ISSN: 2343-6271
ISSN-E: 2739-0004
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Recibido: 2026/03/03 Aceptado: 2026/05/12
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La Habana Estratégica en la segunda mitad del Siglo XVIII: del fin de la
Ocupación Británica a la Reforma Imperial Ilustrada
Havana as a strategic city in the second half of the 18th century: from the end of the
British occupation to the enlightened imperial reform
DOI: http://doi.org/10.5281/zenodo.20631836
Lombana Rodríguez, Raúl
1
Correo: antares7615@gmail.com
Orcid: https://orcid.org/0009-0004-7947-6868
Universidad de La Habana. La Habana, Cuba
Resumen
Partiendo de un análisis geopolítico, sobre los acontecimientos históricos en la segunda mitad del siglo
XVIII en la ciudad de La Habana, se analiza en este trabajo, cómo la experiencia del dominio británico
dio lugar a importantes transformaciones económicas, administrativas e infraestructurales que, a través
de las Reformas Borbónicas, determinaron el auge de un complejo azucarero basado en la gran plantación
esclavista y el desarrollo de una poderosa burguesía criolla y peninsular, vinculadas indistintamente a la
tierra y el comercio, con la consiguiente reconfiguración sociocultural de la vida habanera. Se explican
las relaciones del complejo entramado que comprenden los cambios en el orden militar, político y
económico, tomando en cuenta sus vínculos con la reconfiguración de la estructura social, la arquitectura,
el urbanismo, la religión, el pensamiento, la ciencia, el arte, la literatura y otras manifestaciones de la
cultura y la vida cotidiana que hacen de la Habana de fines del XVIII una de las ciudades más
importantes, diferentes y complejas del Siglo de las Luces.
Palabras clave: La Habana, historia, ocupación británica, imperio español
Abstract
Based on a geopolitical analysis of the historical events in the second half of the 18th century in the city
of Havana, this work analyzes how the experience of British rule led to important economic,
administrative and infrastructural transformations that, through the Bourbon Reforms, determined the
rise of a sugar complex based on the large slave plantation and the development of a powerful Creole
1
Profesor Titular de Historia Universal de la Universidad de la Habana. Profesor Adjunto de Historia de las Relaciones
Internacionales en el Instituto de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García". Panelista Especializado del programa Escriba
y Lea. Universidad de La Habana. La Habana, Cuba.
Sección: Artículo científico 2026, julio-diciembre, Vol. 14, Núm. 28, 105-134
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and Peninsular bourgeoisie, linked indiscriminately to land and commerce, with the consequent
sociocultural reconfiguration of Havana life. The relationships of the complex network that comprise the
changes in the military, political and economic order are explained, taking into account their links with
the reconfiguration of the social structure, architecture, urbanism, religion, thought, science, art, literature
and other manifestations of culture and daily life that make Havana at the end of the 18th century one of
the most important, different and complex cities of the Age of Enlightenment.
Keywords: Havana, history, british occupation, spanish empire
Introducción
El propio Conde de Albemarle fue el primero en abordar. Tras él, de uno en uno, fueron
acomodándose para el largo viaje los miembros restantes de la tropa. Unos cruzarían de vuelta el
Atlántico, mientras que otros explorarían por primera vez la Florida. Solo cuando la terrible Union Jack
desapareció por completo en el horizonte, volvió a ondear sobre el castillo de El Morro la bandera del
Imperio Español.
Terminaba así el breve, pero intenso, período de Ocupación Británica en La Habana, fruto del
famoso episodio que mostraba el poderío anglosajón sobre sus grandes rivales políticos, y que en esta
ocasión le había costado demasiado caro a España. Más allá de los dominios de ultramar, era la pugna
entre el proyecto mercantilista inglés y el absolutismo moribundo peninsular lo que se dirimía en América
a mediados del siglo XVIII, manifiesto hacia lo interno de la Mayor de las Antillas en la lucha por el
poder político que, de una parte, tenía a la burguesía comercial (predominantemente metropolitana), y de
la otra iba perfilando a la aristocracia latifundista criolla.
2
Marcada por tales avatares, las cuatro últimas décadas del Siglo de las Luces significarían para La
Habana –y para Cuba en su conjunto– un período de profundos y acelerados cambios en todos los
órdenes, siguiendo a aquellos once meses de presencia británica (1762-1763) una reincorporación al
Imperio Español bajo el influjo inmediato de las Reformas Borbónicas, lo cual redefinió el papel de la
ciudad en medio de una economía mucho más dinámica, un desarrollo notable de su fisonomía urbana y
una mayor complejidad en su estructuración social. En esencia, La Habana dejaba de ser la plaza militar
2
Toda vez que el control del mercado azucarero y de la trata negrera constituían los pilares en los cuales descansaba por
aquellos tiempos la acumulación capitalista, el dominio de los territorios españoles, ingleses y franceses en América se iba
erigiendo como factor determinante para la evolución y avance de sus respectivos estados (Sorhegui, 2024); a la vez que
gestaba la impronta definitiva de las transformaciones coloniales.
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y el puerto de escala utilizado por la Flota de Indias para convertirse en el epicentro de una colonia
azucarera y esclavista en plena expansión; a la vez que debía erigirse como el principal bastión defensivo
del Caribe hispano. Como nodo indispensable dentro de las redes del poder imperial bajo la convergencia
única y diversa de factores geopolíticos, económicos y socioculturales, se perfiló en breve tiempo como
centro neurálgico de la defensa ultramarina y como uno de los enclaves urbanos más dinámicos e
importantes del mundo Atlántico; significando a la vez el pivote de la reorganización borbónica, su mejor
laboratorio administrativo y un foco incomparable de intercambio cultural.
El estudio en torno a la naturaleza y la complejidad de tales fenómenos y sus relaciones desde una
perspectiva actual, por supuesto, requiere de un enfoque histórico transversal, capaz de integrar el análisis
de dinámicas muy variadas; permitiendo explicar los fenómenos, las reconfiguraciones, las expresiones
y las prácticas visiblemente complejas que en este período tuvieron lugar.
1. Fundamentos teóricos
1.1. La Habana como centro estratégico de la geopolítica europea en el siglo XVIII
Obviamente, la elección de La Habana por parte del gobierno de Gran Bretaña para propinarle su
golpe más contundente a Carlos III en 1762 no había sido casual, sino fruto de una cuidadosa
planificación (Schneider, 2018). Desde hacía muchas décadas, resultaba evidente su valor geoestratégico
a la entrada del Golfo de México, confluyente con todo el Mar Caribe, lo cual permitía el control de las
rutas de regreso de las Flotas en la llamada Carrera de Indias. Estos atributos, con sobrada razón, le hacía
merecer títulos como los de "Llave del Nuevo Mundo” y “Antemural de las Indias Occidentales”
(Kuethe, 1999).
La concentración defensiva y logística habanera sostenía al Imperio ultramarino español,
3
sirviendo de puente para el movimiento de importantes cargamentos de plata, oro, tabaco, cueros y otros
3
Pese a las conocidas insuficiencias de la defensa habanera para reaccionar a la Invasión inglesa de 1662, las complejidades
de su fortificación se expresaron durante los enconados combates iniciales, donde las tropas inglesas tuvieron 2,764 muertos
(por casi 2000 los defensores). Esta cifra se elevó con los cientos de bajas producidas a las dos semanas por la aparición de
cierta epidemia. La noticia de la Toma de La Habana fue celebrada con júbilo en Inglaterra casi un mes después, con los
típicos cañonazos triunfales desde la Torre de Londres, un solemne acto de recepción de las banderas españolas por el Rey y
varias fiestas populares, mientras la prensa prodigaba a la ciudad capturada elogiosos epítetos, como Reina de las Antillas,
Llave de las Riquezas de América y hasta París de las Antillas (Venegas, 2017).
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productos procedentes de Veracruz (Nueva España), Cartagena de Indias (Nueva Granada) y otros
puertos principales con destino a la Península (Marrero, 1984), cuyos convoyes contaban en lo adelante
con una esmerada protección militar para atravesar el estrecho de la Florida antes de emprender su
travesía por el largo Atlántico. Por supuesto, la eventual interrupción de este ciclo podía significar la
asfixia financiera de la metrópoli, lo cual, unido al impedimento de las operaciones de la Armada
española, colapsaría de una sola vez su poder naval (Torres-Cuevas y Loyola, 2001).
Como punto de inflexión en la historia del Caribe Hispano, la Ocupación de La Habana dentro de
un contexto tan determinante como el de la Guerra de los Siete Años no solo expuso la vulnerabilidad
del sistema defensivo español (centrado en su fortaleza principal) y las debilidades de la administración
colonial (Placer, 2022), sino que también aceleró las transformaciones económicas y sociales definitivas
para el futuro de la Isla, extendiéndose sus efectos mucho más allá de la devolución acordada casi un año
después en París. El trauma político-militar fue también un catalizador de consecuencias duraderas (Eli
Rodríguez, 2016); sobre todo en lo referido a la burguesía azucarera cubana, capaz en lo adelante de
insertarse en los organigramas coloniales gracias a las posibilidades económicas de la Isla (Fábregas,
2018), en tanto mostraba una alta capacidad de resiliencia y adaptación.
La apertura del puerto al comercio libre, conectándolo directamente con las colonias
norteamericanas y el Caribe británico, había propiciado a los hacendados y comerciantes habaneros las
ventajas de un intercambio menos restrictivo, importando esclavos, manufacturas y alimentos a mayor
volumen y menor costo; y exportando azúcar y tabaco sin los engorrosos trámites del monopolio
español.
4
La élite local tomó conciencia del potencial que suponía la relativa apertura del comercio,
generando expectativas y presiones que la Corona española no podría ignorar a su regreso (Marrero,
1974). Según Ramiro Guerra, aunque la Ocupación no tuvo tiempo de generar nuevos campos de caña,
4
La inmediata irrupción de los capitales ingleses en la Isla se había materializado en la afluencia de comerciantes
norteamericanos (productos alimenticios, caballos, granos, etc.) e ingleses (lienzos, lanas y vestidos), ingresando entre 700 y
900 barcos al puerto (cuando nunca antes se habían visto más de 15 en un año), incluyendo el arribo de mano de obra esclava
(3262 bozales adquiridos por los propietarios locales, sin contar los 2000 importados por John Kennion); si bien esto último
no ofreció los beneficios esperados a los traficantes ingleses, sobre todo por la escasez de capitales luego de las confiscaciones
y donativos exigidos por los ocupantes, que hundió estrepitosamente los precios (Vázquez, 2001).
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el aumento del número de barcos para el comercio estimuló la producción, marcando el tránsito hacia la
plantación en Occidente (Sorhegui, 2004). Además, se abarataron las mercancías extranjeras y los
productos autóctonos comenzaron a venderse a mejores precios, beneficiando directamente a los
vegueros, azucareros y ganaderos cubanos.
5
Sin embargo, a pesar de las aparentes ventajas, el Gobierno británico consideró que no debía
mantenerse en la Isla: Los comerciantes norteamericanos podían adquirir ilegalmente el azúcar francés
de Santo Domingo a mejor precio, y en el Parlamento predominaba un mayor interés en torno a las
plantaciones jamaicanas. Además del agotamiento y la insuficiencia de los beneficios comerciales, la
presión ejercida por los grandes plantadores ingleses, los gastos ocasionados por la contienda bélica, el
coste del sostenimiento de las tropas y la hostilidad manifiesta de los habitantes del resto del territorio
cubano a cualquier intento expansionista, tuvieron un peso sustancial en la decisión.
6
Otros factores geoestratégicos y económicos guardaban aún mayor importancia: Era en realidad el
dominio marítimo lo que aseguraba a la Armada el control del Caribe, sin necesidad de retener las bases
conquistadas a franceses y españoles (que siempre podían ser focos sensibles de hostilidad). Ya se había
logrado contener a Francia y exponer la vulnerabilidad hispana, logrando vastas adquisiciones
territoriales en Canadá, la India y parte de la Luisiana. Más que pretender otras ganancias en Cuba, era
el control de la Florida lo que le aseguraba a Jorge III el dominio de toda la costa Atlántica al sur de las
Trece Colonias, siendo imprescindible evitar un desgaste militar capaz de pasar factura ante una eventual
revuelta en Norteamérica. Por demás, parecía mejor mantener en jaque a otra potencia que ser agredidos
en medio de un más que probable escenario bélico futuro. En cuanto al poderío marítimo-militar, las
incursiones recientes en Manila (1962) y Montevideo (1763) sobraban para dejar claro el predominio de
la Armada en otros confines.
El cálculo de las autoridades británicas parece no haber errado, a juzgar por los registros de su
comercio colonial durante las décadas siguientes. La documentación histórica posterior deja claro que,
5
No en vano, en su célebre Discurso sobre la Agricultura en La Habana y Medios para Fomentarla, terminó por señalar
Francisco de Arango y Parreño que la verdadera historia de urbe había comenzado con la Ocupación; idea que pronto se
reprodujo en la nueva Historia de Cuba que por aquellos años publicara Pedro José Guiteras. N. del A.
6
Para algunos autores, el costo de invadir y ocupar La Habana significó para Gran Bretaña el desgaste de todo un ejército,
lo cual tendría nefastas consecuencias en Norteamérica desde mediados de la década siguiente (Placer, 2002).
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entre 1788 y 1795, Dominica, Granada, Jamaica y Bahamas presenciaron el arribo de 486 barcos como
promedio anual, con 16.252 toneladas importadas y 14.339 exportadas hacia las dependencias españolas.
En cuanto al comercio intracolonial, según R. Davis, solo entre 1785 y 1795 las exportaciones
aumentaron de 1.428 a 4.186 toneladas, y las importaciones de 4.573 a 8.577 (L. Prados, 1984).
Excepto por el significado que tuvo para el Imperio de Londres la Guerra de Independencia de las
Trece Colonias a partir de 1775, parece claro que el poder global de su Armada, su incursión y
explotación colonial, su eficacia político-diplomática, y –sobre todo– su clara proyección capitalista bajo
el influjo de la Revolución Industrial, eran capaces de marcar su supremacía ante la Europa sacudida por
los grandes cambios finiseculares.
1.2. La recuperación del control español: cambios militares y administrativos
El 6 de julio de 1763 tomó posesión del gobierno de Cuba, en nombre del rey de España, el Teniente
General Ambrosio de Funes y Villalpando (Conde de Ricla). Bajo ningún concepto, La Habana debería
parecerse a lo que era antes de la Ocupación. El gobierno de Madrid tenía claro que no podía volver a
cerrarla al comercio mundial, ni imponer un clima excesivo de censura religiosa y filosófica. Por el
contrario, su posición estratégica y su función en el equilibrio militar y comercial de la relación América-
España le valieron ser elegida para iniciar la impostergable y profunda transformación estructural y
funcional que ameritaba el Imperio Colonial hispano, extendiendo más tarde su experiencia al resto de
los dominios de ultramar.
La respuesta al desastre fue proporcional a la valoración del activo perdido, con énfasis en la
obsesión por corregir las brechas defensivas; por lo que rápidamente se emprendió el programa de
ingeniería militar más costoso y ambicioso que se conociera en toda la historia de la América Hispana
(Kuethe, 1999). El nuevo plan incluía la construcción de la colosal Fortaleza de San Carlos de la Cabaña
al este de la bahía (completada en 1774), con 700 metros de longitud y espacio para una guarnición de
1.300 soldados. La nueva obra, junto a los también modernizados castillos de El Morro y La Punta,
permitiría crear un fuego cruzado en la entrada del canal si la ciudad era nuevamente atacada por
una
fuerza poderosa, dando lugar a la plaza mejor fortificada de todo el Hemisferio Occidental. Fue, sin
dudas, la mayor obra militar española en el Nuevo Mundo, que, junto al mejoramiento de todo el sistema
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amurallado y los nuevos castillos de Atarés y del Príncipe, completaron el baluarte defensivo (Mariano,
2015).
Como parte de esas transformaciones, evolucionó radicalmente la organización militar. En lo
adelante, los sectores de población local iban a participar activamente en la defensa del de la Colonia,
accediendo al fuero y la instrucción militar. Esto significó la profesionalización de las unidades de pardos
y morenos, cuyos cuerpos de milicias llegarían a conformar más del 50% de las fuerzas militares en La
Habana.
7
La pérdida temporal del enclave también evidenciaba para España la urgencia de una renovación
institucional: Además de fortalecer la defensa, las nuevas Reformas Borbónicas buscaron centralizar el
poder, hacer más eficiente la recaudación fiscal y garantizar la modernización administrativa (Paquette,
2008). De este modo, en 1764 se creó la Comandancia General, una autoridad militar unificada para el
control de toda la Isla con sede en su capital. En la práctica, esta entidad concentró un enorme poder
político, subordinando incluso a una parte de los Gobernadores civiles (Kuethe y Andrien, 2014).
La administración interna de la ciudad también se vio afectada por un nuevo entramado de
instituciones que reflejaba la dualidad del poder entre la metrópoli y la élite local. Surgió así la Capitanía
General, dotada de la máxima autoridad civil y militar, que se extendía a toda la región caribeña; donde
el Capitán General detentaba, al mismo tiempo, el cargo de comandante del Apostadero. Igualmente, fue
creado el Ayuntamiento (Cabildo), compuesto por Regidores cuyo título fue hereditario al principio, pero
luego se estableció por nombramiento real. Este órgano, dominado por la oligarquía, debía gestionar el
abasto, la salubridad, los precios y el orden cotidiano, a la vez que constituía un espacio de negociación
para solucionar los conflictos emanados de intereses locales (García, 2016).
7
En efecto, los sucesos de 1762 habían demostrado la decisión y capacidad de los criollos para defender su terruño frente a
la agresión exterior, lo cual debía ser aprovechado al máximo por el gobierno metropolitano para cuidar sus intereses; si bien
igualmente contribuyó a la formación y consolidación de la nacionalidad cubana que tanto peso tendría un siglo después en
el inicio de las gestas independentistas. N. del A.
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En cuanto al sistema judicial, aunque se mantuvo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santo
Domingo sobre La Habana, se crearon las figuras del Teniente a Guerra (encargado de la justicia militar
y civil) y los Alcaldes ordinarios.
8
Además de erigirse como la capital política y administrativa de la colonia más valiosa y estratégica
del Imperio, bajo las Reformas Borbónicas la ciudad se convirtió en un laboratorio de instituciones
coloniales con significativo peso en la economía, como la Sociedad Económica de Amigos del País
(1793), el Consulado de Comercio (1794) y la Real Intendencia de Ejército y Hacienda (García, 2016).
A éstas se añadió el Centro de Información y Comunicaciones, por donde pasaba toda la correspondencia
oficial de Nueva España, el Caribe y Centroamérica con destino a la Península.
El nuevo Consulado aumentó la recaudación de impuestos como la Alcabala, vital para financiar
las obras públicas y la defensa; constituyendo una verdadera corporación de comerciantes y hacendados
que, al contar con un tribunal propio para dirimir los asuntos mercantiles, llegaría a alcanzar un grado
considerable de autonomía jurídica (Castellanos, 2017), al mismo tiempo que sedimentaba el poder de la
élite criolla como grupo de presión (García, 2016).
Por su parte, la Intendencia General (sustituta de la antigua Real Compañía de La Habana) no solo
proyectó la ejecución de planes de desarrollo urbano y el reajuste de todo el sistema de impuestos en
función de cubrir los gastos administrativos de la Colonia, sino que también desarrolló un importante
papel en el libre comercio con extranjeros. Éste, a su vez, muy pronto se vio beneficiado por la
promulgación de la nueva Ley Arancelaria emitida por la Corona, y especialmente por la liquidación del
monopolio de Cádiz como destino comercial de la Isla, permitiendo el arribo de los productos cubanos a
otros puertos españoles.
Como herramienta fundamental para el ejercicio del poder a diferentes escalas, jugaron un
importante papel en todo el resto del siglo y buena parte del siguiente los llamados Bandos de Buen
Gobierno, que, al no requerir de refrendo real, permitían un grado de inmediatez considerable en la
aplicación de las políticas internas, adaptándose con facilidad a las particularidades de cada territorio y
8
En lo adelante, la élite podría utilizar sus fueros militares o eclesiásticos para enfrentar la justicia ordinaria, mientras que
las causas de los esclavos serían resueltas de forma sumaria (Piqueras, 2012).
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siendo sus instrucciones de obligatorio cumplimiento para todos los individuos, con independencia de la
raza o rango social detentado. En el caso de Cuba, serían los Gobernadores de La Habana y Santiago los
encargados de emitirlos en sus respectivas jurisdicciones.
9
El contenido de los Bandos incluía diversas temáticas, requisando los más mínimos detalles de la
vida cotidiana, desde la organización de las ceremonias militares hasta la construcción de las casas, el
tránsito, adecentamiento y limpieza de calles, el uso de los espacios públicos, el consumo y distribución
de los bienes, el esparcimiento, los oficios artesanales, la moral y la conducta religiosa. Su objetivo era
modular los patrones conductuales de la población para adaptarla a los esquemas de la nueva
administración, marcada por los cambios materiales de la urbe y su vida social en la medida que el papel
de puerto de escalada marítima transitaba al de ciudad capital, núcleo defensivo y epicentro comercial
del Imperio.
Adicionalmente, el Conde de Ricla creó los Comisarios de Barrio, que no solo se encargaban del
control y la vigilancia de los vecinos, sino que también velaban por la salubridad y limpieza de la ciudad,
el adecentamiento del casco urbano y otras actividades; todo con el fin de mantener la autoridad más
idónea en medio de los cambios materiales y actitudinales que requería la modernización y adaptación
de la ciudad a los nuevos tiempos (Apaolaza Llorente, 2015).
De este modo, La Habana se convirtió muy pronto en una especie de modelo universal dentro de
las Reformas Borbónicas, sacudida por el choque sistemático entre la utopía de afianzamiento del poder
absolutista y la estrategia criolla para aprovechar las transformaciones y readaptarlas a sus fines. En estos
marcos, la conformación territorial de las milicias disciplinadas, la expulsión de los jesuitas, la
reorganización del correo imperial, las ordenanzas, la lucha contra el contrabando, los mecanismos para
incentivar la recaudación de impuestos, los censos de población, así como la protección del tabaco, de
los astilleros y otras empresas metropolitanas significarían hitos fundamentales del nuevo enfoque
administrativo. Al mismo tiempo, varios de los grandes gestores tradicionales (como la Iglesia y el
9
La vigencia del derecho local indiano permitía que otras autoridades, como el Teniente de Gobernador y los Alcaldes,
publicaran sus propios Bandos, los cuales podían ser específicos o bien incluir adaptaciones concretas de las normativas
superiores (Apaolaza-Llorente, 2017). Durante la segunda mitad del XVIII, se hicieron célebres en todo el Occidente cubano
los ejemplares emitidos por Bucareli (1764), De la Torre (1772), Navarro (1776), Unzaga (1783), Ezpeleta (1786), Las Casas
(1792) y Santa Clara (1799) (Naranjo y González-Ripoll, s/F.)
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Cabildo) pasaban a ocupar un segundo plano, superados por la máxima autoridad del Gobierno colonial
y sus ambiciosos planes (Venegas, 2019).
1.3. Desarrollo comercial y consolidación del modelo plantacionista azucarero
Si bien la geografía determinó la importancia militar de la Habana, las Reformas Borbónicas y la
dinámica del capitalismo atlántico catalizaron su ascenso económico. A partir de 1763, España reorientó
su política hacia la Isla, privilegiando su productividad sobre el rígido control mercantil. Este fue el
momento definitivo para el despegue de la economía cubana, y especialmente de su capital. No solo se
trataba de la principal base naval desde donde se organizaba la defensa del Caribe y se combatían el
contrabando y la piratería, sino también del principal centro de gravedad estratégico del Imperio en el
Hemisferio Occidental; especialmente en lo relativo a las comunicaciones marítimas entre España y sus
colonias del resto de América (Kuethe y Andrien, 2014).
Tanto el empleo de los miles de obreros, esclavos y presos como la alta demanda de materiales
locales para las obras destinadas al fortalecimiento defensivo (especialmente la piedra de San Miguel y
la madera de los bosques adyacentes) contribuyeron a dinamizar las relaciones económicas en la ciudad
y sus zonas adyacentes; estimuladas adicionalmente por la inyección de un enorme capital (Le Riverend,
2012).
La apertura comercial resultante de la Ocupación había transformado la economía citadina,
permitiendo a los comerciantes británicos y norteamericanos insertarse en circuitos de intercambio antes
restringidos (Pearce, 2007); lo cual, además de sentar las bases para un comercio más fluido y
diversificado, definiría toda la política colonial española en lo adelante.
Ya para entonces el Gobierno metropolitano era perfectamente consciente de que su plaza fuerte
también debía ser económicamente viable, dictando los Decretos de Libre Comercio en 1778. Esta
apertura dinamizó todo el sistema de producción e intercambio, asegurando un flujo constante de
suministros, materiales, manufactura e inmigrantes peninsulares (García de los Arcos, 2006); todo lo cual
convirtió a La Habana en emporio redistribuidor para todo el Caribe Hispano y parte del Golfo (Kuethe,
1986).
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De forma paralela, el complejo azucarero-esclavista se vio estimulado como nunca antes.
10
Las
exportaciones del dulce, que a inicios de la década de 1760 rondaban las 300 toneladas anuales, llegaron
a ser de 2.000 toneladas para finales de esta década, y casi de 10.000 en 1779 (unas 30 veces más que lo
producido en 1750).
11
Las hectáreas de tierra dedicadas a la plantación de caña se multiplicaron 16 veces
entre 1762 y 1790, llegando a duplicarse (de 200 a 400) tan solo dos años después. Si a inicios de la
Ocupación existían cerca de 100 plantaciones, ya para 1774 se registraban casi 500.
No obstante, excepto por el aumento del tamaño medio de los molinos de azúcar (que
indudablemente contribuyó a abaratar los costes), los cambios tecnológicos introducidos en el sector
azucarero eran todavía muy escasos: Los propios molinos continuaban dependiendo de los bueyes, las
máquinas trituradoras seguían siendo de madera, y continuaban empleándose los tradicionales “trenes”
de ollas (casi siempre de cobre) para cocer la melaza.
Fue, pues, en la organización y explotación del trabajo esclavo donde radicó mayoritariamente la
gran diferencia productiva. El tráfico ilegal de negros desde Jamaica floreció como nunca antes,
permaneciendo varios comerciantes británicos en La Habana durante muchos meses.
12
Su punto álgido
llegó en 1789, con el Decreto de Libre Introducción de Esclavos (1789), que respondió con creces a las
demandas de la élite criolla (Le Riverend, 1974).
El promedio de esclavos por plantación, que en 1762 era de 30, alcanzó los 80 para 1792. La
masiva importación de casi 4.000 africanos en tan poco tiempo intensificó la producción y consolidó el
modelo plantacionista en todo el Occidente cubano (Schneider, 2018), convirtiendo a la trata en pilar del
10
Desde inicios de siglo, ya existía una fuerte dinámica económica en Cuba, y en especial en La Habana, asociada inicialmente
al papel dinamizador del tabaco. Éste llegó a significar más de la mitad de las actividades agropecuarias de la Isla; pero en
realidad la élite productiva criolla se gestó siempre a partir de las poderosas familias asociadas al negocio azucarero. N. del
A.
11
Desde 1960, se registraban 80 trapiches (30 más que en Santiago de Cuba) en el hinterland habanero (Guanabacoa, Santiago
de las Vegas, etc.); convertidos en una parte considerable de los 600 ingenios verificados en la Isla hacia 1779, cuya
producción total rondaba las 5.600 toneladas (Iglesias y Torres, s/f).
12
Los negreros ingleses que permanecieron en La Habana después de la devolución de la plaza se pusieron al servicio de la
Real Compañía para la introducción de esclavos, desempeñando una labor comercial importante. En 1766, el Gobernador
Bucareli llegó a expulsar del puerto a varios barcos británicos que arribaron cargados de harinas y ladrillos (Iglesias y Torres,
s/f). Entre los principales protagonistas de la trata, se incluía el célebre John Kennion, otrora comisario de Albemarle, famoso
por sus negocios en Liverpool y Jamaica; el cual llegó a declarar en la Oficina Comercial de Londres que sus posesiones en
La Habana equivalían a todas las de sus colegas juntos (Tomas, 2002).
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modelo productivo; a la vez que alteraba para siempre el tejido demográfico y social de la ciudad en aras
de alcanzar la rentabilidad y la estabilidad necesarias (Marrero, 1984).
Por supuesto, todo este despegue implicaba grandes inversiones, que -a falta de bancos existentes
en la época- en la mayoría de los casos dependían de los préstamos concedidos por los grandes
comerciantes (Tomas, 2002). Éstos, en su mayoría, eran inmigrantes catalanes, vascos y montañeses, los
cuales concentraron en la ciudad las casas de comercio, las instituciones crediticias incipientes y todo el
aparato burocrático responsable del tráfico. Su integración vertical garantizaba el financiamiento de las
plantaciones, el arribo de mano de obra y el aseguramiento de las embarcaciones; por lo que la urbe se
convirtió en centro financiero y comercial de la primera potencia mundial azucarera (Moreno Fraginals,
1978), cuyo puerto concentró un tráfico marítimo y un volumen de capital nunca antes visto.
Al mismo tiempo, la Habana no permaneció del todo aislada con respecto al sostenido comercio
de rescate (contrabando) con las colonias británicas, francesas y norteamericanas que desde antaño
protagonizaban los enclaves portuarios menos favorecidos del Centro y especialmente el Oriente de
Cuba;
13
el cual, a la larga, servía para conectar mercados formalmente separados e integrarse a los
circuitos económicos globales a espaldas de la metrópoli (Grafe e Irigoin, 2012).
La gran producción azucarera siguió aumentando hasta duplicarse, y el mercado español se hizo
limitado hacia finales de la década de 1780; pero la crisis fue compensada con creces por las enormes
ventajas que trajo consigo la Revolución de Haití en 1792: Además del beneficio de los precios en el
mercado mundial, el arribo de nueva mano de obra esclava y de un gran número de colonos franceses
especializados en la industria y dotados de un capital considerable, así como la introducción del molino
de hierro y la fuerza hidráulica, catalizada por la nueva maquinaria de vapor, marcaron la diferencia.
En cuanto a las finanzas, España pretendía que Cuba estuviese bien defendida y controlada sin
tener que distraer gastos del tesoro americano o las arcas reales, pero al final no pudo evitar que arribara
al puerto capitalino una parte considerable del llamado situado novohispano, el cual llegó a ser hacia
finales de siglo de dos millones de pesos anuales (Iglesias y Torres, s/f). Aunque intermitentes, estos
13
Entre los mayores contrabandistas, predominaban las relaciones vecinales directas con Capitanes ingleses y holandeses
que intercambiaban secretamente esclavos, carne salada y tintes por cuero, cacao y, sobre todo, por tabaco (Thomas, 2002).
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masivos envíos de plata jugaron un activo papel dinamizador, que, entre otros efectos, aumentó el interés
de la élite comercial por el acceso a las estructuras de poder; conectándose al mismo tiempo con los
negocios de sus pares mexicanos y de la propia Monarquía, pese a las pérdidas que le valiera la
desaparición del famoso Sistema de Flotas y Galeones en 1765 y 1778 (Fábregas, 2018).
A tono con el papel que jugó el auge del libre comercio, proliferó también en la Habana durante
estos años una nueva forma de empresa de servicios marinero-militares, con énfasis en la industria
naviera. El Arsenal y el Astillero construidos en 1724 se convirtieron en objetos altamente codiciados,
protagonizando una segunda edad de oro bajo la protección de las afincadas fortificaciones y de los 1.700
metros de muralla interna (Morón, s/f.). Las instalaciones reconstruidas en el puerto adquirieron su
fisonomía definitiva con la nueva puesta en funcionamiento cuatro gradas, además de la conocida Sierra
Hidráulica (movida por el agua de la Zanja) y de la Machina coloca en la Torre de Arboladura.
La inversión en la construcción naval aumentó incesantemente, pasando de 500.000 a 700.000
pesos anuales en muy poco tiempo, y llegando a la cifra de 1.300.000 durante la última década del siglo.
El mantenimiento de los más de 600 operarios (casi 100 de ellos expertos en la construcción naval)
resultó sumamente costoso, al igual que la vigilancia directa del proceso de corte y arrastre de las maderas
y el funcionamiento de una serie de industrias complementarias para el suministro de lonas, jarcias,
alquitranes y demás productos necesarios que requería la fabricación de las embarcaciones (Martínez
Shaw y Alfonso Mola, 2015). Sin embargo, se calcula que entre 1724 y 1796 fueron botados en la bahía
habanera un total de 109 buques, buen parte de ellos a partir de 1763.
14
Tras la breve pausa de 1780-1783 (provocada por la Guerra de la Independencia de las Trece
Colonias), tuvo lugar la última fase expansiva del Arsenal, prolongada hasta 1796.
15
El colapso de los
astilleros, sin embargo, terminó beneficiando a la industria azucarera, con el arribo a los ingenios de
muchos trabajadores cualificados (carpinteros, barrileros, zapateros y saladores de carne vacuna). En
cuanto a la producción de tabaco, si bien fue sometida al estanco (monopolio real), es conocido que
14
En la propia Península, solo el puerto de El Ferrol pudo superar esta cifra en el mismo período (Serrano, 2013).
15
El fin de la era dorada vivida por el Arsenal de La Habana estuvo marcado por el inicio de la nueva guerra contra Gran
Bretaña, marcado ese año por la botadura de la fragata Anfítrite, última embarcación fabricada en este siglo (Martínez Shaw
y Alfonso Mola, 2015).
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también mantuvo su importancia en el espacio finisecular; contribuyendo a consolidar el modelo
plantacionista.
En síntesis, durante las cuatro últimas décadas del XVIII, la Habana se convirtió en el epicentro
mundial del complejo azucarero esclavista, erigida como puerto de entrada masiva de esclavos y salida
a gran escala del azúcar cubano. Los pingues negocios de sus élites (que por supuesto involucraban a
buena parte de los más altos cargos vinculados a la administración colonial) debían asegurar su lealtad a
la Corona; bien por el origen y sentido de pertenencia de la burguesía comercial española, bien por el
statu quo que permitía el inmenso y continuo enriquecimiento de la élite hacendataria criolla; aunque,
con el tiempo, las trabas generadas por el arraigo de la metrópoli a las formas del Antiguo Régimen y
una eventual resistencia al futuro modernizador podría pasarle factura en lo relativo a este último grupo
social.
1.4. Sociedad, religión y pensamiento ilustrado: los reflejos del cambio
Obviamente, el auge económico, la renovación institucional y el cambio infraestructural
protagonizado por la ciudad marcaron especialmente a la sociedad habanera, delineando mucho mejor
su estructura y atomizando las diferencias entre los diversos grupos y clases, según su posición e intereses
respecto al orden colonial. Como parte del control administrativo impulsado por las Reformas, en 1774
se realizaría el primer censo de la Isla, según el cual ésta contaba entonces con una población de 171.620
habitantes, de los cuales 44.333 eran esclavos de origen africano. Entre 1763 y 1791 la población total
de la urbe y su jurisdicción se triplicó, pasando de aproximadamente 30.000 a más de 100.000 habitantes
(De la Fuente, 2008).
16
A diferencia de las regiones del Centro y el Oriente de Cuba, al menos hasta el
momento del censo predominó en la ciudad la población blanca,
17
lo cual evidenció una transformación
radical durante los años posteriores, al incrementarse la población africana y afrodescendiente (tanto
16
Si bien se observa un criterio generalizado entre los autores que tratan este tema acerca de que el ritmo de crecimiento de
la población habanera no distaba tanto del resto de la Isla, pueden encontrarse algunas diferencias en lo que a las cifras se
refiere. Para Hugh Tomas (2002) y otros, algunas fuentes verifican la existencia de 50.000 habitantes en 1763, llegando al
número de 44.337 en 1791, y de 96.114 en 1804.
17
Por entonces, menos de la mitad de la población habanera era esclava, lo cual significaba una diferencia notable con otros
importantes enclaves coloniales caribeños, como Jamaica (cuya población blanca no superba las 15.000 personas ante una
mayoría de 150.000 esclavos), o Santo Domingo (donde la proporción era de 14.000 frente a 175.000 (Schneider, 2019).
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esclava como libre); en lo cual influyó sobremanera la intensificación de la trata transatlántica luego del
Decreto de 1789. Finalmente, la Habana de intra y extramuros llegaría a contar con un 57% de población
de color al finalizar el siglo.
El auge demográfico y la composición clasista de los habitantes generaron una estructura piramidal
altamente racializada, en cuya cúspide se ubicaba la élite blanca, cada vez más consciente de su poder
económico (Johnson, 2001); compuesta por los grandes hacendados azucareros criollos y los poderosos
comerciantes y funcionarios peninsulares. La tensión entre ambos grupos fue constante, aunque los
matrimonios mixtos y los intereses económicos comunes crearon vínculos perdurables.
Por debajo de estos sectores, se ubicaba una clase media formada por funcionarios menores, dueños
de tabaquerías, pequeños comerciantes y profesionales (abogados, médicos, maestros, escribanos); y un
tanto más abajo los artesanos (albañiles, sastres, herreros, carpinteros), así como los empleados
domésticos y los campesinos; en su mayoría blancos, aunque también se incluían algunos pardos. En un
sector intermedio, se ubicaba otro grupo de libertos y morenos libres, empleados en diversas funciones
manuales o incorporados a las milicias de color. Este subgrupo contaba con derechos limitados y estaba
sujeto a fuertes prejuicios, con prohibiciones para ejercer ciertos oficios, portar armas o casarse con la
población blanca (Chira, 2022).
Pese a constituir la base fundamental del sistema productivo, los esclavos ocupaban el escaño social
más bajo. Su vida estaba marcada por la explotación brutal en ingenios y cafetales, o por el servicio
doméstico en la ciudad. Por supuesto, estos últimos tenían mayores oportunidades de coartación (compra
gradual de la libertad) y de preservar su cultura.
En general, la sociedad se volvió más compleja, rica y a la vez conflictiva; marcada adicionalmente
por la aparición de nuevos núcleos poblacionales, anárquicos y dispersos en las cercanías del Arsenal,
donde proliferaron las casas de madera ligera, guano y otros materiales rudimentarios. A partir de 1771,
también se observó el aumento de una población flotante vinculada a la actividad administrativa que
ejercía un sector terciario.
Pero sin dudas la contradicción más violenta se arraigaba entre los grupos que comprendían los dos
extremos de la pirámide, por el creciente temor a las rebeliones de esclavos (sobre todo después de los
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sucesos de 1791 en La Española) que se instaló en la mentalidad de la élite criolla, aumentando sus
niveles de segregación y perfeccionando los mecanismos de represión y explotación sobre los africanos.
Las formas de control ejercidas por dicho grupo emulaban con el amplio despliegue de recursos y el uso
de las instituciones coloniales por parte del Gobierno peninsular para garantizar su control político sobre
la Isla y cada uno de sus habitantes.
Estos instrumentos se hicieron notar en todos los aspectos subjetivos de la vida social, incluyendo
la organización y las prácticas religiosas. La estancia británica había dejado una profunda huella cultural
e ideológica en Cuba, con énfasis en la Habana ocupada; donde la introducción de la masonería es solo
un ejemplo de la forma en que se propagaron nuevas corrientes de pensamiento. La circulación y
secularización de ideas ilustradas no solo tuvo un impacto determinante en el ámbito intelectual y
educativo de fines de siglo, sino que marcó un nuevo reto para la metrópoli en cuanto al sostén ideológico
de su dominación.
Como núcleo principal de preservación y resistencia conservadora, la Iglesia Católica mantuvo un
papel central en la vida social y en el aparato de control colonial;
18
significando un pilar del poder
metropolitano contra el amenazante sesgo protestante, las prácticas populares y los excesos liberadores
del pensamiento ilustrado. Durante el período de Ocupación, su actitud había resultado confiable para
Carlos III,
19
sobre todo a raíz de los enfrentamientos sostenidos por el Obispo Morell de Santa Cruz con
diversas autoridades británicas, que le valieron ser expulsado a la Florida; siendo restituido en sus
funciones luego del Tratado de París (1763).
20
18
Desde fines del siglo XVII, se había desarrollado en la Isla una Iglesia básicamente criolla, reflejada en la composición del
clero y la profundidad de sus nexos con el conjunto social insular; mostrando una pluralidad de vínculos donde no faltó el uso
de los parentescos y las relaciones económicas, por las ventajas que proporcionaron la labor educativa, benéfica y pastoral.
Esto le permitió acumular un capital social con el que entrelazaban sus intereses, estructurando un frente común ante las
nuevas disyuntivas económicas o políticas que se presentaban (Camacho, 2015).
19
A pesar de su resonada lealtad a la Corona, se han registrado algunos claroscuros con respecto a eventuales acuerdos de las
entidades católicas con los invasores, como fue el caso de la Compañía de Jesús, cuyo Procurador General, el irlandés Thomas
Butler, vendió varios esclavos al intérprete de las fuerzas británicas en La Habana (Ob. Cit.).
20
Tanto en la Isla como en Madrid, fue particularmente conocido en la época el enfrentamiento entre Morell y el Teniente
Coronel Samuel Cleveland a raíz de la capitulación y sus condiciones de requisa; extendido luego al propio Albemarle, con
quien sostuvo sistemáticas discusiones religiosas (especialmente por correspondencia (Ob. Cit.). Poco después, los
testimonios de Morell fueron especialmente determinantes durante los juicios celebrados en Madrid contra los altos cargos
responsabilizados con la pérdida del enclave, especialmente en lo referido a la ineptitud del Gobernador Portocarrero (Morón,
s/f.).
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Pese al acceso que, a partir de la recuperación española de 1763, tuvieron numerosos representantes
criollos a la estructura, los cargos y las responsabilidades eclesiales, la Diócesis de La Habana (elevada
a Obispado en 1787) permaneció dominada por clérigos peninsulares; si bien sus principales órdenes
(franciscanos, dominicos, agustinos y otras que detentaban conventos y propiedades) se vieron marcadas
por el interés del regalismo borbónico en someterlas al control estatal (Bretos, 1999).
Una de las funciones más importantes desplegadas por la Iglesia en este período fue la de vigilar
estrechamente a las nuevas fraternidades masónicas, pero también los espacios ocupados por las
denominadas cofradías y hermandades, temiendo que pudieran convertirse en focos de subversión. Estas
asociaciones de fieles, organizadas en torno a un santo patrón o una advocación mariana, cumplían
funciones de socorro mutuo, financiación de entierros y culto. Eran, además, espacios de sociabilidad y
de distinción étnico-social. Existían cofradías de blancos (como la del Santísimo Sacramento,
notablemente elitista) y de pardos y morenos (como la de Nuestra Señora del Rosario).
Para la población africana y sus descendientes, las cofradías de nación (lucumíes, carabalíes u
otras) fueron fundamentales para preservar la herencia cultural, las prácticas rituales y las redes de
solidaridad como foco de resistencia dentro del marco permitido por las autoridades (Martínez, 2013); a
la vez que intentaban incidir en la gestión de las manumisiones.
En medio del barroquismo típico de las ceremonias católicas, con sus largas procesiones (como el
Corpus Christi) y sus fiestas patronales, estas fraternidades jugaron un importante rol alternativo, con
agudas implicaciones culturales en el caso de las más concurridas por parte de la población esclava y
libre de color; protagonista de un sincretismo religioso donde los orishas africanos se identificaban cada
vez más con los santos cristianos, lo cual sentaría las bases para la posterior formación de la Regla de
Ocha y otras prácticas distintivas hasta la actualidad.
En cuanto a las élites y clases medias, La Habana no fue ajena a las corrientes ideológicas que
circulaban en el mundo Atlántico. Aunque controlada y filtrada por la Corona y la Iglesia, la Ilustración
regalista (fruto del propio Despotismo Ilustrado) penetró rápidamente a través de los círculos
intelectuales, pero también por medio de numerosos funcionarios, comerciantes y clérigos que arribaban
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a la Isla.
21
En efecto, la posición estratégica, el mejoramiento técnico y la riqueza económica de la urbe
la convirtieron en un punto de encuentro de ideas, personas y culturas, elevando su perfil internacional
como crisol demográfico y cultural; detentor de un diálogo con las corrientes europeas que, desde los
intereses locales, forjaría una identidad criolla ilustrada con proyección atlántica (Torres-Cuevas, 2006).
El reflejo de lo anterior en la sociedad y la vida cultural se hizo notar, particularmente, a través de
nuevas y variadas instituciones que incluyeron desde la Casa de Beneficencia para acoger a pobres y
huérfanos (1794) hasta el Real Colegio Seminario de San Carlos (1773), con énfasis en las reformas de
pensamiento operadas tras la llegada de profesores como José Agustín Caballero a la Real y Pontificia
Universidad de San Jerónimo. En 1790 surgió el Papel Periódico de La Havana, el primero con vida
estable en la ciudad, que fue crucial para divulgar noticias comerciales y avisos sobre esclavos fugados,
pero también para difundir ideas y ensayos sobre agricultura y moral, motivando un debate intelectual
sin precedentes. Aunque sujeto a censura, en sus páginas se fue forjando un discurso que, sin cuestionar
la lealtad al Rey, abogaba por los intereses específicos de la élite criolla y empezaba a definir un “amor
a la patria” local (Chacón, 2018).
Como colofón de este influjo, la fundación de la Sociedad Económica de Amigos del País en 1793
significó un antes y un después para la historia cultural de la Isla y de su capital.
22
Bajo la iniciativa de
Arango y Parreño, Tomás Romay y otros tantos ilustrados, desde sus Diputaciones Patrióticas (filiales)
se propusieron todo tipo de ideas para el progreso de la agricultura, la tecnología, la medicina, la botánica,
la educación y la cultura en las diferentes regiones; llegando a nombrar comisiones que salieron al
extranjero para estudiar los progresos materiales de las naciones más adelantadas e importar métodos
para el cultivo, máquinas y utensilios hasta entonces desconocidos. Su lucha por el establecimiento del
21
La entrada de la burguesía en la política española fue promovida por Carlos III a través de la reforma de su propio gabinete
y en correspondencia con la organización y la eficiencia de las Sociedades Patrióticas de Amigos del País, estructuradas en
toda la Península bajo la idea del Conde de Peñaflorida y su modelo inicial aplicado en el País Vasco (Batista, Mena y García,
2018).
22
Siguiendo el modelo peninsular, la SEAP surgió por solicitud de varios representantes de la Ilustración cubana al Capitán
General Luis de las Casas. Desde sus inicios contó con una clara estructura, estatutos sólidos y sesiones rigurosamente
organizadas, dentro de las cuales destacaron, además de los célebres Arango, Romay y Caballero, otras figuras como el Conde
de Casa Montalvo, Luis Peñalver, Francisco Joseph Bassave, Diego de la Barrera, Juan Manuel O’Farril, Fray Félix González
y el propio Obispo de Espada (Batista, Mena y García, 2018).
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ferrocarril, la supresión de impuestos, el cese del estanco del tabaco, el empedrado e iluminación de las
calles y la construcción de caminos fue harto conocida (Batista, Mena y García, 2018).
A instancias de su función y sus protagonistas, fue en esta época que se promovió y dio seguimiento
a las grandes expediciones botánicas de Hipólito Ruiz y José Pavón (1777-1788) y la de Martín Sessé y
José Estévez (1795), que catalogaron la flora cubana con fines potencialmente económicos (Cañizares-
Esguerra, 2006); a la vez que se impulsó la introducción de la vacuna antivariólica y la lucha contra las
epidemias (especialmente la fiebre amarilla).
Durante la última década del siglo, el Iluminismo habanero se tornó más cientificista,
desmarcándose parcialmente de los intereses monárquicos bajo manifestaciones académicas,
perspectivas docentes y concepciones literarias que trascendían el sentido cortesano; a la vez que se
mostraban más comprometidas con los intereses de la imponente burguesía y el complejo entramado
cultural del resto de la sociedad cubana.
1.5. Arquitectura, urbanismo y cultura finisecular en la capital del Imperio Español
La riqueza generada por el azúcar y el tabaco, unida a las reformas administrativas y la política de
fortificación y embellecimiento promovida por los ingenieros militares borbónicos, cambió la fisonomía
de La Habana (Weiss, 1972); que en este período comienza a mostrar una clara imagen de prosperidad y
poder más vinculada a la Modernidad. Las nuevas condiciones no solo debían contribuir a la habitabilidad
citadina, sino que ameritaban nuevos espacios arquitectónicos y urbanísticos para mejorar su imagen
externa, incluyendo la estética de los diseños y la calidad de materiales para sus grandes edificios
(Kuethe, 2014).
Orden, claridad, racionalidad, esencialidad y funcionalidad debían ser los principios de una
arquitectura también erigida como propaganda del Gobierno ilustrado (Reguera Rodríguez, 1992), cuyas
primeras construcciones y restauraciones militares a partir de 1763 constituían solo el preámbulo de una
obra civil mucho mayor, que encontró su punto de inflexión con la llegada del Marqués de la Torre en
1771. La nueva Catedral (terminada hacia 1777), el Palacio de los Capitanes Generales (1776-1792) y la
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conocida Alameda de Paula (1777) son solo una muestra fehaciente de este desarrollo.
23
Uno de los
sucesos más espectaculares fue la ampliación de la Plaza de Armas, en cuyos cuatro frentes se situaron
la Aduana, el Cuartel, la Casa de Gobierno y la Casa de Correos.
El esplendor arquitectónico habanero también se vio materializado en las espléndidas residencias
de la aristocracia azucarera y comercial, con sus novedosos portales y arquerías en planta baja, que sin
dudas daban un carácter uniforme a las calles. A sabiendas de que el área
extramuros era más populosa
que la
intramural (con sus 40.000 habitantes y 19 iglesias), la ciudad creció a lo largo de las calzadas,
multiplicando portales en las zonas aledañas a los ejidos de la muralla, con numerosos paseos y parques
.
Igualmente, se inició la edificación de varias instituciones sociales, de un nuevo mercado y de un primer
teatro (denominado El Coliseo).
Las nuevas estrategias exigían una reorganización del espacio, determinando otros notables
cambios en el aspecto público que garantizaran la convivencia social y la implantación de toda la
comodidad posible en la vida diaria, con nuevas estructuras y servicios (Anguita Cantero, 1997). El
ambicioso programa urbanístico se hallaba irremisiblemente unido a la búsqueda de un mayor control de
la población y a un cambio en las actitudes de los habitantes, con énfasis en la salud pública y la higiene.
El movimiento continuo del aire para purificarlo sería prioridad, unido al mejoramiento de los hábitos y
a una mejor iluminación y pavimentación de las calles; vinculando la limpieza, el orden, la estética y la
moral (Apaolaza Llorente, 2015).
Tanto los faroles de aceite introducidos en el alumbrado público como los primeros acueductos y
la ampliación de la Zanja Real constituyeron aportes esenciales durante estos años. Calles principales
como Obispo y la de los Oficios fueron empedradas, permitiendo el rápido movimiento de tropas y
artillería, con amplia reducción del barro y los estancamientos de agua. Desde 1763, la expansión
23
La Alameda de Paula y la Alameda de Extramuros se iniciaron en la década de 1770, con importantes mejoras en la década
de los noventa (Luque Azcona, 2009). Estos últimos eran verdaderos escaparates humanos de orgullo local, donde las calesas
y volantas mostraban la elegancia y la condición social y económica de los paseantes. El primer teatro habanero fue fundado
por el marqués de la Torre bajo el nombre de El Coliseo, pero a pesar de comenzar su andadura con un relativo éxito en poco
más de diez años decayó llegando a cerrarse (Apaolaza Llorente, 2015).
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extramuros trajo consigo la aparición de nuevos barrios, como Jesús María o Guadalupe, y más tarde La
Salud, El Horcón, Jesús del Monte, San Lázaro y el famoso Cerro.
24
A pesar del auge experimentado por la ciudad en todos los órdenes (y precisamente por él), su
complejo entramado urbano trajo consigo numerosas limitaciones, insuficiencias y problemas que no
siempre fueron solucionados, y que quedaron definitivamente unidos al sello habanero y la idiosincrasia
de sus habitantes. La falta de alumbrado público, la suciedad, los desniveles, las estrecheces y la mala
pavimentación de las calles, así como la ausencia de sumideros y cloacas, fueron destacados por el
mismísimo Barón de Humbold al finalizar el siglo en su célebre Ensayo Político sobre la Isla de Cuba.
La mala canalización de agua de la Zanja (en teoría destinada solo al consumo potable), trajo
problemas con su utilización masiva para otros fines, como el baño, el lavado de ropa y el enjugue de
animales y vehículos. Con el tiempo, aparecerían las prohibiciones, multas y detenciones por estas
actividades; si bien solo para 1788 se colocaron las primeras casas de baño (Naranjo & González-Ripoll,
s/f). Además de la preocupación por los animales sueltos (especialmente los cerdos y los perros
callejeros), también tenía La Habana un serio problema con la recogida de desechos,
25
que, además de
los permanentes focos de infección, generaba dificultades con el tránsito y dañaba la imagen pública.
Con el arrastre de la basura por las continuas lluvias, podría quedar colmada la bahía, lo cual afectaba
directamente el concurrido tráfico naval (McNeill, 2010).
Para aumentar el espacio público, se intentó recuperar los aledaños de los talleres que los artesanos
utilizaban como si fueran propios, donde eran comunes los residuos, las barreras y los fuegos; sin contar
las tiendas arbitrariamente colocadas y las ornamentaciones barrocas en las paredes de las calles. Al
mismo tiempo, tuvieron cierto éxito temporal las instrucciones emitidas por Ezpeleta y Santa Clara a los
24
La vigilancia de los barrios anteriores a la Ocupación había constituido una preocupación constante para las autoridades
españolas, lo cual se mantuvo una vez recuperado el poder sobre la ciudad. Para 1768, el cuartel de La Punta velaba por el
orden de los barrios Dragones, El Ángel, La Estrella y Monserrate; mientras que el de Campeche se encargaba de San
Francisco, Santa teresa, Santa Paula y San Isidro (Naranjo y González-Ripoll, s/f).
25
Los primeros intentos por desarrollar un servicio público de recogida de basuras fueron realizados por el Gobernador
Ezpeleta. El servicio debía sufragarse con un impuesto que también iría destinado al nuevo sistema de alumbrado. A pesar de
su amplia aceptación, la propuesta no fue exitosa; entre otros elementos por la indisciplina de los vecinos (Naranjo, González-
Ripoll, s/f).
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dueños de casas y solares para que en dos meses reconstruyeran las paredes y fachadas, o los avisos para
mejorar la iluminación nocturna en las zonas marginales.
26
En cuanto a la pavimentación, el fracasado proyecto inicial de enmaderamiento de las calles,
promovido por De La Torre, fue atenuado por la utilización de chinarros o cantos rodados bajo la gestión
de Las Casas (Marrero, 1988); a la vez que fueron prohibidas las carretas con ruedas enllantadas de
hierro. Por el contrario, las calesas y volantas de la clase alta debían encontrar un mejor espacio de
circulación y estacionamiento;
27
si bien se prohibió su acceso a las plazas de Armas, el Santo Cristo,
Belén, y San Juan de Dios; y más tarde a las de San Francisco, la Puerta Nueva del Arsenal, Santa Clara
y el Mercado.
28
La vitalidad cotidiana habanera se hizo notar especialmente en el ámbito artístico y cultural. El
barroco cubano, más sobrio que el mexicano, no solo se observó en la decoración de templos y en las
fachadas de iglesias y retablos, sino también en las esculturas de Antonio de Vega y las pinturas de José
Nicolás de la Escalera. La literatura, más neoclásica y funcional, fue prolija en poemas laudatorios, sátiras
y ensayos, donde lo pragmático se mezclaba con un paisajismo y un costumbrismo de particular sello
(Chacón, 2018).
Si bien la música sacra continuaba ocupando el mayor centro de atención de las élites, en el mundo
profano se extendió la popularidad del punto guajiro y las danzas criollas. La zarzuela y las tonadillas
españolas fueron asiduamente interpretadas en el Teatro Principal; a la vez que las fiestas populares
abrían la ciudad a cantos y bailes de origen africano bajo la mirada recelosa de las autoridades.
26
Desde el mandato de Navarro, se ordenó que los establecimientos públicos debían iluminar las calles aledañas con un farol
hasta el toque de queda (11 p.m.). Para marzo de 1788, se habían colocado 481 faroles en La Estrella, Dragones y San
Francisco; y para comienzos de 1789 ya había 920 en todos los barrios intramuros. El servicio mejoraría aún más en 1791,
con la colocación de un farol de vidrio alimentado con grasa en el frente de cada manzana (Apaolaza-Llorente, 2017).
27
El número de calesas en La Habana, que para 1762 era de poco más de 1.000, ya para el cierre del siglo era de 2500. Su
incremento trajo consigo importantes restricciones y multas por los excesos ostentosos de velocidad ante las continuas quejas
de los habitantes, llegando a regularse la edad mínima de los cocheros (16 años, elevada a 20 para el caso de las volantas)
(Marrero, 1988).
28
Las calesas y los caleseros privados contaban con otras regulaciones específicas para la espera de sus dueños, dada su
concentración en casos de importantes acontecimientos sociales, que podía ocasionar atascos. Para evitar problemas de
seguridad, encubrimientos y actitudes pecaminosas, nunca debían ir totalmente cubiertas, mucho menos en los espacios
extramuros (Apaolaza-Llorente, 2017).
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Las actividades lúdicas (sobre todo las corridas de toros) se adicionaban a los espectáculos masivos,
concentrando un fuerte componente ritual y de afirmación del orden hispánico. Bajo patrocinio del propio
Cabildo, eran capaces de congregar a todas las clases sociales; aun cuando los espacios físicos de mayor
sombra, seguridad y frescura eran destinados a la élite. Igual masividad y distinción se apreciaba en los
juegos de azar y naipes, desde las adornadas mesas de los salones aristocráticos hasta las chingas o casas
ubicadas ilegalmente en los barrios marginales. Estas últimas fueron sometidas a reiteradas
prohibiciones, por considerarse fuente sistemática de vicios y desórdenes. Lo mismo ocurría con las
famosas peleas de gallos, donde las apuestas y negocios ajenos al control de la autoridad estaban al orden
del día.
El contraste social expresado en las costumbres, las mentalidades y la vida cotidiana no era más
que el vívido reflejo de las diferencias existentes en el orden económico y político. Además de la
experiencia británica reciente, la inmigración peninsular, el tráfico de esclavos (de múltiples etnias
africanas) y el contacto con marineros y comerciantes de toda Europa y América crearon una cultura
urbana altamente compleja, cosmopolita y a la vez estratificada.
La irrupción de la moda, los cafés y las tertulias literarias en las casas de la élite habanera reflejaban
una riqueza de capital y recursos que transformó sus patrones de consumo, incluyendo los objetos de lujo
(vajillas de porcelana china e inglesa, cristalería de Bohemia, muebles de caoba tallada al estilo anglo-
francés, relojes, linones y encajes finos, entre otros.) (Leiva y Lobo, 2019). Su dieta, aunque basada en
arroz, frijoles, plátano y carne de cerdo, se enriqueció con los vinos de Jerez, el bacalao y la harina de
trigo importados. La arquitectura doméstica, por su parte, manifestó el sincretismo entre las aspiraciones
de modernidad europea y las realidades del trópico; siendo la incorporación de la robusta caoba cubana
al calado europeo y la adopción de la casa-patio andaluza al clima y a los nuevos materiales locales su
mejor ejemplo.
Mientras tanto, para los sectores populares, y especialmente para la población esclava y libre de
color, la vida dentro de la ciudad era muy difícil. Su existencia estaba regulada por códigos severos,
aunque la relativa movilidad interna le permitía cierta autonomía. Tanto los jornaleros (casi todos
changadores, aguadores y vendedores ambulantes) como los esclavos urbanos encargados de oficios
específicos (zapatería, herrería, albañilería, etc.) trabajaban intensamente en pequeños talleres o en las
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propias casas bajo condiciones de precariedad; mientras que las calles se llenaban de mendigos,
vagabundos y delincuentes de diversa índole. Las instituciones de control no bastaban para los altos
niveles de marginalidad existentes, como lo demostraban la Casa de Recogidas (para mujeres
“descarriadas”) o el Hospital de San Lázaro.
En cuanto a los esclavos, su reacción a las duras condiciones no se limitó a las rebelarse
abiertamente (lo cual fue más típico en las zonas rurales), sino que tomó formas cotidianas de micro-
resistencia marcadas por las fugas temporales (cimarronaje urbano), los robos, las simulaciones de
enfermedad y la conglomeración en prácticas culturales prohibidas, como fue el caso del Cabildo de
Negros Congo documentado en 1798, cuya expresión traspasaba los límites admitidos para las cofradías
(Ortiz, 1986).
Tanto el modelo económico como el crecimiento urbano tuvieron también un alto costo ecológico
para ciudad durante estos años: La deforestación masiva en el hinterland habanero para abastecer de leña
a los ingenios y para crear tierras de cultivo alteró los ciclos hidrológicos y contribuyó a la erosión del
suelo. La bahía comenzó a mostrar signos graves de contaminación por los desechos de los trapiches
cercanos y de la actividad portuaria (Funes, 2004), mientras que el hacinamiento intramuros y el volumen
de los pozos negros contaminaban el manto freático. Sanitariamente, la zona marginal de la urbe era un
vivero de mosquitos y un constante foco de enfermedades.
2. Metodología
La Metodología utilizada corresponde al enfoque de investigación histórica transversal cuyo
sustento se haya en tres direcciones como son:
Integración de Dinámicas: desde las cuales se analiza la historia, no solo desde lo militar, sino
integrando factores geopolíticos, económicos, institucionales y socioculturales.
Análisis Documental y Bibliográfico: que se apoya en una amplia revisión de fuentes secundarias y
registros históricos (como censos de 1774 y datos del comercio y la dinámica socio-política de finales
del XVIII) para reconstruir el período.
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Técnica de "Laboratorio": Donde se examina a La Habana como un espacio de experimentación para
las Reformas Borbónicas, en la cual se aplicaron cambios, que luego se extendieron al resto del imperio.
3. Resultados
La transformación de la ciudad tras la ocupación británica (1762-1763) arroja hallazgos claves
como son:
Explosión de la industria azucarera: Las exportaciones pasaron de 300 toneladas anuales en 1760 a
casi 10,000 toneladas en 1779.
Crecimiento demográfico: La población de la ciudad se triplicó entre 1763 y 1791, superando los
100,000 habitantes.
Infraestructura militar: Se ejecutó el programa de ingeniería militar más costoso de la América
Hispana, destacando la construcción de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña.
Cambio de rol estratégico: La Habana pasó de ser un simple puerto de escala para la Flota de Indias a
convertirse en el epicentro de una colonia de plantación y centro financiero del Caribe.
3.1. Análisis y discusión de los resultados
En el análisis se pudo determinar que los cambios no fueron solo cuantitativos, sino estructurales
en los cuales:
Se Consolida la Élite Criolla: El auge económico permitió que la aristocracia latifundista y la
burguesía comercial ganaran una autonomía jurídica y política considerable a través de instituciones
como el Consulado de Comercio.
Surge una sociedad racializada y tensa: El modelo de plantación intensificó la trata de esclavos (un
57% de la población era de color al final del siglo), lo que generó una estructura social piramidal marcada
por el miedo de las élites a rebeliones similares a la de Haití.
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Se implementa una modernización con contradicciones: La ciudad adoptó la estética de la Ilustración
(pavimentación, alumbrado, arquitectura neoclásica) para proyectar orden y poder, pero convivía con
graves problemas de higiene, marginalidad y un alto costo ecológico (deforestación masiva)
Florece una identidad en formación: La penetración de ideas ilustradas y la participación de milicias
locales en la defensa ayudaron a forjar una identidad criolla diferenciada de la metrópoli, que sería la
semilla de futuros movimientos independentistas.
Consideraciones finales
La Habana estratégica en las luces finales del Siglo de las Luces
Tales eran los contrastes de aquella ciudad maravillosa y brutal que se erigía en el centro del mar
Caribe como capital del Imperio Español y de la industria azucarera mundial, y cuya imagen de grandeza
y majestuosidad se exportaba por encima de cualquier penuria. La combinación de su posición geográfica
insuperable, la oportuna reorientación de la política imperial y la implacable dinámica del capitalismo
azucarero y esclavista, convergieron para elevar a La Habana a una posición de prominencia histórica.
Su importancia global, emanada del papel sintetizador de las funciones defensivas, productivas,
comerciales, políticas y culturales, la convirtió en núcleo del sistema atlántico emergente; al mismo
tiempo que garantizaba la viabilidad de su propia metrópoli.
La segunda mitad del siglo XVIII fue, en definitiva, el período en el que la estratégica Perla
Antillana se configuró como el epicentro que dominaría regionalmente el siguiente siglo, donde la
conmoción británica actuó como detonante de los cambios canalizados y acelerados por la impronta
reformista. La economía, liberada parcialmente del férreo monopolio y sostenida por la trata masiva de
esclavos, se reorientó hacia la agro-exportación azucarera. El estado se fortaleció militar y
administrativamente. La sociedad devino más próspera, pero también más desigual, racializada y tensa.
Finalmente, la ciudad materializó su nuevo estatus en una fisonomía monumental, a la vez militar y
señorial; que se asomaba al nuevo siglo como epicentro de una potencia azucarera y esclavista en
ascenso, con todas las oportunidades y peligros que ello implicaba.
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En consecuencia, no serían pocas sus contradicciones: La rigidez de su sistema de castas en
coexistencia con sutiles movilidades sociales, la lucha del regalismo borbónico por domesticar una
religiosidad popular vibrante y sincrética, la enrevesada gestión del aparato administrativo y jurídico en
conflicto con la sociedad esclavista en ascenso, y una vida cultural y de ocio en ebullición que ya no
lograba retraerse de la sensibilidad criolla diferenciada. Bajo estos presupuestos, la ciencia y el
pensamiento ilustrado se ponían al servicio de la productividad y el control, mientras que el arte, la
literatura y el resto de las manifestaciones culturales reproducían las jerarquías vigentes.
Se trataba, sin dudas, de un laboratorio complejo, donde hallaban su amalgama conflictiva y
creativa las fuerzas del Imperio reformado, la economía de plantación capitalista, las aspiraciones
ilustradas y las tradiciones culturales diversas. Más allá del azúcar, los cañones y los palacios, la vida de
la ciudad transcurría en un denso entramado de prácticas cotidianas, expresiones religiosas sincréticas,
incipientes debates intelectuales y luchas silenciosas por la dignidad y la supervivencia. La edad de oro
del azúcar tuvo su contracara en el sufrimiento de los esclavizados, la ansiedad de las élites ante la
amenaza exterior y la presión constante entre el control borbónico y las aspiraciones criollas.
Aunque algunas de sus imágenes representativas de la Perla de las Antillas terminaran siendo
imperecederas, ya no era ésta la ciudad que Orsbridge, Durnford y otros grafistas ingleses participantes
en la Ocupación habían mostrado al orbe en 1764.
29
Quizás para fines de siglo fuera mejor imaginarla,
simplemente, como la tercera ciudad más grande y populosa del Nuevo Mundo a partir de las más
recientes representaciones de Garneray, Miahle o Sawkins; si acaso no era posible visitarla directamente
para experimentar su magistral diferencia.
Al fin y al cabo, la Modernidad habanera había nacido cargada de todos los claroscuros típicos de
un puerto atlántico, pero esta vez bajo el signo incomparable de la confluencia entre el baluarte militar,
29
Como pioneros de la novedosa serigrafía moderna, a la lista de aportes realizados por los británicos en torno a La Habana
de 1762 se suma la publicación y divulgación de grabados alegóricos a sus paisajes y naturaleza, siendo las doce estampas
dibujadas por el Lugarteniente Philip Orsbridge (bajo el título de Britammia’s Triumph), y las seis del ingeniero militar Elías
Durnford (Six Views of the City, Harbour, amd Coumtry of Havama) sus mejores representantes. Estas y otras obras
producidas por miembros de la Armada fueron incluidas más tarde en colecciones más amplias vendidas en diversos parajes,
como la del General del Cuerpo de Ingenieros Archibald Robertson (His Diaries and Sketches in America, 1762-1780). Es
muy probable que los grabados ingleses sobre la ciudad nunca fueran conocidos o vendidos en La Habana del siglo XVIII,
pero inauguraron una larga tradición de vistas tomadas por autores extranjeros que contribuyeron a crear una imagen
arquetípica del enclave (Venegas, 2017).
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el emporio comercial, el centro esclavista y el crisol sociocultural; cuyas tensiones incubadas estallarían
con fuerza en el siglo siguiente, definiendo el destino irreversible de la Isla.
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