujer. Camila lo expresa así: “la violencia psicológica es esa forma de violencia que coge tus
habilidades de afrontamiento y te las baja al piso. La autoestima te lo reduce, la seguridad te la reduce”.
Así, se han creado dispositivos como los celos románticos, la manipulación y control de la sexualidad
femenina.
La manipulación es toda acción u omisión de una persona para cambiar y controlar el
comportamiento de alguien. Laura lo ilustra así: “La manipulación era: yo te estoy lastimando, pero me
siento mal, entonces ahora tenemos que enfocarnos en mí”. Este tipo de violencia lleva a la persona a
dudar de su propio comportamiento. Camila menciona: “Me decía es que yo no por qué eres tan
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mentirosa, yo empezaba a dudar de si realmente lo estaba engañando, sabiendo que realmente nunca lo
fui”. En consecuencia, se puede naturalizar y aumentar el riesgo de que escale la violencia. Daniela dice:
“Yo sabía que él estaba intentando manipularme, controlarme, pero ya lo identificaba tanto que lo dejaba
pasar, no me afectaba”.
Otra violencia psicológica, constante en los relatos, es el control por medio de los celos. Camila
narra: “estaba la persecución todo el tiempo ¿dónde estás?, ¿qué haces? mándame una foto. Y yo bien
sumisa le mandé su fotito, pasaba media hora sin responderle y él ¿qué estás haciendo? ¿por qué no me
contestas? Entonces yo me empezaba a afanar, y me iba para la casa, para que él estuviera más tranquilo”.
Así mismo, se observa una intersección entre violencia psicológica y violencia sexual, para convencerlas
de acceder a tener interacciones sexuales. En el caso de Daniela: “Hubo varias veces donde yo accedía a
tener sexo con él, porque me sentía presionada, porque él se enojaba”. Otra forma de controlar a las
mujeres es comparando sus cuerpos con el de otras. Así, los estándares de belleza occidentales son usados
para humillar. Es como dice Luisa: “una adolescencia marcada por soy una mujer gorda y quiero ser
flaca, si quiero tener noviome decía con esa cara tan linda, ¿te imaginas cómo te verías si fueras
más delgada?”
Al indagar por las razones que hay detrás de la violencia psicológica, las participantes mencionaron
la inseguridad. Camila expresó: “he sentido que hay inseguridad en los hombres y buscan protegerse por
medio de atacar. Cuando veían que buscaba tener otros vínculos y eso de una generaba inseguridad”.
Algunas mujeres atribuyen esta violencia a emociones desbordadas. Andrea dice “quien lanza el puño es
porque no sabe de otros mecanismos para resolver la situación sin llegar a herir”. Mientras que Laura
cree que es por el deseo de poder: “En la relación de pareja uno es más vulnerable, y una persona que le
gusta sentirse que tiene el poder, o que tiene el control, puede hacer mal uso de esa vulnerabilidad”.
Jennifer difiere, puesto que para ella es la red de relaciones de poder la que sostiene estas prácticas. Ella
menciona: “no es como las violencias existen porque las ejercen personas violentas, es porque así el
sistema se ha conformado, y se ha sostenido en el tiempo”.
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3.3. Sanación de mi ser mujer
Las participantes entienden el feminismo como una forma de ver, un estilo de vida y una lucha
diaria por construir una sociedad más justa para todxs. La mayoría de las entrevistadas han comprendido
que hay diferentes feminismos. Por ejemplo, Andrea y otras más, se enuncian como feministas populares:
“soy feminista pero también soy una mujer del Sur y lo popular me atraviesa. En el sur, en el campo, en
la región se trabaja con hombres y a esto responde el feminismo popular”. Por esta razón, no con todos
los feminismos se identifican, como lo son las feministas radicales trans excluyentes que violentan a las
mujeres trans. Como dice Luisa: “si estamos cuestionando el género, no tiene lógica decir que una mujer
trans no es mujer”.
Para algunas de las mujeres entrevistadas, en su proceso de devenir feminista, las aproximaciones
a colectivos fueron claves, como en el caso de Andrea, Jennifer y Camila. Aun así, para la mayoría de
las participantes fue importante la academia. Mónica menciona: “Cuando entro a la universidad, un
profesor nos dio una clase y allí habló del feminismo. fue como uffff, una ventana, un portal a la sanación
de mi ser mujer, de mi feminidad”.
Ahora bien, la mayoría de las mujeres concuerdan en que es un reto ser feminista en una relación
de pareja. Daniela dice: no poder bajar la guardia es muy desgastante”. Aun así, consideran que el ser
feminista permite entablar relaciones no violentas y contrahegemónicas. Mónica narra: “El feminismo
permite generar conversaciones que antes se daban por hechas, y que con el tiempo se convertían en
relaciones de poder y en violencia”.
3.4. El amor se puede practicar de diferentes maneras
En las historias de las mujeres podemos ver cómo sus comprensiones del amor han cambiado a
partir de sus experiencias, donde las amigas han tenido un papel fundamental para reelaborar el concepto;
pero también por su devenir feminista. Andrea menciona “la idea del amor se va transformando
dependiendo de los acercamientos teóricos que uno tenga, pero también de las relaciones de amor que se
construyen, porque marca la pauta de validar el concepto del amor”.
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Este grupo de mujeres son críticas de las jerarquías relacionales. Laura dice no poner el amor de
pareja por encima de otros y en cambio valorar mucho las relaciones con las amigas, con los amigos, y
también la familia”. De igual forma, hablan del amor hacia mismas, sus intereses y sus luchas. La
mayoría de las participantes equiparan el amor al cuidado, entendido este como ser un lugar seguro,
propender por la corresponsabilidad, el bienestar del otrx; enfatizando en el cuidado emocional. Aunque
las mujeres entrevistadas son muy críticas del amor abnegado, creen que es necesario reivindicar el
cuidado y la ternura en sus relaciones. Camila lo ilustra bien “el sistema patriarcal nos invita a alejarnos
de la ternura. Ser feminista es ir contra eso y es defender la ternura y defender el amor, como una
bandera”.
De esta forma, el amor es un acto político. Es como dice Laura: “puede ser súper político el amor,
es poner en práctica esas cosas que para uno son justas”. Lo político también está en ser responsable con
los actos, y buscar reparar cuando se hace algún daño. Esto lo explica Luisa “Para mí la responsabilidad
es aceptar las consecuencias de lo que haces y acompañarlas de alguna forma, el reconocer, el
arrepentirse, el esforzarse por no volver a ejercer este daño”.
El amor también es un espacio político y transgresor cuando se entablan relaciones erótico-
afectivas entre mujeres. Para ellas, hay mayor comprensión, comunicación, empatía, intención, menos
violencia, además de entender la subjetividad y la subordinación femenina. Andrea menciona “las
mujeres feministas son un espacio más seguro, porque le trabajamos a la deconstrucción, y a no amarnos
como patriarcalmente nos han enseñado, lo intentamos y eso me da la evidencia para decir que el amor
entre mujeres es otra cosa”.
Finalmente, algo que rompe con los dispositivos de emparejamiento es la posibilidad de la no
monogamia. Varias de las entrevistadas están abiertas a entablar relaciones bajo modelos diferentes al
hegemónico, para experimentar el deseo y el afecto con diferentes personas.
3.5. Kit feminista para las relaciones erótico - afectivas
Es muy útil tener un kit de supervivencia feminista para las relaciones erótico-afectivas, creado a
partir de las narraciones de las mujeres feminista, para poder identificar las violencias, tomar acciones e
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ir transformando nuestras formas de relacionarnos, así como el sistema que sostiene estas prácticas. El
kit se divide en tres partes: la junta, la curiosidad y las conversaciones.
- La junta, la tribu
Las redes de apoyo han sido fundamentales en las vidas de estas mujeres y pueden manifestarse de
diferentes formas. Por un lado, los colectivos feministas presenciales y virtuales han sido un lugar seguro
donde han podido reflexionar y aprender sobre VBG. Por otro lado, ellas dijeron de forma unánime que
hablar con otras personas, principalmente con amigas, les ha permitido repensar sus relaciones. Mónica
dice: “hablar con otras personas, decir lo que se está sintiendo, la junta, la tribu, es bien potente para
identificar la violencia, saber qué hacer y tomar acción”.
En esta línea, todas las entrevistadas consideran que las redes de apoyo son indispensables para
dejar una relación donde hay violencia. Aun así, varias de ellas hacen énfasis en que no debemos forzar
a nadie a hacerlo. Esto lo explica Laura: “cuando una persona es violenta, es peligrosa, por eso no siempre
es el momento ideal para salir de una relación así”. Así mismo, Mónica nos hace un llamado a las
feministas “Cuando uno maneja un discurso feminista, es como si ya sabes eso, ¿por qué te dejas?
Esto es muy violento con nosotras mismas”.
- La curiosidad
Saber sobre el sistema sexo/género les ha permitido a las entrevistadas cuestionar y problematizar
diferentes prácticas en sus relaciones. Andrea dice: “las relaciones al ser heteronormativas o
heteropatriarcales, tienen que ver con la definición de roles. Los hombres, como menciona Rita Segato,
tienen un mandato patriarcal, y este les hace actuar”. También varias mencionan la importancia de
analizar sus propios comportamientos sexistas y violentos. Laura comenta: “seguir teniendo curiosidad,
cuestionándose ¿por qué esto me habrá hecho sentir así? Esto que hice, fue manipulador de mi parte,
hacer algo por quebrar patrones”.
Así mismo, las mujeres le dan un lugar importante al autocuidado y al autoconocimiento. Luisa
dice: “si no te das a ti la atención, el amorcito, se pueden empezar a romper cosas por dentro, que
empiezas a buscar en otros lados”. Mónica, y otras más, consideran que el autoconocimiento es clave
para saber lo que esperan en una relación. el reconocer mis límites, mis gustos, qué quiero, qué no
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quiero, identificar la mejor forma en que yo me puedo expresar; permite construir relaciones más sanas
con otras personas”. Por ello, estar conectada con lo que uno siente y saber escucharse, es una herramienta
poderosa para identificar las violencias.
Frente a qué hacer recomiendan realizar actividades a solas. Camila menciona “busco tener mis
espacios personales, tener mis proyectos personales, compartir con mis amigos, tener espacios lejos de
mi pareja, espacios individuales, que me fortalezcan a mí, en mi proyecto de vida”.
- Conversaciones que antes se daban por hechas
También están las prácticas con el vínculo erótico afectivo. Varias de ellas mencionan que en las
relaciones hegemónicas tendemos a asumir. Jennifer menciona: “Nunca te sientas con una persona
monógama a decir cuáles son nuestros acuerdos, sino que los das por hecho, porque así funciona la
monogamia y el AR” Mónica explica cómo construir los acuerdos: “empezamos a identificar nuestros
antecedentes, es decir, hablar de las relaciones anteriores ¿cómo nos había ido? ¿qué elementos no
queríamos repetir? empezamos a aclarar ciertos conceptos”.
Por otro lado, las mujeres mencionaron reiteradamente la necesidad de poner límites en varios
sentidos. Mónica dice: “hablamos de los límites, los negociables, los no negociables, siento que ese punto
de partida en la relación, ha hecho sentirme muy segura y con la libertad de modificarlo”. Para Laura los
límites son: “poder decir esto es tuyo, te toca a ti trabajarlo, no es mi responsabilidad”. Andrea lo que
menciona es: “Hay personas que no van a cambiar, que es muy difícil transformarlas. Está bien huir de
ahí, colocar límites, dejar de hablar”.
Finalmente, las mujeres están constantemente problematizando la mirada sobre lo cotidiano, como
las labores de cuidado. A Camila el feminismo popular le ha enseñado a: “cuestionarme los roles de
cuidado dentro del hogar en mujeres trabajadoras. Convivo con un hombre que creció en un sistema
patriarcal y plantear límites frente a los roles de cuidado ha sido valioso”.
4. Resultados: análisis y discusión
Las entrevistas muestran cómo las mujeres apropiamos los valores del AR desde temprana edad,
de la familia, institución que nos forma para ser obedientes (Onfray, 2002) a favor del sistema neoliberal
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(Prada, 2010). Así, se perpetúan ideales como el amor eterno y el que “todo lo puede”, para reproducir
un modelo hegemónico de pareja y de familia (Palomino, 2012). La norma dicta que debemos tener
pareja para sentir plenitud. Los dispositivos de emparejamiento nos hacen creer que solo así se puede
experimentar el amor (Palomino, 2012). Por esta razón varias entrevistadas se involucraban en una
relación tras otra por necesidad, y como apunta Power et al. (2006), han permanecido en vínculos que
mostraban señales de violencia.
Para varias entrevistadas, el amor ha sido sufrimiento, en algún momento de sus vidas, bien sea
por perder su autonomía (Bauman, 2011) o por imposibilidad de alcanzar la utopía romántica (Illouz,
2007). Además, se impone un control emocional (Illouz, 2009), enseñándonos a ver la autoafirmación
como una amenaza a la feminidad (Bell Hooks, 2000). Esto lleva a que, como señala Valls, Puigvert, y
Duque (2008) las primeras relaciones amorosas sean dolorosas.
Las narrativas evidencian cómo las violencias psicológicas son consecuencia del AR. Estas
violencias funcionan como mecanismos para minimizar a las mujeres, puesto que, desde la intervención
colonial, el hombre no blanco ha sido colonizador dentro del hogar (Segato, 2016). Así se ha consolidado
un modelo afectivo, hegemónico, con jerarquías sexuales (Palomino, 2012), profundizando cada vez más
la crueldad hacia las mujeres (Segato, 2015).
Las entrevistadas mencionaron los celos y el control de la sexualidad como formas de violencia
psicológica. El AR nos condiciona a desear sujetos fieles (Palomino, 2012), por eso la infidelidad, al
poner en riesgo la relación, se convierte en un detonante de violencia (Prada, 2010). Así mismo, cuando
la sexualidad femenina comienza a liberarse, se amenaza al privilegio de los hombres, desencadenando
violencia hacia ellas (Giddens, 1998). Algunas identifican la inseguridad masculina como motor de las
violencias psicológicas, lo que Cabra (2017) denomina la "herida masculina". Otras atribuyen estas
violencias a un mal manejo emocional, pero Jimeno (2004) nos recuerda que las emociones se construyen
culturalmente.
En este contexto de desigualdad, cada una de las mujeres participantes ha tenido un acercamiento
distinto a los feminismos, lo cual les ha permitido repensar su subjetividad, para trascender las relaciones
de poder que las subordinan (Braidotti, 2004). Varias señalaron que fueron sus amigas quienes las
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acercaron al feminismo, al no resignarse a vivir en un mundo que nos quiere sumisas y calladas (Ahmed,
2021). Desde estas luchas, las entrevistadas subrayan la importancia de un feminismo interseccional, que
no oprima a otras personas (Bell Hooks, 2017). Por eso, algunas se enuncian como feministas populares,
reconociendo la necesidad de erradicar formas de violencia histórica, ligadas no solo al género sino
también a la clase.
A partir de las narrativas, podemos afirmar que el amor se vuelve político cuando se vive el
feminismo en los espacios privados. Ahmed (2021) plantea que el movimiento feminista no siempre es
público; muchas veces se gesta en espacios íntimos como las amistades y las relaciones erótico-afectivas,
es decir, practicarlo en nuestros vínculos es un acto revolucionario. Asimismo, el amor es emancipador
cuando desafía las normas impuestas (Onfray, 2002). En un contexto donde las personas somos tratadas
como mercancías (Illouz, 2007), el amor responsable también se convierte en una postura política. Por
eso, ser feminista en las relaciones de pareja implica un costo: arruinamos la fiesta al visibilizar las
desigualdades y rechazar los mandatos heteropatriarcales (Ahmed, 2021).
Las participantes muestran formas de amar conscientes del cuidado hacia la otredad, sin renunciar
a su autonomía. Se preguntan por cómo dejar de seguir la moral dominante y ser ellas mismas en sus
relaciones (Onfray, 2002). En este sentido, varias exploran modelos no monógamos, que Palomino
(2012) identifica como formas subversivas de vivir la sexualidad y los vínculos, lo que permite cuestionar
los mandatos emocionales impuestos por el AR.
Así, las mujeres han construido prácticas discursivas útiles para enfrentar la violencia en sus
relaciones erótico-afectivas. Ahmed (2021) entiende el autocuidado como un acto de protesta y
resistencia, cuando el mundo insiste en que nuestras vidas no importan. Cuidarnos es una forma de
reafirmar nuestra vida en la cotidianidad. De ahí la importancia de crear el kit mencionado.
Conclusiones
Las narraciones de las mujeres reflejan cómo han interiorizado prácticas discursivas del AR, de sus
entornos familiares. Ideales como el amor eterno, el sufrimiento como parte del amor y la búsqueda de
una persona ideal, han marcado sus experiencias y relacionamientos. Esto ha generado temores,
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desconfianza en sí mismas, dificultades para expresar inconformidades y el mantenerse en relaciones no
deseadas.
Las normas sobre cómo deben comportarse mujeres y hombres en el amor han tenido
consecuencias directas en sus vidas. Ellas han vivido violencia psicológica como los celos, la
manipulación, la humillación y el control, lo cual reduce su capacidad de agencia. Estas vivencias no son
hechos aislados, sino parte de un sistema que subordina lo femenino dentro de un orden sexista,
heteronormativo, monógamo, racista y clasista.
Frente a esto, las mujeres feministas han comenzado a cuestionar la jerarquía del amor romántico
sobre otras formas de afecto. También desafían la desilusión que nos genera la sociedad hacia el amor.
Ellas tienen el cuidado, la responsabilidad y la ternura como bandera; y están abiertas a las no
monogamias; de esta forma el amor es un acto político.
Ante la pregunta central de esta investigación surge el Kit feminista para las relaciones erótico -
afectivas. Este recoge prácticas y discursos que han permitido a las mujeres protegerse, repensar sus
vínculos y amar desde su autonomía. Las redes de apoyo, la comunicación y la autocrítica han sido claves
en sus relaciones. Este kit no es un ejercicio acabado, antes bien, se espera que sea de utilidad para seguir
encontrando formas contrahegemónicas de relacionarnos.
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Editorial que no tiene situaciones que representen conflicto de interés real, potencial o evidente, de
carácter académico, financiero, intelectual o con derechos de propiedad intelectual relacionados con el
contenido del manuscrito del artículo: Vivir el feminismo para reafirmar la vida: Feministas
transgresoras del amor, en relación con su publicación. De igual manera, declara que este trabajo es
original, no ha sido publicado parcial ni totalmente en otro medio de difusión, no se utilizaron ideas,
formulaciones, citas o ilustraciones diversas, extraídas de distintas fuentes, sin mencionar de forma clara
y estricta su origen y sin ser referenciadas debidamente en la bibliografía correspondiente. La autora
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